Antes de las ciudades

Manuscrito canónico · lectura gratuita

Aletheia y Veritas entran juntos en la primera ventana. La primera llegada es a Sarımğara Çakmaktepe. Arca y varios personajes son ficticios; las notas del Atlas separan evidencias y reconstrucciones.

LA BIBLIOTECA DE LAS HUELLAS

TRACEKEEPERS

VOLUMEN 1 — ANTES DE LAS CIUDADES

La señal de la Tierra y el primer registro

Ilustración conservada de la cuarta edición
Ilustración conservada de la cuarta edición

NOVELA · AVENTURA · RECONSTRUCCIÓN HISTÓRICA

Edición de proyecto v6 · septiembre de 2026

Primera parte — La carta

Ilustración conservada de la cuarta edición
Ilustración conservada de la cuarta edición

Arte conceptual de preproducción. No se presenta como evidencia histórica.

Prólogo — La carta que dejó la Tierra

Arecibo, Puerto Rico — 16 de noviembre de 1974

El mensaje duró menos que una canción.

Su viaje podía durar más que cientos de vidas humanas.

La gran antena de Arecibo descansaba entre montañas cubiertas de verde. Desde arriba, su reflector parecía un enorme cuenco blanco. Recogía ondas de radio que llegaban del cielo y permitía estudiar objetos demasiado lejanos para verlos a simple vista.

La antena recibía señales llegadas desde muy lejos y también podía enviarlas. El 16 de noviembre de 1974 transmitió un mensaje preparado para una posible inteligencia lejana.

Aquella tarde el aire era húmedo y caliente. Olía a hierba recalentada por el sol; alrededor del observatorio persistía el zumbido de los mosquitos. Dentro, los preparativos habían terminado. En unos minutos saldría una señal con la que sus autores querían dar a conocer algo de la humanidad.

No se transmitirían palabras, sino información codificada en una señal de radio. Los cambios de la señal representaban unos y ceros.

Uno. Cero. Uno. Uno. Cero.

Así hasta completar 1.679 pulsos.

El número no había sido elegido al azar. Podía dividirse de una manera muy concreta: 23 columnas y 73 filas. Si alguien encontraba esa forma y colocaba cada pulso en su sitio, el ruido empezaba a parecer un dibujo. Primero aparecían números. Después, los elementos que forman parte de la vida. Más abajo, una figura humana, una cadena de ADN, el Sistema Solar y una imagen del telescopio que había enviado el mensaje.

No decía «hola».

Decía algo más difícil de expresar:

Estamos aquí. Esto es parte de lo que sabemos. Esta es la forma que creemos tener. Este es el lugar del que venimos.

Era una carta sin papel, sin sobre y sin una dirección que pudiera escribirse con palabras.

La transmisión apuntaba hacia M13, una gran agrupación de estrellas. Tardaría miles de años en recorrer aquella distancia. Nadie de los presentes viviría para saber si llegaba, y una posible respuesta regresaría a una Tierra muy distinta de la que conocían. Aun así, habían preparado el mensaje y decidido enviarlo.

Los preparativos habían llevado mucho más tiempo que la transmisión.

La carta mostraba cuánto medía un cuerpo, pero no podía guardar el abrazo de una madre. Dibujaba un ser humano, pero no explicaba por qué los seres humanos podían compartir su comida y, al mismo tiempo, luchar por poseer más que los demás.

No cabía una mano ayudando a otra a levantarse.

Tampoco una mano cerrándose para golpear.

La figura del mensaje permanecía inmóvil, con los brazos junto al cuerpo. Aquel dibujo sencillo apenas podía explicar a la especie que representaba.

En la superficie de la Tierra, casi nadie supo que la transmisión acababa de partir. En otros lugares comenzaba la noche. Alguien encendía una lámpara; en una casa se turnaban para atender a una persona enferma; nacían niños y morían personas. Los pulsos no podían describir ninguna de aquellas vidas.

La señal subió a través de las nubes. Atravesó la atmósfera y dejó atrás la órbita de la Luna. Pronto la Tierra se convirtió en un punto azul a su espalda.

La transmisión siguió su curso.

Avanzaba a la velocidad de la luz. A cada instante la señal se debilitaba, extendida por un espacio cada vez mayor. Si algo llegaba a recibirla, tendría que distinguirla del ruido que la rodeaba.

Pasaron los días, y en la Tierra cambiaron los gobiernos, las ciudades y las máquinas; se escribieron libros nuevos, se libraron guerras, y millones de personas aprendieron cosas que quienes prepararon el mensaje aún no podían saber.

La señal siguió viajando.

Pasaron los años, y nuevos objetos comenzaron a rodear el planeta; las personas pudieron hablar de un extremo del mundo al otro en un instante, y vieron con mayor claridad las estrellas y también las heridas de su propio hogar.

La señal siguió viajando.

Nadie sabía si llegaría a ser recibida.

Muy lejos de allí, en una región que ningún mapa humano había alcanzado, una baliza observaba el vacío.

La baliza no buscaba la Tierra. Vigilaba cambios pequeños: una vibración inesperada, una repetición regular, una emisión distinta de las que producían las estrellas. Llevaba mucho tiempo registrando radiación, polvo y movimientos que encajaban con sus previsiones.

Entonces, algo cruzó su campo de observación.

La señal apenas se distinguía del ruido de fondo.

Su origen estaba lejos.

Y se repetía.

La baliza comparó la señal con el ruido del universo. Una vez. Otra vez. Y una tercera.

El patrón seguía allí.

La baliza aún no podía interpretar los números, el ADN, la figura humana ni el pequeño mapa de mundos. Solo había encontrado un orden poco habitual en los pulsos. Necesitaba comprobarlo antes de avisar.

La baliza guardó el patrón y abrió un registro. Compararía aquella emisión con las que habían recibido los otros nodos. Si alguno la había detectado también, podrían empezar a buscar su origen.

1. La baliza que escuchaba el vacío

Lugar desconocido para la Tierra — mucho después del envío

En miles de años, aquella baliza no había encontrado ninguna señal que justificara abrir el canal reservado. Hasta entonces sus comprobaciones habían terminado sin novedad.

Los Avenyth querían comprender cuanto ocurría más allá de sus hogares, y para eso habían sembrado el universo de balizas hasta formar una red tan extensa que ningún mapa la mostraba entera: cada baliza vigilaba su parte del espacio, registraba luces, señales y movimientos, y comparaba lo que llegaba con lo que cabía esperar. Casi siempre coincidían.

Cuando algo no encajaba, una baliza avisaba a sus vecinas. El aviso pasaba de un nodo a otro hasta llegar a los centros de conocimiento Avenyth. La mayoría podía pasar milenios sin registrar novedad alguna. Aun así, repetían las comprobaciones y mantenían abiertas las conexiones.

Aquella vez hubo novedad.

La emisión procedía de una región en la que habían identificado hacía poco un pequeño planeta. La baliza comparó los pulsos con los registros de polvo y radiación de las estrellas cercanas. Ninguno encajaba. Después revisó sus propios errores posibles. Solo cuando terminó esas comprobaciones clasificó la señal como una emisión que requería investigación.

Los pulsos conservaban un orden reconocible. La baliza no comprendía el mensaje, pero sus comprobaciones indicaban que alguien podía haberlo preparado con intención.

La baliza guardó la dirección. Midió el ritmo. Después siguió la huella hacia atrás.

No hizo que la onda humana viajara más deprisa: la carta de Arecibo continuaba avanzando a la velocidad de la luz, ajena a todo, y así seguiría durante siglos. Lo que la baliza estudió fue la marca que aquel viaje había dejado en el espacio y en el tiempo, igual que alguien encuentra una pisada cuando la persona que la dejó ya está lejos.

El hallazgo atravesó la red por un canal reservado que casi ninguna baliza llegaba a utilizar. En la sala central se encendió una línea azul sobre la pared oscura y sonó un aviso grave. Veritas sintió bajo los pies la vibración de los equipos al recibir los datos. La temperatura del aire seguía siendo la misma; la luz nueva bastó para interrumpir el trabajo de quienes estaban allí.

—Hemos recibido un mensaje —dijo la voz de la sala.

La frase estaba prevista en los protocolos desde el principio, con su redacción exacta y su lugar en el orden de los avisos. Nunca, hasta entonces, había hecho falta pronunciarla.

Veritas levantó la mirada. Era uno de los dos primeros Tracekeepers de Arca. Su oficio consistía en seguir una huella, comprobar qué contaba de verdad y guardar lo aprendido; antes de aceptar una explicación se hacía siempre la misma pregunta: «¿Qué podemos comprobar?».

Frente a él, los 1.679 pulsos se desplegaron en una secuencia de luces. El sistema acompañaba cada uno con un tic suave que podía sentirse también en el suelo. Aletheia se acercó desde el otro extremo de la sala. En las investigaciones solía buscar a las personas que faltaban en los registros y escuchar lo que otros habían descartado. Los dos conservaban aún su aspecto Avenyth. Todavía no necesitaban los rostros con los que más tarde se acercarían a los seres humanos.

—¿Qué dice? —preguntó Aletheia.

—No lo sabemos —respondió la voz de la sala—. No contiene palabras que reconozcamos.

—¿Cuánto tiempo lleva viajando?

—Aún estoy calculándolo —respondió la sala—. Compararé la distancia con la intensidad que conservan los pulsos.

—Entonces empecemos por lo que sí contiene —dijo Veritas y movió dos dedos—. Veamos cómo se ordenan esos pulsos.

Veritas separó la secuencia en grupos. El número total permitía probar unas pocas disposiciones rectangulares, algo que facilitaba buscar una imagen. Dispuso 23 columnas y dejó que las luces descendieran hasta completar 73 filas.

Nadie habló mientras se formaba la última fila. El tic cesó y la vibración del suelo disminuyó. Al principio vieron una mancha de luces. El Atlas cambió la orientación y aparecieron unas formas que podían distinguirse unas de otras. Aletheia se acercó para mirar la parte central.

Aletheia señaló una figura sencilla en el centro, hecha de puntos, con dos brazos y dos piernas.

—¿Será una imagen de quien lo envió? —preguntó Aletheia—. O de cómo quiso representarse.

—Registro las dos versiones —dijo Veritas—. Todavía no podemos comprobar si es un individuo, una medida o una idea.

Debajo de la figura había una hilera de cuerpos alrededor de una estrella. Uno estaba fuera de la línea, como quien da un paso al frente.

—¿Un lugar de origen? —preguntó Aletheia—. ¿O una ruta?

—Es pronto para responder a esas preguntas —dijo Veritas.

Recorrieron el rectángulo sin tocarlo. Arriba había hileras cortas ordenadas por tamaño. En medio, varios grupos de puntos podían representar materia, alimento o algo que aún no conocían. En la parte inferior aparecía un trazado curvo. Veritas anotó que quizá fuera el instrumento que había transmitido la señal. Guardó las posibilidades junto a cada zona y dejó abiertas las que no podía explicar.

La sala guardó silencio mientras se completaban los cálculos. Veritas repasó las zonas que habían marcado; Aletheia seguía mirando la figura del centro.

Finalmente habló la Custodia Central, la voz que coordinaba la misión desde la base Avenyth. Esperó a que terminaran las últimas comprobaciones.

—¿Podemos contestar?

Veritas contempló el dibujo un momento largo, con la atención que reservaba para lo que todavía no podía clasificarse.

—Podemos enviar otra señal, pero aún no sabemos a quién responderíamos.

—Ni si esa figura representa lo que creemos —añadió Aletheia, señalando el dibujo.

La Custodia amplió la señal y la giró. Algunos trazos parecían claros; otros cambiaban mucho al modificar la orientación. Dejó a los dos investigadores observar las distintas posiciones antes de continuar.

—La respuesta queda aplazada —decidió—. Seguid la señal hasta su mundo y reunid registros que podamos comprobar. Antes de responder, necesitamos saber más sobre quienes la enviaron.

Aletheia y Veritas esperaron a que llegaran las condiciones de la misión. Detrás de ellos se encendió una puerta circular. Al otro lado estaba Arca, la nave preparada para seguir rastros en el espacio y abrir ventanas hacia momentos del pasado. Veritas guardó la autorización y se volvió cuando la puerta comenzó a abrirse.

Aletheia volvió a mirar la figura humana hecha de puntos. La sala había recobrado su silencio de antes de las respuestas.

—Primero tendremos que saber quién nos envía esta señal y qué pregunta nos está haciendo —dijo.

2. Dos rostros para una misión

Arca — antes del contacto con la Tierra

El Atlas ocupaba el centro de Arca. Aletheia y Veritas tuvieron que rodear su proyección para llegar a la cámara donde los esperaba la siguiente parte de los preparativos.

En el centro de la nave, miles de líneas de luz formaban un mapa que no terminaba de estarse quieto. Algunas líneas seguían estrellas; otras se doblaban hacia momentos del pasado. Cada una nacía de una huella: una onda, un objeto, una marca, un texto, un cambio.

El Atlas no leía pensamientos ni contenía una historia completa. Reunía las señales que había encontrado y buscaba conexiones entre ellas. Con algunas podía abrir una ventana hacia el pasado. Lo que no apareciera en sus registros tendrían que investigarlo los viajeros.

Veritas y Aletheia entraron en la cámara de adaptación: una sala pequeña, sin adornos, con la luz baja. El aire olía a limpio de una manera exagerada. En el centro esperaban dos camillas verticales, vacías todavía.

—La especie que buscáis se comunica con el rostro, las manos y la voz —dijo Arca—. Vuestra forma actual puede impedir el contacto.

Dos figuras humanas aparecieron ante ellos, de pie y con los ojos cerrados. No eran copias de personas reales: el Atlas había compuesto apariencias nuevas, capaces de respirar aire terrestre y de expresar emociones que un rostro humano supiera leer. Una tenía forma de hombre alto. La otra, de mujer de piel morena, ojos atentos y una trenza negra que le llegaba a la cintura.

Arca les indicó dónde debían colocarse y mostró cada paso del procedimiento. Veritas leyó las instrucciones antes de ocupar la primera camilla. Aletheia se detuvo un momento a mirar el rostro que iba a usar.

Veritas ocupó el cuerpo alto, de piel oscura y cabello corto. Al incorporarse notó el latido del corazón y apoyó una mano sobre el pecho. Aletheia abrió los ojos en el cuerpo de la mujer de la trenza negra. Respiraba sin haber tenido que ordenarlo. Probó a tomar más aire, despacio, para reconocer el movimiento de las costillas y la sensación que le dejaba en la garganta.

El cuerpo hacía muchas cosas al mismo tiempo. Los ojos parpadeaban; la boca se humedecía; el calor de la piel cambiaba al alejarse de la camilla. Para mantenerse en pie tenía que corregir pequeños desequilibrios que hasta entonces no había percibido. Al intentar atenderlos todos, se balanceó y tuvo que apoyarse en el borde. Arca le recomendó que dejara de dirigirlos uno por uno.

También necesitarían comida, agua y sueño. Arca les mostró las señales con las que el cuerpo pediría cada cosa. Aletheia leyó dos veces la parte que calculaba cuánto tiempo pasarían durmiendo. Veritas la miró al verla volver al mismo dato. —Lo he entendido —dijo ella—. Solo estaba comprobando que no lo había leído mal.

Aletheia levantó una mano nueva y la abrió y la cerró dos veces, contando los dedos como si pudieran variar; después se pasó la trenza por encima del hombro y se quedó con ella en la palma, sopesándola. Veritas bajó los brazos a los costados. No volvió a moverlos hasta que hizo falta.

Al verse reflejada en la superficie clara de la cámara, Aletheia probó a sonreír. El gesto salió más amplio de lo que esperaba. Lo repitió hasta reconocer los músculos que estaba moviendo. Veritas comprobó que su rostro correspondiera al que habían acordado. Cuando Arca le pidió que ensayara una expresión, levantó apenas una ceja.

Después caminaron. En los primeros pasos Aletheia miraba el suelo antes de apoyar cada pie. Poco a poco dejó de hacerlo y pudo volver la cabeza hacia Veritas sin perder el equilibrio. Recorrieron la cámara varias veces; al final él le pidió que se apartara para poder probar un paso más rápido.

Sus trajes de campo parecían sencillos: una sola pieza de grafito oscuro, mate, lisa, sin costuras visibles, aunque el material regulaba temperatura, presión y movimiento. Al cerrarse se ajustó a los cuerpos nuevos. Aletheia pasó las manos por los costados para comprobar que la presión era la misma en ambos lados. No llevaban ninguna marca encima. Sus rostros, sus voces y su manera de moverse bastarían para saber quién era quién.

Probaron las voces nuevas. Salieron algo más graves de lo previsto, con un pequeño roce al final de cada frase. Para comunicarse con precisión tenían que administrar el paso del aire. Para calibrarlas leyeron en voz alta la única cifra que la misión tenía por segura: 1.679.

—¿Qué podemos comprobar? —dijo Veritas.

—¿Qué voz nos falta? —dijo Aletheia.

Arca comparó ambas frases.

—Las guardaré como referencia de la misión.

Arca archivó las dos preguntas en la primera página de la misión. Debajo quedaron los campos vacíos en los que empezarían a guardar sus hallazgos.

La Custodia Central no asistió a la partida. Envió un documento, con la antelación justa: ni un instante antes de que hiciera falta. Arca lo leyó en voz alta, sin entonación, porque los textos de la Custodia no la admitían.

—Cláusula primera: seguiréis huellas. No impondréis explicaciones.

—Cláusula segunda: entraréis únicamente en ventanas estables del pasado. Como el pasado ya ha ocurrido, no podréis cambiar el resultado de los hechos conocidos.

—Cláusula tercera: reconoceréis con claridad lo que no sepáis.

El documento terminaba sin despedida, con un cierre: «Se autoriza la partida».

—¿Aceptáis? —preguntó Arca. El documento exigía una respuesta de cada viajero.

—Aceptamos —dijeron.

Las voces nuevas sonaron juntas. Veritas guardó el documento en el archivo y Aletheia volvió a leer las condiciones. Cuando terminaron, el Atlas mostró un círculo de luz junto a la cámara.

—Solo abriré ventanas estables. Si podéis entrar, vuestra presencia ya forma parte del momento que la ventana conservará. Podréis escuchar, caminar, recoger y ayudar. No podréis aportar soluciones basadas en vuestro conocimiento actual ni arrancar la historia de su cauce.

—Seremos como una ayuda que siempre estuvo allí —dijo Veritas.

—Si sabemos cuándo hace falta —añadió Aletheia.

El círculo se apagó. Aletheia notó que dejaba de sentir su calor en la cara y miró hacia el lugar donde había estado. Había percibido el cambio antes de buscarlo en los instrumentos.

La Tierra apareció sobre el Atlas. Era pequeña, azul y blanca. Vista desde allí parecía sobre todo tranquila. Bajo aquel blanco, en el instante que el archivo conservaba, alguien freía algo, alguien perdía una carta, alguien apuntaba números al pie de un radiotelescopio. Ninguna de esas personas sabía que su mundo acababa de entrar en un mapa ajeno.

Aletheia se acercó un paso, y luego otro, y esta vez los pasos surgieron sin que tuviera que pensar cómo articularlos.

Aletheia apoyó una mano sobre el pecho. El corazón había recobrado un ritmo más lento.

3. El mundo de las dos caras

Órbita terrestre — la Tierra vista desde fuera

Lo primero que Aletheia vio fue una tormenta.

Desde la órbita, las nubes giraban sobre el océano en una espiral blanca. La imagen avanzó lo suficiente para mostrar su desplazamiento. Abajo habría viento y oleaje, pero desde aquella distancia no podían distinguir sus efectos. Más allá amanecía en el borde del planeta. Una línea dorada se extendió despacio hasta iluminar parte del continente.

El suelo de la sala vibraba con un zumbido bajo. Aletheia notó que su corazón se aceleraba al acercarse a la imagen. Veritas permanecía a su lado, atento a los datos que iban apareciendo sobre el planeta. Solo se movió para ampliar un grupo de puntos que atravesaban la vista.

—Es hermoso —dijo Aletheia.

Se corrigió en voz alta, como quien repasa su propia letra.

—Es lo primero que me ha llamado la atención —añadió—. Quiero verlo más de cerca.

Veritas no respondió de inmediato. Estaba contando. Había fijado la vista en unos puntos que atravesaban la imagen.

—¿Te has fijado? Hay máquinas alrededor del planeta —dijo al fin.

Miles de objetos cruzaban frente a ellos, ordenados en órbitas que llevaban mucho tiempo evitándose por muy poco. Los humanos habían llenado su cielo de aparatos; de ellos salían millones de señales con toda clase de datos: posiciones, música, órdenes, conversaciones y anuncios.

Aletheia contempló, atónita, aquel baile de dispositivos. Le recordaba a las balizas que los Avenyth habían dispuesto por el universo, aunque aquellas máquinas parecían hablar sin saber quién escuchaba.

—¿Cómo se entenderán entre sí?

—Por lo visto, usan muchas lenguas. Y, según captan nuestros receptores, la mayoría de las señales que emiten no espera respuesta. Solo informa.

Aletheia se acercó a la imagen mientras Veritas abría los registros de aquellas máquinas.

—Arca, danos un contexto general del planeta —pidió él—. Necesitamos saber qué estamos mirando.

—La petición «general» no determina qué debe quedar fuera —respondió Arca—. Aplicaré un barrido superficial. Sus resultados no explicarán por sí solos ninguna causa.

Veritas aceptó la advertencia con una inclinación de cabeza. Aletheia sonrió al oír que Arca necesitaba precisar la pregunta incluso antes de mostrarles el planeta.

La esfera se cubrió de luces diminutas. Cada color correspondía a una forma de vida, y hubo tantos que la leyenda tuvo que ordenarlos por grupos para no ocultar el planeta que pretendía explicar.

—Conviven aquí millones de especies de animales, plantas y hongos, además de una diversidad de organismos microscópicos que este barrido no puede representar uno por uno —informó Arca—. Ninguna vive aislada: cooperan, compiten, sirven de alimento o refugio y transforman el entorno.

Una silueta humana apareció junto a la esfera. Era minúscula.

—La especie humana no es la más numerosa, la más grande ni la más resistente. Su masa representa alrededor de una diezmilésima parte de la materia viva del planeta. Sin embargo, la complejidad y el alcance de sus huellas actuales superan los de cualquier otra especie. Modifica ecosistemas lejanos, transmite lo aprendido y construye instrumentos capaces de multiplicar sus decisiones.

—¿Entonces es la especie dominante? —preguntó Aletheia.

—«Dominante» es una interpretación. «Capaz de alterar el planeta a gran escala» es una observación.

Veritas guardó ambas frases por separado.

—Muéstranos qué están haciendo ahora —pidió Aletheia—. No una cifra. Algo que podamos mirar.

El panel abrió una ciudad cuyas ventanas se encendían al recibir los primeros rayos de luz, mientras las de otra, al otro lado del mundo, se iban apagando. En una de aquellas ventanas, una mujer soplaba una cucharada de líquido humeante antes de acercarla a la boca de un anciano.

La imagen cambió. Una persona con bata blanca se inclinaba sobre una niña y contaba en voz baja sus respiraciones: una, dos, tres…

Después apareció un grupo de músicos. Soplaban instrumentos brillantes, siguiendo el movimiento de una persona que tenían enfrente. Entre quienes escuchaban, unos permanecían inmóviles y otros acompañaban el ritmo con las manos. Aletheia pidió que mantuvieran la imagen un poco más.

Las ciudades del lado nocturno aparecieron como brasas ordenadas en la oscuridad, miles de fuegos diminutos que alguien, en alguna parte, se ocupaba de mantener encendidos.

Aletheia sonrió al ver a una niña imitar los movimientos de los músicos desde su asiento.

Entonces el Atlas mostró una larga nave ganadera, iluminada con una claridad sin amanecer ni noche. Dentro, filas de animales vivían tan juntos que apenas podían apartarse unos de otros.

—Una parte importante de los alimentos que consumen procede de sistemas que concentran la cría en grandes instalaciones y emplean tecnología para aumentar la producción —explicó Arca—. También existen movimientos sociales y normas que intentan reducir el sufrimiento mediante un concepto llamado «bienestar animal».

La sonrisa de Aletheia desapareció.

—Han construido sistemas que causan daño y normas que intentan contenerlo.

—En muchos registros, las dos cosas ocurren a la vez —dijo Veritas.

El Atlas mostró un bosque. Una máquina sujetó un tronco, lo cortó, le arrancó las ramas y lo dejó junto a otros. El polvo seguía en el aire cuando se acercó al árbol siguiente. Aletheia amplió la vista: detrás de la máquina se extendía un terreno lleno de tocones.

Otro bosque apareció a continuación. Guardas armados recorrían un terreno declarado protegido para impedir la caza de los animales que vivían allí. Uno de ellos se agachó a examinar una huella y llamó a los demás.

La pantalla volvió a cambiar. Una figura prendía fuego a una ladera y huía. Horas después, en aquel mismo lugar, otras personas avanzaban entre humo y chispas, arrastrando mangueras y cubriéndose unas a otras.

—Los que han llegado con las mangueras siguen avanzando —dijo Aletheia—. ¿Estaban aquí cuando empezó el incendio?

—Verificado —respondió Veritas—. En el segundo grupo he contado veintisiete personas. Ninguna aparece en el registro del incendio inicial.

La imagen siguiente era una planta de reciclaje. Toneladas de residuos entraban revueltos por un extremo; del otro salían fardos de metal, papel y plástico, y montones de vidrio triturado.

—Intentan extraer una nueva utilidad de lo que ya han producido —observó Aletheia.

—Y necesitan instalaciones enormes para corregir el destino de objetos que fabricaron para usarse durante muy poco tiempo —añadió Veritas.

—Sigamos —dijo ella—. Quiero ver qué más hacen con lo que les sobra.

El Atlas obedeció.

Mostró el final de un banquete opulento. Los comensales se levantaban de la mesa mientras otras personas volcaban la comida sobrante en grandes cubos. A miles de kilómetros, hombres, mujeres y niños muy delgados esperaban con un cuenco vacío entre las manos.

La imagen siguiente mostraba a una persona frente a una pantalla. Estaba recortando una grabación para atribuir a quien aparecía en ella palabras que nunca había pronunciado. Escuchó el montaje, corrigió una pausa y volvió a reproducirlo hasta que los cortes resultaron difíciles de percibir.

Aletheia pidió escuchar la grabación original. Al compararla con el montaje frunció el ceño y se acercó aún más a la pantalla. Tenía la mandíbula apretada. Tardó en darse cuenta y en aflojarla.

—También desperdician lo que otros necesitan y fabrican huellas falsas —dijo Veritas.

El Atlas mostró hospitales y armas saliendo de edificios casi idénticos; cultivos recién regados y suelos agotados a unos pocos valles de distancia; una multitud que abría paso a una ambulancia y otra que cerraba el paso a quienes pedían refugio. En cada par aparecían personas semejantes. A veces solo la ropa permitía distinguir a quienes cuidaban de quienes dañaban, y ni siquiera eso servía siempre.

Veritas detuvo la sucesión de imágenes para que pudieran repasar lo que ya habían visto.

—Es la misma especie, ¿verdad? —preguntó Veritas. La pregunta sonó menos a duda que a resistencia.

—Sí —respondió Aletheia—. Pero estamos viendo personas distintas y decisiones que todavía no comprendemos.

—No bastará con enumerar sus innovaciones.

—No —dijo Aletheia—. Habrá que entender cómo toman sus decisiones.

Miró de nuevo el banquete, el bosque talado, las manos de la mujer que alimentaba al anciano.

—Y por qué —añadió.

Todavía no tenían una respuesta que explicara aquellos actos tan diferentes.

Aletheia volvió a mirar la imagen detenida. En la sala solo se oía el zumbido de los equipos. Veritas cerró los registros que ya habían revisado y dejó delante de ellos las preguntas abiertas.

—Sigo sin tener claro cómo proceder —dijo ella—. No podemos contestar a su mensaje. Necesitamos conocerlos mejor y preparar los registros, pero no sé por dónde empezar.

Acercó una mano a la imagen sin llegar a tocarla. El planeta seguía girando, con una parte iluminada y la otra a oscuras.

Veritas había separado las observaciones de sus interpretaciones. Al volver a leerlas, encontró preguntas que se repetían en casi todos los registros.

—De momento no responderemos —decidió—. Primero escucharemos.

4. La curva que no era una escalera

Atlas de Arca — búsqueda temporal

Veritas llevaba un rato recorriendo los registros del planeta y regresaba una y otra vez a las mismas imágenes. Finalmente se volvió hacia el Atlas.

—Arca, danos un contexto evolutivo de la Tierra. Quiero saber cómo ha llegado tan lejos el ser humano y por qué paga también un precio tan alto por muchos de sus avances.

—Define «ser humano» —respondió Arca.

Veritas parpadeó. El cuerpo lo hizo antes de que pudiera decidir si la precisión le complacía o lo contrariaba.

—El linaje humano —dijo—. Y después, la especie que predomina en el presente.

El Atlas abrió una línea temporal.

—La Tierra tiene unos 4.540 millones de años.

Ambos volvieron a mirarse. Decir el número era fácil. Imaginarlo, no.

El Atlas convirtió la línea temporal en un pasillo de luz. Si recorrieran toda la historia de la Tierra en un día, los seres humanos aparecerían durante los últimos segundos. Las ciudades ocuparían una parte aún menor de ese tramo final. Aletheia miró hacia el extremo del pasillo y después hacia todo lo que tendrían que atravesar antes de llegar allí.

Aletheia avanzó despacio mientras se iluminaban las primeras fechas. Durante largos tramos solo aparecían roca, agua y actividad volcánica. Veritas caminaba a su lado consultando cada registro. Cuando ella se detenía para ampliar una imagen, él volvía sobre sus pasos para verla con ella.

—¿Y la vida? —preguntó Aletheia.

Varias marcas se iluminaron en la parte más antigua del pasillo.

—Las pruebas ampliamente aceptadas se remontan a más de 3.500 millones de años —dijo Arca—. Existen indicios propuestos de una antigüedad mayor, algunos cercanos a los 4.200 millones, pero su interpretación es discutida. Desde entonces, las poblaciones vivas cambian generación tras generación. La evolución no persigue una meta.

—Entonces no buscamos una escalera —dijo Aletheia.

—Buscamos ramas —respondió Veritas.

El pasillo se ramificó bajo sus pies. Ninguna línea ocupaba el centro durante mucho tiempo; unas se dividían, otras terminaban y otras seguían adelante sin volverse más importantes por ello. Aletheia intentó abarcar el conjunto y la imagen creció hasta rodearla.

—¿Y los primeros antepasados humanos?

Arca retrocedió hasta una marca situada unos siete millones de años antes del presente. En la pantalla apareció un paisaje de bosques abiertos y orillas húmedas; después, varios fragmentos de hueso hallados en la región que los humanos del presente llamaban Chad.

—Estas huellas se atribuyen a uno de los miembros más antiguos conocidos del linaje humano, aunque su posición exacta continúa en debate. Conserva rasgos muy antiguos y otros compatibles con una postura más erguida.

La reconstrucción mostró un ser bajo y robusto, atento a los árboles, al agua y a la hierba alta. Cerca había grandes felinos; en los cauces aparecían cocodrilos. Aletheia buscó con la mirada un lugar donde aquel grupo pudiera ponerse a salvo. La vista era demasiado amplia para saber qué habían visto sus integrantes o cómo se moverían al advertir un peligro.

—No parece que tenga muchas ventajas —murmuró Aletheia.

—Tiene las necesarias para seguir vivo en esta escena —dijo Veritas.

El Atlas avanzó. Durante millones de años, varias especies humanas caminaron por África y, más tarde, algunas salieron de ella. No marchaban en fila ni esperaban turno: hubo ramas distintas viviendo al mismo tiempo, separándose, encontrándose y desapareciendo.

Las imágenes mostraron cuerpos capaces de recorrer largas distancias y manos que golpeaban una piedra con otra. Los grupos recogían raíces, frutos, semillas e insectos. Aprendían qué podían aprovechar y transmitían lo que sabían. En ocasiones espantaban a otros animales para acercarse a una presa abandonada. Abrían huesos para alcanzar el tuétano y buscaban larvas en la madera descompuesta. Aletheia fue deteniendo la imagen en trabajos que al principio había pasado por alto.

—Han abierto también ese hueso —dijo Aletheia, siguiendo las manos de la imagen.

—Sí. Y alguien tuvo que aprender qué podía aprovecharse y enseñárselo a los demás.

Aletheia acercó la imagen para observar el trabajo.

La pantalla siguió avanzando. Las herramientas variaban entre lugares y periodos. También aparecían cuerpos diferentes: cambiaban la forma de caminar, las mandíbulas, los dientes y el cerebro. Arca mostró las condiciones en las que habían vivido esas poblaciones. Una forma útil en un entorno no tenía por qué serlo en otro.

Cuando el Atlas entró en los dos últimos millones de años, aparecieron señales de fuego asociado a la actividad de algunos grupos. La certeza variaba: había suelos quemados que podían deberse a incendios naturales y yacimientos donde la repetición delataba cuidado.

En una cueva, alguien sostenía una rama encendida. En otra escena, unas brasas viajaban protegidas bajo ceniza. El fuego daba calor y luz, apartaba a ciertos animales, transformaba el sabor y la dureza de la comida y alargaba la conversación más allá de la puesta de sol. Ninguna imagen mostraba el instante de la invención.

—No lo crearon una sola vez —dijo Aletheia.

—Las huellas corresponden a grupos y momentos distintos —añadió Veritas—. Debieron aprender a mantenerlo y recuperarlo muchas veces.

En la gráfica, la línea de huellas subió, descendió y volvió a abrirse en varias direcciones. Aletheia la miró con desconfianza.

—Desde lejos parece que se están perfeccionando.

Veritas amplió la escala. Aparecieron poblaciones enteras que desaparecieron durante grandes cambios climáticos, ramas sin descendencia conocida y soluciones que habían funcionado durante milenios antes de dejar de hacerlo.

—Desde cerca no —dijo.

El Atlas confirmó la observación:

—La evolución no conserva todo lo útil ni elimina todo lo perjudicial. Un rasgo puede persistir si quienes lo portan dejan descendencia en unas condiciones concretas; no porque sea mejor en términos absolutos.

La palabra «condiciones» se extendió por el mapa en forma de hielo, sequía, bosques que avanzaban y llanuras que retrocedían.

El Atlas centró ahora la vista en Europa y Asia occidental. En lugares que el presente llamaba Alemania, entre muchos otros, mostró restos de antiguas poblaciones humanas cuyos integrantes tenían cuerpos robustos, se adaptaban a climas variables y dominaban la talla de piedra. Mucho después recibirían el nombre de neandertales.

Veritas cambió la escala de millones de años a cientos de miles. La gráfica dejó de parecer sencilla.

—Ahora hay demasiadas líneas —dijo Aletheia, complacida.

—Antes también estaban. No podíamos verlas.

Los neandertales planificaban cacerías, preparaban filos para tareas diferentes y cuidaban a personas que no habrían sobrevivido solas. Molían materias vegetales, trabajaban pieles y recorrían territorios enormes siguiendo animales, estaciones y materias primas. En una escena, un grupo rodeó a una presa sin pronunciar palabra; cada cual parecía saber dónde debía estar porque lo había aprendido de otros.

—Tengo ganas de bajar ahí —dijo Aletheia—. Ya llevamos mucho tiempo mirando.

—Todavía es pronto.

—¿Cuánto nos falta para que deje de ser pronto?

Veritas sonrió apenas. Aletheia lo vio y decidió no comentarlo.

Otra clase de huellas crecía mientras tanto en África. Correspondían a poblaciones que los humanos del presente acabarían reconociendo como miembros tempranos de su propia especie. No surgieron de golpe ni en un único punto del mapa; las señales se repartían por varias regiones y estaban unidas por desplazamientos que el Atlas solo podía reconstruir en parte.

—Homo sapiens —leyó Veritas—. Es el nombre científico que dan a su propia especie.

—¿Ese nombre aparece en su mensaje? —preguntó Aletheia. Veritas negó con la cabeza: procedía de los archivos que habían consultado después.

El clima osciló. Europa se enfrió y grandes superficies quedaron bajo hielo o se volvieron estepas. Las poblaciones humanas se desplazaron, disminuyeron en unas zonas y aumentaron en otras. En la pantalla avanzaban mamuts y rinocerontes lanudos, masas de músculo y pelo que hacían pequeñas las lanzas de quienes los seguían.

—Sus presas son enormes —dijo Aletheia.

—Y peligrosas. Pero la gráfica no permite suponer que todas las cacerías terminaran bien.

En la reconstrucción siguiente, un grupo regresaba a su campamento sin algunas de las personas que habían salido. Aletheia dejó de seguir la gráfica y se quedó mirando a quienes esperaban su llegada.

El Atlas los llevó hacia los últimos cien mil años. Las imágenes se sucedieron con mayor rapidez: puntas de piedra fijadas a astiles; lanzas arrojadas a distancia; fibras trenzadas; agujas que atravesaban piel; herramientas compuestas de varias piezas. Innovaciones separadas por lugares y milenios aparecían juntas en la pantalla solo porque el pasado era demasiado grande para mostrarlo a su velocidad real. Arca hizo constar la advertencia.

Aletheia respiraba más deprisa. Veritas se llevó dos dedos al pecho, sorprendido por la fuerza de sus propios latidos.

—Yo también quiero entrar —confesó Veritas, todavía con dos dedos sobre el pecho.

—Por fin tenemos un problema que no has archivado antes de sentirlo.

—Lo estoy archivando ahora.

La respuesta fue tan seria que Aletheia tardó un instante en comprenderla.

—Las ventanas temporales consumen mucha energía —continuó Veritas—. Tendremos que elegir un momento en el que las huellas sean densas y la entrada, estable.

—De acuerdo. Pero sigamos mirando.

Más adelante aparecieron otras armas de proyectil. Algunas huellas se han interpretado como indicios tempranos de arco y flecha, aunque esa atribución sigue discutida; los propulsores comprobados pertenecen a momentos posteriores. No hubo una única escena inaugural. Hubo intentos, pérdidas, variaciones y aprendizajes.

—Cada pieza sola parece poca cosa —dijo Aletheia.

—Tiene varias partes —respondió Veritas—. Hay que preparar la piedra y la madera, unirlas y aprender a usarlas juntas.

Cuando faltaban unos cincuenta mil años para el presente, las huellas de Homo sapiens se extendieron con rapidez por nuevas regiones. En Europa se encontraron con los neandertales. El mapa no mostró una línea borrando a la otra de inmediato. Primero se tocaron, se separaron, volvieron a cruzarse y, en algunos lugares, se mezclaron.

—Comparten descendencia —dijo Veritas.

—Entonces una rama puede desaparecer sin desaparecer del todo.

—Parte de ella continúa en la población humana actual.

Otros encuentros dejaron rastros parecidos en Asia. El Atlas mostró nombres que los propios protagonistas nunca habían usado y señaló con cautela lo que seguía en discusión. Cuanto más se acercaban al presente, más datos aparecían; también aumentaban las interpretaciones enfrentadas.

En varios lugares de Europa central, el Atlas mostró fragmentos trabajados de hueso de ave y marfil. Al reunirlos aparecieron instrumentos capaces de producir sonido. Arca reprodujo unas pocas notas a partir de una de aquellas formas y advirtió que no conocían la música que sus fabricantes habían tocado ni en qué ocasiones la usaban. Aletheia escuchó hasta que terminó la prueba.

Aletheia se quedó inmóvil.

—No puedo esperar mucho más.

—Quedan milenios.

—Eso es exactamente lo que quería decir.

Los milenios siguieron deslizándose bajo sus pies. Las huellas de las antiguas poblaciones se fueron mezclando o apagando, no a la vez ni por una sola causa. Homo sapiens se extendió por casi todo el planeta y pasó a concentrar la mayoría de las señales que el Atlas podía seguir hasta el presente.

—Hay cosas que pasan de un grupo a otro —dijo Aletheia—. El mapa de las especies no nos muestra todo eso.

—Necesitamos seguir también las herramientas y los encuentros —respondió Veritas.

Al acercarse a unos doce mil años antes del presente, la pantalla cambió de color. El clima estaba dando otro giro importante. Grandes masas de hielo se reducían y retrocedían; el nivel del mar subía, algunas llanuras costeras quedaban cubiertas y antiguas extensiones de tierra se convertían en estrechos o islas.

—Las huellas van a aumentar en complejidad —dijo Veritas.

—¿Otra escalera?

—No. Más conexiones.

La esfera del planeta se llenó de señales. En distintas regiones, grupos humanos transformaban su relación con plantas, animales, estaciones y lugares de reunión. Nada empezó de la misma manera en todas partes.

Veritas amplió una zona del sudeste de la actual Turquía.

—Aquí hay un patrón. Muchas huellas van y vienen hacia los mismos puntos.

Aletheia se acercó tanto que la luz le tiñó las manos.

—Es ahí.

—Es una posibilidad.

—Es ahí —repitió, esta vez sin alzar la voz.

Veritas comprobó la densidad de los registros, las condiciones de entrada y la estabilidad temporal. Solo entonces habló.

—Eso parece.

—Arca, solicitamos confirmación.

Una línea recorrió el mapa en busca de una entrada estable. Aletheia aguardó junto a la proyección mientras los resultados cambiaban. Veritas comprobó las condiciones de retorno.

—Ventana encontrada —anunció Arca—. Sarımğara Çakmaktepe. Hacia 9600 a. C.

En el Atlas se abrió un óvalo brillante. Al otro lado apareció un páramo: colinas de caliza clara, matorral bajo y almendros dispersos que daban poca sombra. En una ladera se abría la boca oscura de una cueva; de ella salía un hilo de humo tan fino que había que quererlo ver.

Junto a la cueva había viviendas circulares de fondo rebajado y otras estructuras excavadas en la roca. El Atlas calculó más de quince metros de borde a borde en la mayor. Postes de madera sostenían las techumbres. En la explanada varias personas acarreaban materiales; otras molían o raspaban pieles. Un grupo se había detenido junto a un poste inclinado y discutía mientras señalaba su base.

Por la ventana llegaban, sueltos, un golpe de madera contra madera, una voz que subía y bajaba sin ser canto ni orden, la risa breve de alguien joven. Aletheia descubrió que se había inclinado hacia la abertura, como quien se asoma a un pozo con agua al fondo.

—No es una ciudad —dijo Veritas.

—Ni el comienzo de toda civilización.

—Pero hay muchas manos trabajando ahí. Y llevan tiempo haciéndolo.

Se oyó con más claridad una piedra golpeando otra. Los golpes mantenían un ritmo regular, con pausas breves entre ellos.

Tac.

Tac.

Tac.

El Atlas había medido los hoyos y las estructuras. Le faltaba saber cómo los usaban, qué se estaban diciendo aquellas personas y quién sostenía el percutor que no dejaba de sonar.

Aletheia se descubrió conteniendo la respiración y tuvo que acordarse de soltarla.

La ventana perdió nitidez. Arca recalculó la línea de descenso y devolvió los resultados palabra a palabra:

—Posible lugar de reunión. Trabajos compartidos: comprobados. No sabemos cómo llaman a cada espacio ni quién dirige cada tarea.

—Preguntaremos cuando estemos allí —respondió Aletheia.

Arca se pronunció de nuevo. La misión estaba definida: ambos debían entrar por aquella primera ventana estable.

Ninguno habló durante un rato. En la luz, una mujer que molía semillas se apartó el pelo de la cara con el dorso de la muñeca, sin soltar la piedra, y siguió moliendo.

Veritas abrió el registro de la misión. Anotó primero los protocolos de retorno; después, los de descenso; al final, las condiciones de llegada. El Atlas lo guardó todo, incluido el orden.

Aletheia seguía mirando a una persona que sostenía un núcleo de sílex y un percutor. Entre golpe y golpe giraba la piedra, examinaba un borde y cambiaba la posición de la mano. Aletheia adelantó un pie hacia la ventana. Quería ver la superficie de cerca, descubrir qué buscaba antes de golpear. Veritas la llamó para terminar los preparativos.

—Tenemos que prepararnos para bajar al terreno.

Veritas revisó una vez más los protocolos de retorno antes de acercar la mano al Atlas.

—Adaptemos nuestra indumentaria. Si se parece a la suya, será más fácil acercarnos sin distraerlos.

Arca adaptó los trajes a las prendas que habían observado. La superficie lisa se transformó en piezas de aspecto parecido al cuero, unidas con fibras visibles. Aletheia levantó un brazo para comprobar que podía moverse y luego miró el borde de la nueva costura.

Se acercaron a la ventana. Los golpes de piedra se oían cada vez más claros, mezclados con voces que aún no distinguían.

Tac.

Tac.

Tac.

El soplo de calor seco, con su olor a piedra al sol, se hizo más intenso. La ventana se abrió por completo. Aletheia avanzó primero; Veritas, medio paso detrás.

El umbral los envolvió.

Segunda parte — Antes de las ciudades

Ilustración conservada de la cuarta edición
Ilustración conservada de la cuarta edición

Arte conceptual de preproducción. No se presenta como evidencia histórica.

5. Empieza por mirar

Sarımğara Çakmaktepe, sudeste de la actual Turquía — hacia 9600 a. C.

Aletheia dio el primer paso sobre el páramo y Veritas salió del umbral detrás de ella.

El páramo los recibió con polvo. Era claro, fino como harina, y se alzó bajo sus sandalias hasta dejar en la lengua de Aletheia un sabor a piedra caliente. Más allá se sucedían las colinas de caliza desnuda, los almendros retorcidos y una multitud de briznas amarillas que el viento inclinaba sin llegar a vencer. Al pie de la ladera se abría la boca oscura de la cueva de Sarımğara. Cerca de ella, varios hoyos circulares se abrían en la roca viva y unos postes de madera aguardaban su carga.

La puerta se cerró a sus espaldas. Aletheia oyó el viento, los golpes de trabajo y unas voces próximas. Al levantar la cabeza descubrió que varias personas habían dejado lo que hacían para mirarlos.

—Ventana estable —dijo Veritas a su lado, en voz baja—. Traducción activa. Registro abierto.

Tac.

El sonido venía de la sombra de un almendro. Un hombre tenía un núcleo de sílex apoyado contra el muslo. Inclinó la piedra, ajustó dos dedos y dejó caer el percutor. Recogió la esquirla, la observó al trasluz y solo entonces levantó los ojos hacia los recién llegados.

Llevaba el cabello oscuro recogido hacia atrás, la piel comida por el sol y una prenda de cuero sin mangas. Una tira de fibra le ceñía a la cintura una piel pequeña. Junto a su rodilla descansaba una lanza con punta de piedra. No levantó el arma. Tampoco sonrió.

—¿Habéis venido al gran sacrificio? —preguntó.

La traducción del Atlas llegó a los visitantes mientras el hombre terminaba de hablar. Su voz era grave y pausada. Aletheia tomó aire antes de responder; él seguía esperando, con el percutor en la mano.

Veritas permaneció a su lado, atento al hombre y a quienes se habían detenido más arriba.

—Me llamo Aletheia. Él es Veritas.

—Eso no me dice por qué estáis aquí.

Aletheia miró alrededor. Una mujer sostenía una piel extendida y había dejado de trabajar. Un joven observaba desde la linde del matorral. Cerca de la entrada, un hombre mayor con los dedos manchados de rojo se había incorporado para verlos mejor. Nadie se acercó todavía.

El hombre volvió a girar el núcleo entre las manos. Encontró un borde, corrigió dos veces el ángulo y golpeó. La esquirla cayó junto a otras cinco, colocadas de mayor a menor. Antes de apoyar el percutor, levantó otra vez la vista hacia los visitantes.

Aletheia esperó. El hombre seguía escuchándolos, aunque aún no los hubiera invitado a acercarse.

—Seguimos una señal —dijo Veritas.

El hombre no respondió. Se levantó, se acercó a Veritas y tomó entre dos dedos el borde de su prenda de piel. Giró el borde entre los dedos, recorrió la costura con el pulgar por dentro y por fuera y soltó la prenda.

—No os parecéis a los de ningún grupo que conozca. ¿Venís del otro lado de las colinas?

Aletheia habría podido inventar una respuesta sencilla. Era lo más cómodo y, precisamente por eso, le pareció una mala forma de comenzar la primera conversación de la misión.

—Venimos de mucho más lejos.

El hombre dejó el percutor sobre la piedra, despacio, como quien aparta una tarea para hacer sitio a otra.

—Sigue.

—Seguimos las huellas de varios grupos que se dirigen a estas colinas —dijo Aletheia—. ¿Todos vienen por el sacrificio?

—Muchos —respondió—. El encuentro será aquí. Aún faltan muchas noches. Quienes lo preparan ya han empezado a reunirse y a ordenar el lugar. No os aconsejo que los molestéis ahora. —Volvió a mirar sus ropas, sus manos vacías, la ausencia de fardos—. Tampoco entiendo cómo habéis llegado hasta aquí con tan poco.

—Queremos entender cómo vivís y cómo trabajáis juntos —dijo Aletheia.

—¿Y qué dais a cambio?

Aletheia volvió la vista hacia los trabajos del campamento. Para quedarse necesitarían comida y un lugar donde pasar la noche. Hasta entonces solo habían hablado de observar.

El hombre aguardó la respuesta sin apartar la mirada de los visitantes.

—Podemos recoger, cargar y ayudar —respondió Aletheia—. Decidnos qué hace falta.

—Entonces pasaréis aquí la noche. Necesitamos ayuda y vosotros necesitaréis comida. —Miró primero a Aletheia y después a Veritas, como si ya estuviera calculando el gasto que representaban—. Dos bocas más son una cuenta seria. Tendréis que ganárosla.

Los estudió un instante más.

—¿Sabéis seguir una huella? ¿Os manejáis con el fuego?

—Aprendemos rápido —respondió Veritas.

Desde los hoyos volvió a oírse un golpe. La mujer bajó la piel y reanudó su trabajo sin dejar de mirar hacia los visitantes.

Entonces llegó un grito desde la estructura grande.

—¡Kael!

El hombre se volvió. Así supieron Aletheia y Veritas cómo se llamaba. Junto al borde de lo excavado, dos personas sujetaban un poste vencido hacia un lado; no conseguían enderezarlo.

—Parece que habéis llegado justo a tiempo —dijo Kael.

Kael ya estaba de pie. Miró la inclinación del poste y la posición de las dos personas que lo sujetaban. Señaló a los visitantes el lado por el que debían acercarse.

—¡Rápido, venid a ayudar!

Aletheia llegó al poste sin saber dónde ponerse. Kael se lo indicó con la barbilla. La madera le raspó las palmas y el peso la obligó a doblar las piernas. Veritas apoyó el hombro al otro lado. Avanzaron poco a poco, siguiendo las indicaciones de quienes sujetaban la base.

El poste dejó de caer.

Entre todos lo devolvieron a la vertical hasta que la base encajó en el agujero abierto en la roca. Tenía que quedar en pie antes de que llegara el frío. Nadie celebró haberlo conseguido; quedaban otros trabajos. Una de las personas que lo había sujetado se quedó comprobando la base mientras la otra buscaba más piedras.

Kael recogió la lanza que había dejado en el suelo y señaló hacia la entrada de la cueva.

—Si habéis venido a entender, empezad por mirar. Pero no olvidéis el trato: aquí no sobra comida. Lorn os dirá qué hacer primero.

—¿Quién es Lorn?

—Trabaja la piedra junto a la entrada. Lleva una bolsita al cuello; lo veréis enseguida.

Echaron a andar ladera abajo, hacia la cueva. El camino atravesaba el campamento y lo recorrieron despacio. Las viviendas comenzaban en hoyos circulares, rebajados en la roca. Dentro, postes de madera sostenían techumbres de ramas y piel. Había pieles tendidas sobre las matas, cestas a la sombra y montones de leña menuda. Una persona vigilaba una brasa cubierta mientras preparaba unas tiras. Cerca de ella, un hombre descansaba con un brazo sobre los ojos y otro ocupaba su sitio junto a una piel. Desde las casas seguían llegando conversaciones y golpes de trabajo.

Dos niños los siguieron a unos pasos de distancia. Cuando los visitantes se volvían, se detenían; en cuanto continuaban, ellos también. Una mujer los llamó desde una casa y se fueron corriendo. El aire olía a grasa, polvo y leña. Aletheia se apartó para dejar pasar a un hombre que cargaba una cesta.

Los visitantes reunían observaciones antes de abrir el registro del día. Vieron a una persona llevar agua a quienes molían y a otra ocupar su lugar cuando tuvo que marcharse. Aletheia sintió el sudor en la espalda y aflojó el borde de su prenda. Veritas seguía con la mirada las herramientas que pasaban de unas manos a otras.

El polvo se levantaba bajo sus sandalias y les iba cubriendo los tobillos.

Detrás de ellos volvió a oírse el percutor de Kael.

Aletheia volvió a notar en la lengua el sabor a piedra caliente.

6. Las cuentas de Sarımğara

Misión de llegada — Las cuentas de Sarımğara

Lorn no les preguntó los nombres. Puso una cuenta de piedra en la palma de Aletheia y otra en la de Veritas.

Lorn trabajaba cerca de la entrada, en una franja de sombra fresca. Había ordenado sobre un retal piedras de distintos tamaños y huesos que esperaba aprovechar. A un lado se secaban tendones. Tenía los dedos grises de polvo y una bolsita de piel al cuello. Apartó unas piezas para hacer sitio a los visitantes y esperó a que miraran las dos cuentas.

Las cuentas pesaban poco y estaban frías. La de Aletheia era clara; la de Veritas, oscura y algo más brillante. Al acercar las manos vieron que eran redondas, aunque ninguna tenía un contorno perfecto. El pulido había quitado las aristas y podían girarlas entre los dedos sin que un borde les rozara la piel.

—Cuatro como estas —dijo Lorn—. Ni más grandes ni más blandas. Si se deshacen bajo la uña, dejadlas.

—¿Cuatro para…?

—¡Lorn!

Lorn se levantó al oír que lo llamaban desde los postes. Cruzó hasta la estructura grande y revisó la base del que acababan de alzar. Señaló dos piedras que había que mover. Esperó a que quienes lo sujetaban entendieran la indicación y regresó a su sitio junto a la entrada.

—Tengo que terminar aquí y ayudar con esos postes —dijo—. Buscad vosotros las piedras.

—¿Dónde buscamos? —preguntó Veritas.

Lorn levantó cuatro dedos, y con cada uno señaló un punto del aire para indicarles el orden del recorrido.

—Mirad primero en los bordes de la entrada; al barrer quedan piedrecillas allí. Luego junto a la excavación grande y en la zona de molienda. Si no encontráis bastante, probad en el afloramiento de la loma. No entréis donde estén trabajando sin preguntar.

Les tendió un retal de piel, cuadrado, gastado en los dobleces.

—Cada sitio, en su esquina. Quiero saber de dónde viene cada una.

—¿Importa de dónde vengan?

—Sí. Si una sirve, quiero poder volver a buscar más en el mismo sitio.

Entre los dos doblaron el retal como lo habían visto doblado. Veritas repitió los cuatro lugares y Aletheia señaló la esquina que usarían para cada uno. Lorn los escuchó, corrigió el último nombre que pronunciaron y los dejó marchar.

Empezaron en los bordes de la cueva. El aire era más fresco que en la explanada y el suelo estaba alisado por el tránsito. A los lados se acumulaban esquirlas, huesecillos y piedras apartadas al pasar o al limpiar. Aletheia se arrodilló mientras Veritas sostenía las muestras. Varias piedras tenían un color parecido al de la cuenta clara, pero algunas cedían al rascar con la uña. Eligieron tres candidatas y las anudaron en la primera esquina del retal.

En el borde de la estructura grande, Veritas se detuvo. La excavación tenía unos veinte pasos de lado a lado y paredes trabajadas con cuidado. Había gente cerca, pero nadie entraba en ese momento, así que permanecieron fuera. A lo largo del borde encontraron piedras desprendidas durante los trabajos. Veritas escogió dos oscuras, las acercó a la muestra y cambió la posición de la mano para que recibieran la misma luz.

—Se le parece —dijo Veritas—. Pero no sé si es el mismo material.

Las guardaron en la segunda esquina sin dar por seguro que fueran del mismo material.

En la zona de molienda se oía el roce continuo de la piedra. Dos mujeres y un hombre trabajaban de rodillas. El olor a almendra machacada y grano partido hizo que Aletheia reparara en el hambre que tenía. Preguntaron por las piedras apartadas del alimento. Una de las mujeres señaló un pequeño montón y siguió moliendo. Aletheia y Veritas eligieron cuatro muestras y las anudaron en la tercera esquina.

El afloramiento de la loma fue el último lugar. La roca estaba caliente al tacto y unas lagartijas huyeron al acercarse los visitantes. Ahora Aletheia distinguía diferencias que por la mañana no había advertido: un grano más grueso, una veta, una superficie que cedía fácilmente. Veritas comparaba los hallazgos con las cuentas. Recogieron una última candidata de entre las piedras sueltas, la guardaron en la cuarta esquina y bajaron con el retal abierto entre los dos para no mezclar los grupos.

Lorn desató las cuatro esquinas en silencio y fue poniendo cada montoncito sobre su fila, sin mezclarlos.

—Entrada, borde, molienda y loma —dijo Veritas, señalando por orden las cuatro esquinas.

Lorn no contestó. Empezó la criba.

Lorn comparó cada piedra con las cuentas bajo la misma luz. Pasaba el pulgar por la superficie y se detenía en las vetas. Después rozaba un borde contra otra piedra y observaba cuál había quedado marcada. Aletheia y Veritas se acercaron para seguir el examen. Cuando ella señaló una diferencia de grano, Lorn inclinó ambas piezas para que pudiera verla mejor.

Aletheia esperó mientras Lorn examinaba las últimas piedras. Le habría gustado que las aceptara todas. Al darse cuenta, miró otra vez las que él había apartado y trató de reconocer qué las hacía diferentes. Veritas había dejado de registrar los movimientos: también esperaba el resultado.

Lorn apartó seis piedras hacia un lado, con cuidado, formando una fila nueva.

—Estas no —dijo—. Para otra tarea.

No tiró ninguna. Del montón de la molienda tomó una; del borde, dos; de la loma, una. Cuatro. Abrió la bolsita que llevaba al cuello, sacó una cuenta vieja y fue comparando cada piedra nueva con ella. La cuenta estaba gastada por el roce y tenía el agujero algo descentrado. Lorn la sostuvo un instante más de lo necesario antes de volver a guardarla.

—¿Para quién son las nuevas? —preguntó Aletheia.

—Para el collar de Luma. Ena quiere que no pesen mucho.

Se volvió hacia una mujer que había extendido fibras sobre las rodillas. Ella estaba separándolas cuando una niña cruzó por delante y estuvo a punto de pisarle el retal.

—Por ahí no, Luma. Me lo vas a llenar de tierra.

La niña frenó, dio un salto exagerado sobre la esquina y siguió a otros dos niños hasta la pared de una casa. Allí habían dispuesto un recorrido de piedras que solo se podía atravesar de una manera; en cuanto llegó, los tres discutieron sobre cuál era. Luma tenía siete años y un arañazo reciente en una rodilla. Se agachó a mover una de las piedras mientras sus compañeros protestaban.

—Esa estaba más lejos —le dijeron.

—Porque no llego.

—Pues tienes que saltar.

Ena levantó los ojos, comprobó que nadie se hacía daño y volvió a las fibras. Lorn le mostró los cuatro materiales. Ella dejó su trabajo, se secó los dedos en la piel que llevaba sobre las piernas y se acercó a mirar.

—Esta clara me gusta. ¿Podrás dejarla pequeña?

—Creo que sí. Tengo que trabajarla primero. Hoy no terminaré las cuatro.

—No hace falta hoy —dijo Ena. Señaló luego otra—. Y esta, junto a una oscura.

Sacó de un envoltorio unas pocas piezas. Algunas tenían ya forma de pequeñas cuentas aplanadas; otras necesitaban más trabajo. Las ordenó sobre el retal, dejando huecos donde imaginaba las que faltaban. No eran iguales ni formaban un dibujo complicado. Aletheia se arrodilló para verlas sin taparle la luz.

—¿También las recogiste aquí?

—Estas las guardaba yo. Aquellas las ha traído Daro.

Lo señaló con la barbilla. Un hombre acababa de dejar una carga junto a una de las casas y se quitaba una correa que le había marcado el hombro. Al verlo, Luma abandonó la discusión y corrió hacia él. Daro abrió los brazos, pero la niña los esquivó para buscar algo en su bolsa.

—¿Hay más?

—Hoy traigo esto —dijo él, enseñándole la correa rota.

—Eso no lo quiero.

—Me parecía demasiado esperar que me la arreglaras.

Luma se colgó de su brazo. Daro la levantó lo justo para apartarla de la bolsa y se acercaron a Ena, que no necesitó mirarlos para hacerles sitio junto al retal. Él se sentó a su lado y estiró las piernas con un suspiro. Ena le pasó una mano por la marca del hombro antes de volver a las piezas.

—Lorn ha encontrado ayuda —le dijo—. Ellos han traído las que faltaban.

Los visitantes dieron sus nombres. Daro los repitió con dificultad y Luma se rio al oír el segundo intento. Quiso probar ella también, se atascó en el de Aletheia y decidió que por el momento bastaba con señalarla.

—¿Quién te dio esas? —preguntó Veritas a Daro.

—Una mujer con la que me encontré al otro lado de la loma. Iban varias personas. Una carga se les había quedado mal sujeta y los ayudé a llevarla hasta donde habían parado.

—¿Las hizo ella?

—No se lo pregunté. Sacó las piezas de una bolsa y me las dio cuando nos sentamos. Le dije que a mi hija le gustarían.

Luma ya había cogido una. Era más irregular que las demás y tenía un lado ligeramente hundido. Ena se la pidió con la mano abierta.

—Esa iba a dejarla aparte. Las otras quedan mejor juntas.

—Yo quiero esa.

—A ver, enséñamela.

Luma la puso en el centro del retal y la empujó. La cuenta se tumbó casi enseguida; otra redonda rodó hasta el doblez.

—Esta no se escapa —dijo, tapándola con un dedo—. Es como la piedra donde me siento.

Ena la giró hacia la luz. Lorn alargó la mano para revisarla, palpó el borde y se la devolvió.

—Está entera. Esa hendidura no molesta.

—Pues buscamos dónde ponerla —dijo Ena.

La niña la acercó a una oscura, la cambió de lado y preguntó si podía llevarse ya el collar. Su madre le mostró los huecos.

—Todavía faltan estas. Si quieres, puedes sujetar el hilo mientras paso una.

Luma lo sostuvo demasiado alto y las piezas que Ena estaba probando quedaron suspendidas. Daro bajó la mano de su hija entre risas; Ena la ayudó a apoyar los dedos sobre el retal. Cuando por fin pasó la cuenta, la niña llamó a los otros niños para que la vieran. Solo uno se acercó. El otro seguía protestando porque habían movido las piedras del juego.

Tala llegó con una prenda doblada. Antes de pedir nada, miró el retal y rozó con el pulgar la cuenta que su nieta había elegido.

—Ena, me vendrían bien tus manos para sujetar esto. Y aún falta llevar el agua de aquella casa.

Ena se pasó el dorso de la muñeca por la frente. Miró la prenda, el recipiente vacío y las cuentas que acababa de ordenar. Durante un momento pareció que iba a recogerlo todo.

—Madre, quiero dejar pasado este tramo. Si lo guardo así, tendré que volver a empezar.

—Entonces dime qué puedes hacer después.

—Sujetar la piel, sí. El agua no llegaré a traerla ahora.

—Podemos llevarla nosotros —dijo Aletheia. Veritas se puso en pie, esperando a que Tala les indicara el recipiente.

Una mujer que reparaba una cesta se ofreció a terminar de preparar las fibras. Ena le entregó una parte y conservó el hilo que tenía entre los dedos.

—Esto quiero hacerlo yo. Lo demás me vendrá bien que lo adelantéis.

Daro recogió su correa rota y llamó a Luma, que empezaba a tirar del retal para mostrarlo mejor a su compañero. La sentó entre sus piernas y le dejó probar un nudo en el extremo de la correa. Ella apretó tanto que luego no pudo deshacerlo.

Lorn volvió a su sombra con las cuatro piedras. Durante la tarde tuvo que interrumpir el trabajo dos veces para ayudar con los postes. Al ponerse el sol, solo una había empezado a perder las aristas. Se la enseñó a Ena antes de envolverlas: seguiría cuando los otros trabajos se lo permitieran. Ella guardó las cuentas que ya tenía, con la irregular dentro, y dejó a Luma comprobar que ninguna se había quedado entre los dobleces.

Al terminar la tarde, la mujer de las pieles les ofreció unas almendras. Aletheia se sentó junto a ella mientras Veritas dejaba el agua donde le habían indicado. El hombre de los dedos manchados de rojo se apartó para darles sombra. Las conversaciones continuaron cuando se acercaron; solo entonces Aletheia advirtió cuánto silencio habían provocado por la mañana.

Un olor agrio les hizo levantar la cabeza. Detrás del abrigo bajo, el humo cambiaba de dirección con cada racha y llegaba hasta las pieles tendidas. La mujer se puso en pie. Kael vio las chispas y llamó a quienes estaban cerca.

—¡Apartad las pieles del humo! ¡Y que alguien venga conmigo!

Aletheia y Veritas se levantaron con los demás. Kael echó a andar deprisa hacia el abrigo y ellos lo siguieron. El humo les llegó a la cara antes de que pudieran ver bien el fuego.

7. El fuego protegido

La primera tarde

Bajo la ceniza todavía se veía el rojo de las brasas.

Aletheia se detuvo al llegar al abrigo, respirando deprisa por la carrera. Kael avanzó unos pasos y les indicó que esperaran. Lorn se acercaba detrás, guardándose una pieza en el cinto. Desde la explanada venían otras personas; dos llevaban un recipiente de agua entre ambas.

El fuego estaba junto a la zona de trabajo, bajo un abrigo de piedra y ramas. No había grandes llamas, pero cada racha levantaba chispas hacia la hierba seca. El humo caía sobre las pieles tendidas y ocultaba por momentos a quienes se acercaban. Kael examinó el lado del abrigo por donde entraba el aire.

Kael se agachó a una distancia prudente.

—No os acerquéis por ese lado —dijo—. Mirad primero el humo.

Señaló con el mentón dos montones de combustible. Cogió una rama del primero y la dobló: crujió, seca hasta el corazón. El segundo montón estaba oscuro después de una lluvia breve.

—Esto prende. —Dejó caer la rama—. Esto da humo y enfría el fuego.

El grupo llevaba cuidando el fuego desde mucho antes de que naciera Kael. Había aprendido a guardar combustible seco, proteger las brasas y repartir su vigilancia. Lo que fallaba aquella tarde era el abrigo: no frenaba el aire que entraba desde la ladera.

—¿Qué hacemos? —preguntó Aletheia.

—Esperad aquí hasta que Lorn vea la barrera.

Kael les mostró dónde guardaban las ramas secas, apartadas del suelo húmedo sobre un lecho de piedras; cómo mantenían unas pocas brasas aparte, hundidas en ceniza y cubiertas, por si las llamas grandes se perdían y había que volver a empezar por lo pequeño; y de qué manera el abrigo entero estaba pensado para un viento que soplara de donde solía. El viento de esa tarde no venía de donde solía. Kael levantó los dedos de una mano para explicar lo último:

—Un turno de brasa cada uno. Nadie dobla turno.

Aletheia guardó la regla sin preguntar el motivo. Más tarde vería a alguien cabecear al final de un turno y a otra persona sentarse a su lado para relevarlo. Veritas contó las piedras que separaban las brasas de reserva y tampoco preguntó; antes quería saber si la cuenta se repetía.

Tala había empezado a descolgar las pieles. Las doblaba contra el cuerpo y las apartaba del humo antes de volver a por la siguiente. Se detuvo a examinar dos que habían quedado más expuestas.

—Estas dos se han llenado de humo —dijo Tala—. Espero que se les quite. Llevamos días preparándolas.

Lorn se agachó ante una fila baja de piedras y las fue tocando una a una, sin prisa, para comprobar su estabilidad. Apartó dos con el dorso de la mano; a una tercera, agrietada, le dio la vuelta y la dejó aparte, para que nadie la colocara de nuevo en la barrera.

Bora salió del matorral a media ladera y se quedó en una zona abierta. Levantó una brizna para observar de dónde venía el aire. Al cambiar la racha, buscó a Kael con la mirada.

—Desde aquí veo cuándo gira. ¿Me quedo? —preguntó.

Tala retiraba pieles y Lorn revisaba las piedras de la barrera. Otras dos personas acercaron agua; un niño llevó ramas secas hasta que le pidieron que se apartara. Kael iba de un lado a otro, comprobando qué les faltaba. Aletheia y Veritas permanecieron donde podían verlos sin bloquear el paso.

Entonces una ráfaga arrancó una pieza del abrigo.

Las chispas saltaron hacia la hierba y alguien gritó. Dos personas que corrían al mismo montón chocaron; una cesta cayó en mitad del paso y Tala tropezó al intentar rodearla. Bora avisó del cambio de aire cuando el humo ya les había llegado. Bajo la ceniza, parte de las brasas empezaba a apagarse.

Quienes traían agua no podían pasar entre las cargas que habían quedado en el suelo.

Kael miró a Aletheia y a Veritas.

—Ahora sí. Aletheia, ¿puedes llevar las piedras que Lorn señale? Veritas, ¿puedes mantener libre el paso?

—Sí —respondieron, cada uno a su tiempo.

—No todas. Solo las que encajen. Y no mováis nada sin que lo señale.

Lorn señaló dos bloques planos. Aletheia llevó el primero y volvió a por el otro. Tuvo que detenerse para cambiarlo de brazo antes de llegar a la barrera. Veritas apartó la cesta caída y ayudó a despejar la ruta de quienes traían agua. Tala se llevó las últimas pieles. Desde la zona abierta, Bora avisaba de las rachas antes de que el humo cambiara de dirección.

—¡Ahora hacia nosotros! —gritó.

Kael comprobó dónde estaba cada uno y alzó la voz:

—Tala, las pieles. Lorn, conmigo. Aletheia, las piedras. Veritas, el paso.

La nueva barrera protegía el fuego de las rachas más fuertes y dejaba salir el humo. Las llamas bajaron. Kael comprobó las brasas y señaló una que empezaba a recuperar el rojo en el borde apagado.

Durante un momento nadie habló. El viento seguía moviendo la hierba, pero ya no entraba con la misma fuerza bajo el abrigo. Aletheia se apoyó en las rodillas hasta recuperar el aliento.

Kael se agachó para comprobar el lado resguardado. Añadió una rama seca y esperó a ver cómo prendía.

—Ahora se puede pasar —dijo Aletheia, mirando la ruta que Veritas había despejado.

—Y estas ya no reciben el humo —respondió Tala. Dejó las pieles lejos del abrigo para examinarlas después.

Veritas, de pie junto a la cesta que había apartado, abrió el registro en el Atlas.

—El fuego sigue encendido —dijo Veritas—. Guardaré lo que hemos cambiado en el abrigo y cómo hemos despejado el paso.

Aletheia miró a Kael antes de añadir nada.

—Añade dónde estaban las ramas secas y las brasas de reserva —dijo Aletheia—. Kael nos lo enseñó antes de empezar.

Kael se acercó a mirar el registro. Veía a los visitantes consultar algo que él no sabía abrir.

—¿Qué hacéis?

—Intentamos no contar esta historia mal —respondió Aletheia.

Kael asintió y señaló el lugar donde había estado la cesta.

—Contad que al principio chocábamos unos con otros. Hasta que despejamos el paso no pudimos trabajar.

Oru llegó cuando habían terminado. Rodeó la barrera nueva y dejó una piedra clara con una marca negra junto al sitio de vigilancia. Esperó a que quienes iban a quedarse la vieran.

—Para recordar quién mira después —dijo Oru.

Oru dejó la piedra al alcance de quien iba a quedarse allí y se apartó para que otra persona pudiera revisar las brasas.

Cuando acabaron de comer, nadie tuvo ganas de alejarse mucho del calor. Habían cenado en pequeños corros, pasándose las porciones mientras hablaban de la racha que había levantado el abrigo. Ahora una mujer recogía los restos del reparto y un hombre sacudía migas de una piel antes de plegarla. Más allá, junto a las casas, seguían encendidas otras luces. De vez en cuando alguien salía de aquella oscuridad, se sentaba un rato y volvía a su trabajo.

Luma se había instalado junto a Daro, con los pies sobre la piel de Ena. Dos niños continuaban un juego en el borde del resplandor hasta que uno se quejó de que el otro cambiaba las reglas cuando no lo veían. Tala les pidió que bajaran la voz. El más pequeño respondió que no estaba gritando, con un volumen que hizo reír a varias personas.

Oru alisó con la palma un poco de tierra junto al fuego. Con un carbón dibujó una espalda baja, un hocico y una cola larga. El niño que estaba sentado junto a Luma se inclinó para verlo y tapó la luz.

—Si te acercas más, tendré que dibujarlo encima de ti —dijo Oru.

El niño retrocedió. Luma aprovechó el hueco para ponerse delante.

—Un zorro.

—Todavía me faltan las patas.

—Pero es un zorro.

—Lo es —admitió él—. Mi abuelo decía que uno le había quitado la comida casi de las manos.

Una mujer, al otro lado del fuego, recogió el borde de su piel para hacer sitio a quien acababa de cenar. Detrás de ella seguían pasando recipientes. Oru esperó a que el niño le devolviera el carbón que había cogido y completó las patas.

—Habían salido varios y volvían tarde. Mi abuelo llevaba parte de la carne y se quedó atrás para ajustar una tira. Se le estaba clavando en el hombro. Cuando levantó la cabeza vio un jabalí entre los matorrales, un poco más abajo.

Oru añadió un lomo grueso en otro lugar de la tierra. No terminó el animal: se llevó las manos junto a la cabeza para indicar cómo había aparecido.

—¿Más grande que ese? —preguntó Luma, señalando el dibujo.

—Bastante más.

—Entonces no cabe ahí.

—Por eso lo estoy contando.

Daro se rio. Ena le pasó el recipiente y él dejó de reír para evitar que se le derramara lo que quedaba.

—Mi abuelo llamó a los demás —continuó Oru—. No sabía si lo habían oído. Tenía una piedra alta al lado y subió la carne para no dejarla en el suelo. Quería mirar por dónde se iba el jabalí antes de recogerla y seguir.

—¿Y el zorro? —preguntó el niño.

—Déjalo llegar —dijo una voz desde atrás.

—Ya estaba allí —respondió Oru—. Eso decía mi abuelo después. En aquel momento no lo había visto. Miraba los matorrales y oía al jabalí moverse. Cuando se volvió hacia la piedra, el zorro tenía un trozo en la boca.

Luma abrió las manos.

—¡Pues que lo coja!

—El zorro ya lo había cogido.

—Al zorro.

—Ah. Mi abuelo dijo que dio dos pasos. Yo creo que dio más, porque cuando contaba esta parte siempre acababa de pie.

Oru se levantó a medias, estiró un brazo y lo dejó inmóvil. El niño soltó una carcajada antes de que hablara.

—Se le volvió a soltar la tira. Tenía que sujetar la carga con las dos manos. Y el zorro siguió sin esperarlo.

—Eso sí te lo creo —dijo Tala.

Oru se sentó otra vez. Cerca de la entrada, una persona que estaba recogiendo cuencos preguntó qué se había perdido de la historia. La mujer a su lado se lo explicó en voz baja, pero Luma se volvió para añadir que la culpa había sido de la tira.

—Cuando llegaron los otros, mi abuelo les señaló los matorrales. Quería explicar lo del jabalí. Uno le preguntó dónde estaba el resto de la comida. Él seguía señalando y el otro le miraba las manos. No consiguieron entenderse hasta que dejó la carga.

—¿Tú estabas? —preguntó Veritas.

—No. Eso fue antes de que yo naciera. Mi abuelo lo contaba cuando había que atar un fardo. Mi abuela decía que lo contaba para conseguir que se lo ataran.

Ena inclinó la cabeza hacia Daro. Él la vio y levantó el recipiente vacío.

—A mí ya no me queda nada que sujetar.

Ella le puso encima una tira que había recogido del suelo.

—Ahora sí.

Los que estaban cerca se rieron. El niño preguntó si el jabalí había vuelto y Oru negó con la cabeza.

—Mi abuelo no lo vio otra vez. A lo mejor los demás sí. Nunca me lo dijo.

Luma siguió el dibujo de la cola con un dedo, sin tocarlo.

—¿Lo pintas porque robó?

—Lo he dibujado para que vieras por dónde salió. Pero ya has puesto la rodilla encima del camino.

La niña la apartó. Había borrado una pata del zorro. Oru la trazó de nuevo y alargó el recorrido hasta una piedra fuera del círculo de luz.

—Por ahí. Después no sé. Mi abuelo tampoco lo sabía.

—A ti también se te soltó una carga —recordó una mujer mayor. Había terminado de cortar una tira y se la tendió a quien la esperaba—. ¿No quieres contar esa?

Oru dejó el carbón junto a los dibujos.

—La mía pesaba mucho más.

—Ya empezamos —dijo la mujer.

Él se volvió hacia los visitantes.

—Una piel mojada. Yo era pequeño. Nos íbamos de la ladera donde habíamos pasado el frío y mi madre estaba preparando las cosas. A mí me habían dejado vigilar la piel hasta que vinieran a recogerla.

—¿Y la perdiste? —preguntó Luma.

—Todavía no.

La mujer mayor se acomodó para escuchar. Oru le señaló el rollo que tenía junto al pie.

—Estaba enrollada así. Yo quería ayudar a llevarla. La empujé un poco para acercarla al camino y descubrí que podía moverla.

—Hacia abajo —dijo la mujer.

—Hacia abajo —aceptó Oru—. Fue deprisa. Corrí detrás, la piel pasó junto a una mata y yo me quedé enganchado por la espalda en una rama. Caí sentado. Desde allí veía la piel. No podía alcanzarla, pero sabía dónde estaba.

Luma se rio tan fuerte que Daro le apoyó una mano en la rodilla para que no se acercara más al fuego. Oru aguardó a que le dejaran continuar.

—Me desenganchó una de las personas que venía a recogerla. Mi madre llegó después. Le enseñé dónde estaba todo.

—Muy útil —dijo Tala.

—Eso pensé yo. Pero me hizo llevar una parte cuando volvieron a subirla. La que podía. Era poca y, aun así, llegué cansado.

—¿La otra parte la llevó el zorro? —preguntó el niño.

—No apareció. Ya habría cenado.

La mujer mayor se tapó la boca con el borde de la mano. Daro bajó la cabeza para reírse y Ena tuvo que recuperar el recipiente antes de que lo dejara encima de la tira. Cuando se calmaron, Aletheia preguntó a Oru si después habían ido a vivir allí.

—No entonces. Fuimos a otra ladera. Aquí vine cuando ya era mayor.

—Y todavía se te aflojan las cargas —dijo Tala.

Oru recogió el carbón y se lo ofreció al niño, que llevaba un rato mirándolo. Le indicó un espacio donde podía dibujar sin acercarse a las brasas. Luma quiso que repitiera la caída. Él apoyó una mano en el suelo, empezó a inclinarse y se detuvo.

—Si me siento ahí, os toca levantarme.

Los dos niños dijeron que podían. Oru no llegó a comprobarlo. Detrás, otra persona había empezado a contar lo que costó subir una carga durante una mudanza y varios se volvieron para oírla. Aletheia ayudó a apartar unos recipientes para que pudiera sentarse más cerca. Veritas recogió el borde de una cubierta que alguien acababa de pisar.

La conversación continuó hasta que las voces se hicieron más bajas. El zorro quedó medio borrado por los talones de los niños. Daro llevó a Luma dormida hacia la entrada, con Ena caminando a su lado. Oru permaneció un rato escuchando a la mujer mayor y luego se levantó para buscar su sitio de descanso.

Más tarde le tocó a Aletheia vigilar las brasas. Desde la cueva llegaban respiraciones y movimientos de gente que intentaba acomodarse para dormir. Ella se arrebujó en la piel y miró hacia el abrigo remendado. Le pesaban los párpados, pero cualquier cambio en el crepitar la hacía incorporarse. Entre una revisión y otra anotó qué señales la habían hecho mirar.

Veritas se sentó a su lado cuando llegó el momento del relevo. Le pidió la piedra marcada y Aletheia se la entregó. Antes de levantarse le señaló una rama que acababa de añadir y el lugar donde había dejado las secas.

Se detuvo un momento en la entrada de la cueva. El viento seguía soplando alrededor de la loma y en el pelo le quedaba el olor agrio del humo. Detrás, Veritas se había inclinado a mirar las brasas. Aletheia entró despacio para no despertar a quienes ya dormían.

Al alba, Daro buscó a Kael junto al sitio donde revisaba sus herramientas. Llevaba la correa de la tarde anterior, ya reparada, y la enrolló dos veces sin encontrar dónde dejarla. Aletheia y Veritas estaban cerca, recogiendo los recipientes del agua. Ena había venido con una piel que Tala le había pedido sujetar más tarde.

—Hay otra cosa del encuentro al otro lado de la loma —empezó Daro—. Cuando les ayudé con la carga, hablamos de la reunión. Vendrán con más gente. Les dije que saldríamos a encontrarlos y los ayudaríamos con lo que trajeran.

Kael levantó la vista.

—¿Quiénes saldríamos?

—Yo. Y algunos de aquí.

—¿Con quién lo has hablado?

Daro dejó por fin la correa en el suelo.

—Contigo, ahora.

Kael miró hacia los postes. Daro siguió la mirada de su hermano y se cruzó de brazos.

—No me hables como cuando era pequeño —dijo Daro.

—Entonces no me dejes enterarme después. Ayer estaban dos personas sujetando un poste y no podían irse a ninguna parte. Tú has ofrecido unas manos sin preguntar si estarían libres.

—Pensé que aquí estaríais de acuerdo. Ellos también han ayudado a gente que conocemos.

—Puede que queramos ir. Pero tendrán que decirlo quienes vayan.

Ena se sentó sobre la piedra contigua y extendió la piel sin abrirla del todo.

—Daro, tú puedes prometer que volverás. Si yo tengo que ocupar tu turno mientras estás fuera, necesito saberlo. Y si además van otros, alguien hará también su trabajo.

—Falta mucho para que lleguen.

—Por eso podemos hablarlo ahora —respondió ella—. No el día que os estén esperando.

Durante un rato Daro no dijo nada. Cerca de ellos, el hombre que había relevado a una mujer junto a los postes comenzó a cargar piedras en una cesta. Se detuvo al oír que Daro mencionaba el paso donde había conocido al otro grupo.

—Yo voy algunas veces por allí —dijo—. ¿A qué parte te refieres?

Daro se agachó y señaló con la correa la dirección de la loma. Describió el lugar donde habían descansado, una roca partida y el tramo por el que pensaban acercarse. Bora, que venía de mirar el terreno bajo, escuchó la descripción y le preguntó por un desvío. Daro contestó hasta donde había caminado; cuando Bora quiso saber cómo estaba el paso más lejano, tuvo que reconocer que no había llegado a verlo.

Veritas esperó a que acabaran antes de preguntar:

—¿Te dieron las piedras por prometer esa ayuda?

—Me las dieron antes. Después hablamos de volver. Yo dije que sí, que iríamos varios.

—¿Y ellos entendieron que ya estaba acordado?

Daro se rascó la mejilla.

—Es lo que dije. Tendré que aclararlo.

Kael le pidió que repitiera la conversación delante de quienes solían salir por aquella ruta. Dos aceptaron ayudar si sus otras tareas lo permitían; una persona dijo que tendría que quedarse en el asentamiento. La mujer que reparaba la cesta preguntó quién llevaría el agua durante su ausencia. Nadie resolvió todo de una vez. Se habló de cargas, de caminos y de lo que podrían saber cuando faltaran menos noches para el encuentro.

Ena volvió a levantar la piel. Aletheia sujetó el otro borde mientras Tala se acercaba a revisarla. Daro recogió la correa, pero volvió a dejarla sobre la piedra al ayudar a cargar una cesta. Fue con el hombre hasta la casa donde pensaban hablar con las otras personas. Antes de marcharse se volvió hacia Kael.

—Les diré que no podía asegurar lo de todos. Que solo algunos han dicho que sí.

—Y que tendremos que confirmarlo cuando se acerque el día —añadió Kael.

—Eso también.

Luma apareció detrás de Ena arrastrando los pies, todavía medio dormida. Preguntó por Daro y se quejó de que se hubiera levantado sin despertarla. Ena la sentó junto a ella y le dio la correa que su padre había olvidado otra vez sobre la piedra.

8. El frío entra por una costura

Semanas después — Abrigarse para el invierno

En sus siguientes visitas, el Atlas los llevó a momentos posteriores de aquella estación.

Entre una visita y la siguiente disminuyeron las reservas de almendras y semillas. Se rompieron el mango de un percutor y la correa de una cesta; cuando los visitantes regresaron, otra persona ya estaba arreglándolos. Los postes recibieron la carga de las techumbres. La marca de la piedra de Oru empezó a gastarse con los turnos de vigilancia. Al acabar cada jornada quedaba menos luz para trabajar fuera.

En una de aquellas visitas, Ena ya había ensartado las cuatro cuentas que Lorn terminó poco a poco. El collar seguía siendo pequeño. Entre las piezas claras y oscuras, Luma había insistido en conservar la irregular que no rodaba. Ena se había acostumbrado a verla allí, aunque alguna vez la giraba hacia el lado que le parecía más bonito y su hija volvía a colocarla como antes.

No lo llevaba para todos los juegos. Cuando quería correr entre las casas, lo dejaba envuelto junto a las cosas de su madre. Una mañana volvió enfadada porque otro niño no le había permitido cambiar el recorrido de las piedras. Buscó consuelo en Daro, que estaba reparando una unión de madera, y recibió una respuesta que no le gustó.

—Ayer lo cambiaste tú.

—Pero lo puse bien.

Daro hizo sitio para que se sentara a su lado. Luma duró allí hasta que volvió a oír a sus compañeros y salió sin terminar de explicarle por qué esta vez era diferente.

Ena tenía trabajo propio además del collar. Preparaba fibras, arreglaba un borde que llevaba días deshaciéndose y compartía con otras personas el cuidado de los niños. Aletheia empezó a reconocer a la mujer de la cesta incluso cuando estaba haciendo otra cosa: había cogido la costumbre de dejar un hueco junto a ella para Luma, que se sentaba, hablaba y volvía a marcharse sin avisar.

El viento bajaba frío por las lomas y la lluvia dejaba barro entre las piedras. Por la mañana, Aletheia buscaba los lugares donde daba el sol y mantenía las manos bajo los brazos mientras escuchaba. Veritas ajustaba la piel sobre el pecho antes de salir. Habían pasado una noche húmeda bajo una cubierta que no cerraba bien y todavía tenían frío al acercarse al lugar donde trabajaba Tala.

Tala estaba bajo el saliente de la cueva, con una piel raspada sobre las piernas. Había dejado cerca las fibras, tiras de cuero, tendones y herramientas que iba a necesitar. Preparó una de las tiras, comprobó su flexibilidad y la pasó por la unión que quería reparar. Aletheia se sentó a su lado; el olor a cuero y grasa era más intenso allí, al abrigo del viento.

—Ponte esto —dijo, tendiendo a Aletheia dos trozos de piel unidos de manera distinta.

Uno estaba sujeto con correas separadas. El otro, con puntos más próximos. Veritas sostuvo ambos extremos para que el peso no falseara la prueba.

—El segundo cierra mejor —dijo Aletheia.

—Muévete.

Aletheia dobló el brazo. La unión le tiró del hombro.

—También me deja menos espacio.

—Eso quería que notaras.

Aletheia dobló otra vez el brazo. La costura más cerrada tiraba del hombro; la otra le permitía moverse, pero dejaba una abertura por la que notaba el frío. Veritas sostuvo la prenda mientras ella comparaba ambas uniones.

Uno de los niños con quienes jugaba Luma pasó corriendo. Su capa se abrió bajo el brazo. Tala lo llamó con un chasquido de lengua, y el niño frenó y volvió arrastrando los pies, con la cara de quien ya sabe de qué se le acusa. Ella no lo regañó: le levantó el brazo, examinó el desgarro por dentro y por fuera, y señaló la piel enrojecida por el roce.

—Ahí está el problema. Cada vez que levanta el brazo, la abertura crece. Dos soles más y no habrá arreglo: habría que cortar piel nueva. —Miró el montón pequeño que aguardaba junto a la pared—. Quedan tres pieles enteras para todo el frío. Dos niños que crecen y una persona mayor que duerme lejos de la brasa. Echad la cuenta.

Lorn dejó junto a ella una pieza fina de hueso, pulida en un extremo, con un pequeño paso abierto cerca de la punta.

—No tires de lado —dijo Lorn—. La punta es fina y puede partirse.

Lorn comprobó el pequeño agujero y le entregó la pieza a Tala. Ella pasó una tira para ver si corría bien y buscó un retal en el que probar antes de tocar la prenda.

—La tira se me escapa cuando atravieso —dijo Tala—. Con esto puede seguir a la punta. Pero si lo fuerzo, se parte.

Tala empezó en el retal. A la cuarta puntada, la tira quedó demasiado tensa y el borde se arrugó. Intentó aflojarla, pero la aguja cedió con un chasquido. Dejó la piel sobre las rodillas para buscar los dos fragmentos.

—¿Se ha partido? —preguntó Bora desde la entrada.

Había entrado a resguardarse del viento. Se acercó al ver lo que hacían y dejó de enrollar la correa que llevaba entre las manos.

—Sí. Menos mal que era el retal —respondió Tala, aflojando la tira antes de recoger la punta rota.

Lorn recogió los dos fragmentos y los guardó separados de las agujas enteras. Aletheia le señaló una esquirla pequeña que había quedado en la piel; él la añadió al envoltorio.

Tala trazó separaciones con carbón sobre la piel: unos puntos cerca, otros más lejos. Antes de que se lo pidiera, Aletheia había girado la pieza y la sostenía inclinada hacia la luz, con la costura a la altura justa de sus manos. Veritas dejó libre el espacio de trabajo. Tala no dijo nada. Siguió trabajando.

—Si lo cerramos todo, tira aquí —dijo Aletheia.

—Si dejamos demasiado espacio, entra el aire.

—¿Y si cambiamos la dirección de la unión en la zona del brazo?

Tala probó la idea en el retal con otra aguja. Hizo una unión de puntos juntos y dobló la pieza: el cuero se arrugó en una esquina. En la unión más abierta podía pasar un dedo entre los bordes. Después cambió la dirección cerca del brazo, dobló y estiró la piel. La humedeció un poco para volver a comprobarla. Esta vez la unión aguantó sin quedar tan rígida.

—Así dobla mejor —dijo Tala, enseñándoles la unión.

El niño volvió. Tala reparó la abertura con puntadas lentas; Aletheia sostuvo la prenda, Bora acercó la luz y Lorn, atento al crujido, cambió la aguja antes de que el hueso cediera. Veritas contó el tiempo sin interrumpir. Al otro lado del saliente, una mujer que cosía sus propias correas dejó espacio para la prenda que iban a extender.

Cuando terminaron, el niño levantó los brazos. La costura siguió cerrada. Salió corriendo igual que había venido, antes de que Tala pudiera decirle que no rozara otra vez la pared.

—¿Ya está? —preguntó Bora—. ¿Aguantará cuando corra?

—Ya está hasta que vuelva a romperse —dijo Tala—. Entonces miraremos otra vez.

Bora señaló con la barbilla el bulto donde Lorn guardaba las dos mitades de la aguja.

—¿Y esas? ¿Sirven todavía para algo?

—Puedo aprovechar un extremo —dijo Lorn—. El otro quiero mirarlo con mejor luz, a ver por dónde se ha partido.

Bora abrió la boca, la cerró y se puso por fin a enrollar la correa.

Tala tomó la siguiente piel del montón y volvió a coser. Quedaban varias por reparar y la luz empezaba a faltar. Aletheia acercó el retal a la entrada para aprovecharla mejor. Después de un rato le dolían los brazos de sostenerlo; Tala llevaba trabajando allí desde la mañana.

Aletheia abrió en silencio una nota en el Atlas.

—Veritas, anota también quién está reparando las prendas y cuánto tiempo lleva.

—Lo estoy guardando —respondió él—. Falta preguntar quién seguirá mañana.

Aletheia se frotó los tobillos y Veritas flexionó los dedos entumecidos. Habían cargado agua y sostenido muestras durante buena parte de la tarde. Cuando Tala giró la piel, ambos cambiaron de postura para volver a sujetarla.

Las personas que volvían de la loma entraban sacudiéndose el barro. Buscaban un sitio junto al fuego y dejaban secar las prendas húmedas. Desde la entrada llegaba una corriente de aire que hacía temblar el retal entre las manos de Aletheia.

Tala no entendía cómo se abría una nota en el Atlas, pero sí la atención con que los dos visitantes le miraban las manos.

—Si os quedáis un rato más, podéis sujetarme esta. Es más grande que la anterior.

9. El uro de la estepa

Páramo de Çakmaktepe — primera luz

Bora encontró la primera huella junto a un suelo todavía húmedo.

No gritó. Se agachó.

La hierba húmeda mojaba las sandalias. Bora se arrodilló junto a una marca reciente y apartó la mano antes de tocar el borde. Kael y los otros se acercaron por detrás. Bora les pidió con un gesto que se detuvieran para no pisar las señales. Aletheia notó el olor de la tierra removida al inclinarse para mirar.

—Grande —dijo.

La huella era ancha y profunda, con los bordes limpios. Cerca había tallos doblados en una misma dirección y una franja donde la tierra parecía levantada por algo que pesaba más que todos ellos juntos.

—¿Un uro? —preguntó Aletheia.

Bora la miró con desconfianza.

—Puede ser.

—La huella es grande.

—Puede serlo, pero aún no lo hemos visto. Mira también por dónde ha doblado los tallos.

Kael escondió una sonrisa. Había oído a Bora dar por seguro un rastro con mucha menos información; esa mañana estaba esperando.

Siguieron el rastro loma abajo, atentos a los tallos y al viento. Buscaban un uro, un gran toro salvaje que podía dar mucha carne al grupo. Kael no quería acercarse sin conocer antes el terreno. Bora avanzaba despacio y se detenía cada vez que las marcas quedaban ocultas por la hierba.

Bora cogió un pellizco de polvo fino y lo soltó a la altura del hombro. El aire lo llevó hacia la hondonada.

—Nuestro olor va delante —dijo.

—Si el animal está allí, puede saber que venimos —dijo Aletheia.

—Por eso prefiero rodearla —dijo Bora, mirando hacia la loma.

Kael comprobó el paso que proponía y repartió las posiciones.

—Aletheia, con Bora. Veritas, la loma con ellos dos. Nadie ataca.

Primero había que comprobar la dirección del animal, el terreno y una salida segura; después, solo después, se decidiría lo demás. Aletheia siguió a Bora por una ruta lateral, entre matas que olían a resina y a polvo, mientras Veritas subía con las otras dos personas para conservar una vista amplia. Aletheia acompasó la respiración a los pasos de Bora. No quería que el ruido de su propia marcha le impidiera oír al animal.

—Te tiemblan las manos —dijo ella.

—Ya lo sé.

—¿Quieres volver?

Bora cerró los dedos alrededor del asta de su herramienta, sin levantarla.

—Quiero ver una señal más.

Bora mantenía la vista fija en la hondonada y no había mirado todavía el paso que quedaba a su izquierda.

Aletheia señaló el suelo a su izquierda.

—¿Y esas piedras?

Había un paso estrecho entre dos bloques de caliza. Si el animal salía hacia allí, el grupo no tendría espacio para apartarse.

Bora respiró hondo.

—Mala salida.

Rodearon la zona y encontraron ramas recién rotas a bastante altura. Llegaba un olor fuerte de animal. Bora se detuvo y Aletheia hizo lo mismo. Por unos momentos solo oyeron el roce de las matas. En la loma, Veritas levantó una mano para indicar que había visto moverse los tallos.

Después oyeron un golpe seco.

El uro apareció entre los tallos.

Su lomo oscuro se elevaba como una pared. Movió la cabeza. Los cuernos dibujaron una curva ancha. No estaba atrapado ni herido. Había notado algo.

Bora quedó inmóvil.

Kael levantó el brazo desde la otra ruta: retirada.

Una de las dos personas que habían subido con Veritas avanzó medio paso, quizá por hambre, quizá porque ya habían invertido demasiado esfuerzo para aceptar una vuelta sin presa.

El animal golpeó el suelo. Aletheia sintió el golpe subirle por las plantas de los pies.

—¡Atrás! —dijo Bora.

No esperó a que Kael repitiera la señal. Mostró el paso seguro que habían visto y fue dejando espacio entre cada persona. Aletheia mantuvo a Bora dentro de la ruta; Veritas hizo bajar a los dos de la loma sin cruzarlos con quienes se retiraban. Nadie corrió en línea ciega. Nadie lanzó un arma.

El uro no los siguió.

Cuando alcanzaron terreno abierto, Bora se sentó sobre una piedra plana. Sus manos seguían temblando.

—Hemos vuelto sin comida —dijo.

Kael se agachó frente a él.

—Hemos vuelto todos.

—Pero dudé.

—Y has avisado de la retirada cuando hacía falta —dijo Kael—. No teníamos espacio para acercarnos más.

Al reunirse de nuevo, algunos hablaban de lo cerca que había estado el animal y otros miraban sus zurrones vacíos. La persona que había adelantado medio paso se quedó apartada mientras Kael comprobaba que estaban todos. Aletheia sintió alivio al verlos a salvo. Después pensó en la comida que no llevarían al campamento.

—¿Cómo sabremos si habría sido posible? —preguntó Bora.

Kael miró hacia las huellas que habían dejado atrás.

—No podemos volver a probarlo solo para salir de dudas. Hoy no me ha parecido que pudiéramos acercarnos con seguridad.

En el camino de vuelta cruzaron dos lomas bajo el sol. A una persona se le soltó la correa de la sandalia y tuvieron que parar para atarla. Durante el último tramo hablaron poco. El polvo les cubría las piernas y Aletheia bebió el último trago de agua que le quedaba. Veritas aflojó la marcha para acompañar a quien aún caminaba con dificultad.

Llegaron a la cueva avanzada la tarde. Todavía había que traer agua, preparar leña y atender el fuego. Alguien estaba moliendo grano junto a la entrada. Lorn pidió a Bora su herramienta, revisó las ataduras y apretó una que se había aflojado. Se la devolvió sin preguntarle por el uro. Bora la sostuvo un instante antes de sentarse.

Daro había regresado por otro camino antes que ellos. Dejó el agua que traía y escuchó el relato de la retirada sin decir cómo habría actuado él. Cuando Bora terminó, le pidió ayuda para revisar una marca del sendero que no había sabido interpretar. Bora se agachó a mirar el dibujo torpe que Daro hacía en el polvo y le explicó qué otras señales tendría que haber buscado.

Ena repartía el trabajo del atardecer con Tala y la mujer de la cesta. Luma quiso quedarse mirando las lanzas; Daro la llamó para que sostuviera una tira mientras cerraba un envoltorio. La niña lo hizo mal una vez, bien la segunda y la tercera lo dejó caer porque alguien la llamaba desde las casas. Él recogió la tira y la terminó solo.

Al anochecer, Tala entró en la zona de reservas. Movió los fardos, contó las porciones de carne y comprobó las cestas de grano. Cuando salió, pidió que se acercaran quienes habían regresado de las distintas rutas.

—Queda carne seca para unos seis días si seguimos repartiéndola igual —dijo—. De grano y almendra, algo menos de dos lunas. Necesitaremos encontrar más antes de que el frío nos impida salir tanto.

Varias personas preguntaron cuánto quedaba en cada fardo. Tala les enseñó los que había contado. Sira dijo que revisaría otras zonas de plantas a la mañana siguiente.

Comieron junto al fuego. Aletheia recibió su ración y se sentó con Veritas, que miraba las cestas mientras escuchaba a Tala. Oru hizo pasar la piedra marcada hasta la persona que ocuparía el siguiente turno de vigilancia. Al otro lado de las brasas, quien había avanzado ante el uro comía con la cabeza baja. Después de terminar, recogió su recipiente y se apartó del corro.

Aletheia miró hacia los cráneos colocados junto al espacio excavado. Reconoció la forma de unos cuernos que le recordaron al animal de aquella mañana. Quiso preguntar por qué estaban allí, pero Tala la llamó para ayudar con una cesta. Veritas siguió su mirada antes de acercarse a ella.

Las manos de Bora todavía temblaban cuando cogió su parte; Aletheia fue quien más se esforzó por fingir que no lo veía. Desde la estepa a oscuras, el aire trajo un momento el olor a tierra removida.

Interludio I — La primera grieta

Arca — regreso desde las primeras ventanas

Aletheia y Veritas regresaron a Arca con barro en las sandalias y olor a humo en el cabello. Se detuvieron un momento al salir de la ventana. Él abrió y cerró las manos, todavía entumecidas; ella se sentó para quitarse una piedrecilla que llevaba bajo el pie desde la marcha.

Los dos se detuvieron ante tres imágenes: las piedras junto al fuego, la costura reparada y la huella del uro.

—Has ayudado a conservar el fuego, a reparar una costura y a decidir una retirada —dijo Veritas.

—Lorn, Tala, Kael y Bora nos indicaron qué hacer —respondió Aletheia—. Hay que dejarlo claro en el registro.

—Y nuestra presencia ha cambiado la atención del grupo.

Aletheia miró el Atlas.

—La ventana sigue estable.

—Nuestra participación ya estaba en ella. La regla se mantiene.

El Atlas terminó de ordenar los registros. Las imágenes quedaron quietas mientras Veritas revisaba la última entrada. Entonces apareció una palabra que ninguno había escrito.

Sobre la imagen de Bora apareció una palabra: COBARDÍA.

Después, sobre Kael: DOMINIO.

Y sobre Tala: TAREA MENOR.

Las etiquetas tenían el mismo aspecto que las notas del Atlas.

—No ha dejado en blanco el campo de duda —dijo Veritas—. Lo ha suprimido.

Aletheia se acercó a la imagen de Bora. Había estado junto a él durante la retirada y reconocía la postura de sus manos. Miró a Veritas y le pidió que comprobara de dónde procedía la etiqueta.

—Algo está eligiendo palabras que borran lo importante.

—¿Qué borran aquí? —preguntó Veritas.

Ella respiró antes de responder.

—Bora avisó cuando había que retirarse. Kael pidió ayuda a los demás. Y sin las prendas que reparó Tala habríamos pasado más frío. Esas etiquetas dejan fuera lo que acabamos de ver.

Veritas comparó las etiquetas con los registros originales. Para restaurarlos tuvo que recuperar una copia que no llegaba hasta el final del día. El proceso consumió siete minutos del tiempo reservado a la próxima ventana. Además, tendrían que reconstruir el reparto de la última comida a partir de las notas de ambos. Aletheia abrió las suyas para comprobar qué había conservado.

Las etiquetas falsas se rompieron en pequeñas líneas oscuras.

—Llamémosla Interferencia hasta que sepamos de dónde viene —dijo Aletheia—. Las imágenes siguen ahí. Lo que ha cambiado es la explicación que les ha puesto.

El Atlas abrió tres campos:

COMPROBADO. POSIBLE. RECONSTRUIDO.

Aletheia y Veritas colocaron cada conclusión donde correspondía. Cuando la imagen de Bora quedó limpia, Aletheia se detuvo en ella un instante más de lo que la tarea pedía —las manos, el asta sin levantar— y luego bajó la vista. Veritas revisó por segunda vez un registro que ya estaba ordenado.

Una nueva ventana empezó a formarse. En ella, una mujer estaba en cuclillas entre hierbas altas y secas. Frotaba una espiga entre los dedos, despacio, con un giro corto de la muñeca, y varias semillas caían sobre una piel extendida; apartaba las que quedaban prendidas entre sus dedos. Era Sira.

—La retirada ha dejado menos comida —dijo Aletheia—. Tala cuenta seis soles de carne seca y menos de dos lunas del resto.

—Sira conoce otras zonas —dijo Veritas—. Veremos cuáles puede aprovechar ahora.

Aletheia siguió mirando las semillas sobre la piel.

—¿Todavía no sabemos quién ha escrito esas palabras?

—No —respondió Veritas—. Pero ya sabemos qué intenta hacer.

10. Lo que se recoge y lo que se deja

Recoger alimento para los días siguientes

Sira no empezó por pedir ayuda. Empezó por ofrecer una almendra.

Sira esperaba en la ladera baja con una cesta apoyada en la cadera. Guardaba dos cáscaras en una mano y hacía girar una hoja entre los dedos de la otra. Aletheia aceptó la almendra que le ofrecía y la comió mientras Sira buscaba la muestra siguiente. Veritas se acercó para ver las dos cáscaras juntas.

—Mira —dijo Sira y le tendió la primera cáscara.

Aletheia la giró entre los dedos. Era rugosa, y tibia por el lado que había mirado al sol. Veritas no la tocó: observó cómo la giraba ella.

—Es pequeña.

—Esta es de las pequeñas que encontramos. Mira ahora la otra.

La segunda cáscara tenía una abertura y una marca oscura junto al borde.

—Está abierta —dijo Aletheia—. ¿Se ha estropeado?

—No sabemos cuándo se abrió. Mira también esa parte oscura.

Sira echó a andar por una senda entre las gramíneas. Más arriba crecían pistachos silvestres y almendros dispersos. Los visitantes procuraban seguir sus pasos para no pisar lo que aún podía recogerse. Ella se detenía ante algunas plantas y explicaba en qué momento solía encontrar alimento allí. Al llegar a un arbusto, frotó una hoja y se la acercó para que percibieran el olor.

El olor era verde y amargo, y se quedaba en los dedos.

—¿Para qué frotas esa hoja? —preguntó Aletheia.

—El olor me ayuda a distinguirla de otra muy parecida. Pero reconocer el olor no basta para saber si se puede comer.

—¿Y si huele bien?

Sira se detuvo. Miró la hoja, y luego a la visitante, con la cabeza un poco ladeada.

—Entonces huele bien.

Aletheia se rio y Veritas sonrió al mirarla. Sira reanudó la marcha con la cesta pegada a la cadera.

Llegaron a una hondonada abierta al sur donde el grupo solía recoger grano silvestre. Sira se detuvo antes de bajar. Había muchas menos espigas en pie que la última vez que había pasado por allí.

Algunos tallos habían soltado la semilla; otros estaban doblados o comidos. Sira recorrió el lugar y se agachó varias veces para mirar el suelo. Levantó un tallo partido, buscó marcas alrededor y después lo dejó donde estaba. Los visitantes esperaron a que terminara.

—Aquí tomábamos bastante —dijo al fin.

—¿Qué ha cambiado? —preguntó Veritas.

—No lo sé.

Sira revisó la humedad, los tallos rotos y las marcas de paso. Quizá hubieran llegado más animales o hubiera recogido más gente. Tampoco podía asegurar que recordara bien cuánto quedaba en su visita anterior. Dio otra vuelta por el borde antes de volver a las cestas.

Tala llegó con dos cestas casi vacías. Las dejó junto a Sira y le enseñó lo que habían reunido en el otro lado de la loma.

—Después del uro necesitamos más —dijo—. Aquella carne era media luna de comida para todos. Esto —levantó una cesta con una sola mano, sin esfuerzo alguno— no llega ni a un sol.

Aletheia miró el escaso contenido. Veritas comparó aquella cantidad con la que Tala había descrito la noche anterior y cerró la nota sin añadir una previsión.

Tala esperaba que Sira indicara otro lugar. Sira miró las pocas espigas que seguían en pie y tardó en responder. Aletheia y Veritas se quedaron a un lado para dejarles hablar.

—Si tomamos todas las que vemos, hoy llevaremos algo —dijo Sira—. Después no quedará nada aquí: ni para caer, ni para otros seres.

—Lo sé. Pero tampoco tenemos mucho para cenar —respondió Tala, señalando las cestas.

Entonces Sira pidió ayuda.

—Aletheia, recorre el borde bajo. Veritas, cuenta la zona habitual. No recojáis: una piedra clara por cada zona con espigas de sobra; una oscura por cada zona pobre. Bora irá al terreno alto. Yo miraré junto a los arbustos.

—¿Y donde quedan pocas en pie, pero hay muchas comidas por animales? —preguntó Bora.

—La oscura. Si dudas, la oscura.

Aletheia recorrió el borde bajo y guardó piedras claras u oscuras según la abundancia de cada zona. El recuento era aproximado, pero permitiría compararlas cuando se reunieran. Veritas hizo lo mismo en el terreno habitual. Al principio intentó contar espigas una a una; después recordó que Sira les había pedido distinguir zonas y cambió el modo de hacerlo. Las rodillas les dolían al terminar. Dejaron las cestas a la sombra antes de revisar lo que habían encontrado.

Al volver, extendieron las piedras sobre una piel.

La zona habitual que había contado Veritas era pobre. El borde bajo ofrecía algo más. Cerca de los pistachos había señales de animales y varios frutos aprovechables que Sira reconocía uno a uno antes de dar permiso. La ruta alta de Bora era la más larga y la más costosa, pero conservaba espigas en pie.

Tala contó las piedras oscuras con el dedo, una por una, moviendo los labios. Después contó las claras. Tardó menos.

—No alcanzará con la zona baja —dijo Tala.

—No —respondió Sira—. Hoy recogeremos allí; mañana necesitaremos subir.

Dividieron el trabajo sin discursos. Recogerían una parte de las zonas más abundantes, dejarían otras en pie, y la búsqueda por el terreno alto quedaba para mañana, con el primer sol, sin gastar hoy al grupo entero en el trayecto más largo. Aletheia y Veritas ayudaron a separar las muestras que Sira iba confirmando. No probaron ninguna planta desconocida. Una persona que había terminado su recorrido se quedó con ellos para llevar otra cesta.

Fue entonces, con las manos ya en el segundo montón, cuando una semilla se le escapó a Aletheia de entre los dedos.

La semilla rodó por el retal, rebotó contra una piedra del recuento y cayó en una grieta del suelo. Sira dejó de separar el grano y se inclinó para buscarla.

La encontró entre dos piedras, en una franja de tierra que conservaba humedad.

—A veces vuelven plantas donde caen muchas —dijo.

—¿Las colocáis allí para que crezcan? —preguntó Aletheia.

—Aquí las recogemos donde aparecen. He visto brotes después de que cayeran semillas, pero no sé cuántas vuelven a salir ni por qué unas sí y otras no.

Sira apartó dos piedras para mirar el hueco y volvió a dejarlas como estaban. Aquella observación no le decía todavía cómo conseguir alimento allí cuando lo necesitara. Tenía por delante una cesta a medio llenar, y siguió separando grano mientras los visitantes guardaban su pregunta.

Veritas anotó el lugar y la observación de Sira para compararlos si volvían.

—¿Te parece que volvamos a mirar este sitio otro día? —preguntó Aletheia.

Sira arqueó una ceja.

—Puedes venir —dijo Sira—. Me ayudarás a recordar dónde cayó.

—Lo guardaré.

Aletheia miró otra vez la grieta antes de continuar con el grano.

Recogieron hasta que las sombras de los almendros se alargaron. Las cestas estaban medio llenas. Tala calculó cuánto podrían repartir esa noche y preguntó quién acompañaría a Bora al terreno alto al día siguiente.

Antes de bajar, Sira miró hacia las nubes que empezaban a aparecer por encima de la loma.

—Nos vendrían bien otros dos días secos —dijo.

Aletheia y Veritas levantaron las cestas y bajaron tras ella. Sira se detuvo una vez para comprobar que no quedaba ningún envoltorio entre las plantas.

11. Los colores de Oru

Una superficie que no guarda el polvo

Oru tenía las manos de tres colores.

Tenía tierra roja en los pliegues de la mano izquierda y carbón en las puntas de la derecha. Sobre una uña quedaba polvo pálido. Estaba sentado sobre los talones frente a una piedra plana con tres montoncitos de color. Al acercarse, los visitantes oyeron el roce de la moledera. Oru levantó la cabeza y les indicó dónde podían sentarse.

Cuando Aletheia y Veritas llegaron, Oru no dijo qué estaba haciendo. Colocó tres muestras sobre piedras planas y las llevó del sol a la sombra, y de la sombra al sol, con los visitantes detrás. A la sombra, el rojo parecía más oscuro. El negro perdía el detalle. La piedra clara casi desaparecía a mediodía y destacaba al caer la tarde.

—¿Cuál es mejor? —preguntó Aletheia.

—¿Para qué?

Oru quería marcar una pieza pequeña y móvil, de las que el grupo guardaba con cuidado y sacaba cuando se reunía. Pasaban de mano en mano a la luz de las antorchas y volvían después a su sitio, junto a la roca. Necesitaba que la marca se viera a cierta distancia y que no se fuera entera con el primer roce. Ya había trabajado con aquellos colores; lo difícil era conseguir que permanecieran sobre la superficie que había elegido.

Aplicó polvo rojo en seco sobre una piel preparada.

Sopló.

Una nube ligera se desprendió y se la llevó el aire del páramo.

—¿Quedará algo cuando se moje? —preguntó Bora.

—Una parte —respondió Oru—. Mira lo que queda en las grietas.

Humedeció otra muestra con agua. Pudo extenderla mejor, pero al secarse volvió a soltar polvo cuando pasó los dedos por encima. La tercera mezcla llevaba un poco de grasa y se agarró mejor a la piel, aunque el tono resultó más oscuro. Oru dejó las muestras separadas y esperó para comprobarlas otra vez.

Tala se acercó cuando vio la grasa.

—Necesitamos el resto de esa grasa para las pieles —dijo Tala—. Puedes tomar media cáscara para probar.

Oru asintió sin discutir y apartó su medida exacta, ni un dedo más. Lorn aportó espátulas de hueso y madera, eligiéndolas del zurrón por el tacto, sin mirarlas.

—Con este hueso puedo extender una tira estrecha —dijo Lorn, mostrándole el extremo.

Probaron la misma cantidad sobre tres superficies que Aletheia y Veritas trajeron de donde Oru les indicó: una piedra lisa, otra rugosa y un retal de piel. El color entró en los huecos de la rugosa y resistió mejor el roce. En la lisa podía extenderse mejor, pero se levantaba con más facilidad. La piel doblaba sin partir la marca, aunque absorbía el color de forma desigual y quedaban manchas.

—En esa piedra parece que aguanta mejor —dijo Bora.

Oru pasó un paño por encima. Una parte del pigmento cayó sobre sus rodillas.

—Algo se suelta. Habrá que volver a mirarla cuando la hayan tocado varias manos.

Aletheia llevó una muestra hacia la entrada del abrigo y la miró desde lejos, entornando los ojos. El rojo seguía viéndose. El negro daba un contorno más limpio. Veritas comparó los colores en ambas luces. Oru apartó las muestras y escogió la pieza de piedra que quería llevar a la reunión. Empezó con un contorno negro y añadió rojo en el interior, dejando algunas partes sin cubrir.

Veritas guardaba el tono de la tercera mezcla bajo aquella luz. Estaba arrodillado a dos pasos de Oru y tenía la muestra delante. Al levantar la vista hacia el registro vio que había aparecido una línea nueva. No recordaba haber abierto ese campo.

Encima de la figura aún incompleta se leía:

SÍMBOLO DE MUERTE.

El campo de duda había desaparecido otra vez. Aletheia reconoció la forma en que la Interferencia había alterado las primeras imágenes.

Aletheia dejó la muestra para aislar la nueva entrada. Veritas aseguró los datos que habían guardado, pero el registro del color quedó interrumpido. Cuando consiguieron retirar la etiqueta, la luz del abrigo había cambiado. Tendrían que repetir la observación en condiciones parecidas. Veritas dejó constancia de lo perdido y comprobó el resto de las notas.

Oru cambió de espátula y continuó repasando el contorno. Al no oír más preguntas, levantó un momento la vista hacia los visitantes.

Cuando terminó, no explicó qué significaba la figura. La sostuvo a la distancia del brazo, le dio la vuelta y se la tendió a Aletheia.

—Me recuerda a un animal andando —dijo Aletheia—. ¿Querías que se viera así?

—Sobre todo las patas. Esta me salió demasiado corta y tuve que alargarla.

—¿Es una señal para una reunión?

—La llevaré. Quiero verla con las antorchas encendidas.

—¿Y qué cuentas cuando la enseñas?

Oru sostuvo la pieza entre ambos.

—Depende de quién esté escuchando. A veces me piden una historia; otras se la pasan sin decir nada. Luma querrá saber si el animal corre o cojea.

Veritas añadió una nota privada al registro del Atlas: No atribuir un significado único.

Oru recogió sus espátulas una a una, y solo entonces miró la mano de Aletheia, que seguía medio cerrada. Después miró a Veritas, que comprobaba el registro a su lado.

—¿Os ocurre algo? Lleváis un rato guardando algo que no veo.

—Algo quería decidir el significado sin haberte escuchado —dijo Aletheia—. Antes incluso de que la forma existiera. Impedirlo nos ha costado una parte de lo que habíamos guardado de tu trabajo.

Oru contempló su propia figura.

—Pues habéis hecho bien en preguntarme —dijo Oru—. Todavía estoy cambiando esa pata.

Antes de guardar la pieza, Aletheia la miró a la luz del atardecer y después cerca de las brasas. Desde lejos distinguía el contorno negro, pero algunos detalles del interior desaparecían. Veritas registró ambas condiciones. Oru esperó a que terminaran y eligió un sitio donde la pieza pudiera secarse sin que nadie la rozara al pasar.

Luma se acercó con uno de los niños que había escuchado la historia de la piel mojada. Los dos miraron la figura antes de acercarse más.

—Ese es el que se cae —dijo él.

—Ese era Oru —lo corrigió Luma.

Oru siguió limpiando la espátula, fingiendo que no los oía. Cuando Luma se volvió para llamarlo, encontró una mancha negra en el dedo con el que había señalado el contorno. Él le mostró el pequeño hueco que había dejado en la figura.

—Ahora tendré que arreglar esa pata.

La niña guardó las manos detrás de la espalda. Ena, que había visto lo sucedido, no respondió por ella. Luma murmuró una disculpa y pidió mirar desde más cerca sin tocar. Oru inclinó la pieza hacia la luz para que ambos niños pudieran verla.

12. Cuando falta la comida

Una reserva dañada

El olor hizo detenerse a Sira antes de tocar la cesta.

La cesta estaba en el recodo protegido de la cueva, sobre una laja y con una piedra plana encima. Las otras reservas se alineaban a ambos lados. Sira conocía el olor habitual de aquel lugar: grano seco, cuero y polvo. Aquella mañana percibió también humedad y un olor dulzón que la hizo detenerse antes de levantar la tapa.

Sira levantó la tapa un través de dedo, ladeó la cabeza y la volvió a dejar en su sitio. Por fuera, la cesta parecía entera. Por dentro, una parte del contenido se había humedecido y oscurecido.

—No la abras más —dijo a Bora—. Primero aparta las otras.

Bora ya tenía las manos extendidas hacia la cesta. Las cerró en el aire.

—¿Has visto alguna otra así? —preguntó Bora.

—Eso vamos a averiguar. Sin estropearlo por el camino.

La noticia llegó a la explanada mientras otros seguían trabajando. Después de la retirada ante el uro y de volver con las cestas medio llenas, nadie esperaba perder también alimento guardado. Tala dejó una prenda a medio reparar y se acercó a las reservas. Empezó por contar las cestas que ya habían revisado.

Aletheia reconoció la cesta de la que habían comido la víspera. Miró a Sira esperando que le indicara qué podía mover. Veritas, a su lado, dejó de calcular cuánto podía perderse: aún no sabían qué estaba dañado.

Sira llamó a quienes estaban en la entrada y les indicó qué necesitaba mover primero.

—Aletheia, lleva las cestas intactas junto a Tala. Veritas, conserva juntas cada cesta, su laja y su marca. No mezcléis nada. Oru señalará de dónde salió cada una.

Una persona propuso vaciar todas las cestas para ver el daño de una vez. Sira le pidió que esperara: quería conservar juntas las muestras de cada lugar. Oru marcó las piedras que acompañaban a las cestas. Aletheia las transportaba y Veritas comprobaba que llegaran con la marca correspondiente. Tuvieron que detenerse varias veces para hacer sitio y evitar que una reserva húmeda rozara las demás.

—¿Comeremos esto? —preguntó Bora, señalando una parte dudosa—. ¿O lo damos ya por perdido?

—De momento lo apartamos —dijo Sira—. No puedo asegurar que esté bien.

Aletheia llevó una muestra al lugar de observación, junto a la entrada, donde la luz era franca. Veritas dejó a su lado la piedra que conservaba su procedencia. Sira comparó olor, aspecto y origen con reservas conocidas: olía dos veces, tocaba con el dorso del dedo, apartaba. Lo que no pudo confirmar quedó en el suelo, con su marca, lejos de todo lo demás.

—¿Cuánto? —preguntó Tala desde la entrada.

—Una cesta perdida. Dos a medias —dijo Sira—. El resto, seco.

—La parte oscura empieza en la base —dijo Aletheia—. ¿Puede haber entrado humedad desde la laja?

Sira levantó un lado de la cesta y examinó la piedra que había quedado debajo. Luego señaló el borde que Aletheia acababa de mostrarle.

—Bien mirado.

Aletheia sonrió antes de volver a colocar la muestra en su sitio.

Tala reunió al grupo cuando el sol ya caía. El fuego estaba bajo, ahorrado; el humo agrio iba y venía con el aire del páramo, y la gente se sentó más junta que otras noches, no por frío. Luma se apoyó en Ena y preguntó en voz baja cuándo iban a cenar. Otro niño tiraba de una correa para entretener al más pequeño de los que se habían sentado cerca. Aletheia y Veritas ocuparon un sitio en el borde y esperaron como los demás.

—Si repartimos raciones enteras, lo que sigue seco puede durar una luna y media —dijo Tala—. Si hace frío antes y salimos menos, necesitaremos más de lo que tenemos. Podemos guardar una parte mayor esta noche, pero mañana saldréis con hambre. Hay que decidir cuánto lleva cada grupo.

Una persona propuso que quienes habían salido tras el uro recibieran primero. Otra recordó a quienes habían molido y vigilado la brasa durante su ausencia. Una tercera quería proteger la ración de los niños. Una de las personas mayores ofreció su parte, porque ya había pasado hambres más largas que aquella.

—Tú también necesitas comer —dijo Tala a la persona mayor—. Has pasado la mañana moliendo y mañana volverá a hacer falta.

Desde atrás habló la persona que había avanzado hacia el uro. Tenía el recipiente entre las rodillas y no había intervenido hasta entonces.

—La ración entera debería ir a quienes salgan mañana —dijo—. Si vuelven sin fuerzas, no traerán nada para los demás.

Varias personas se volvieron hacia quien había hablado. Tala dejó que terminara antes de responder.

—Los niños también necesitan comer, y quienes no caminan lejos llevan todo el día moliendo y vigilando la brasa —dijo Tala—. No voy a dejarlos sin comida. Busquemos cuánto puede llevarse cada grupo.

Nadie reprochó nada a la voz del fondo. Dos personas comenzaron a calcular qué llevarían los que salieran; una tercera se acercó a Tala para discutirlo con ella.

—Si salimos por dos rutas, tendremos que repartir también las cargas —dijo Bora.

Tala preguntó cuántas personas saldrían y cuánto tiempo pensaban estar fuera. Compararon las porciones que podían llevar con lo que quedaría en el asentamiento. Cada propuesta obligaba a revisar la anterior.

Sira extendió las piedras del recuento sobre una piel y añadió marcas para las reservas que seguían intactas. Las señaló por turnos mientras explicaba qué representaba cada una. La gente se acercó para verlas mejor. Una mujer le pidió que repitiera cuáles correspondían a las cestas perdidas.

—No son granos —dijo Oru, tocando una.

—Nos ayudan a recordar cuántas cestas hemos revisado —respondió Sira—. Esta es la que estaba junto a la grieta.

Decidieron usar una parte confirmada, guardar otra y enviar dos grupos pequeños por rutas distintas al amanecer. Quienes tenían menos movilidad trabajarían cerca del asentamiento, en las tareas que hacían posible la salida. La ración no sería idéntica para todos, pero nadie quedaría fuera de la decisión. Aletheia y Veritas aceptaron el reparto sin convertir su presencia en dos votos de más.

Daro preguntó cuánto quedaría para las personas que estaban por llegar al encuentro. Era una de las condiciones que había olvidado discutir cuando prometió la ayuda.

—Si viene más carga de la que podemos traer, ¿qué haremos? —dijo.

Quienes habían aceptado salir con él se acercaron a las cestas. Ena escuchaba con Luma recostada sobre sus piernas. Hablaron de volver a encontrarse antes del día acordado para comprobarlo. Una mujer que solía pasar por aquella loma se ofreció a llevar una primera explicación si coincidía con el otro grupo. Daro repitió lo que necesitaba que entendieran, y ella le hizo corregir dos frases que seguían sonando a promesa segura.

Cuando terminaron, Luma ya se había dormido. Ena se apartó con cuidado y dejó que Daro la recogiera. Después pudo llevar los recipientes vacíos con la mujer que había cenado junto a ella.

—Dos rutas —dijo Kael—. Bora, conmigo. Tala, la cuenta de lo que entre.

La persona de la mirada baja no volvió a hablar. Comió, cuando le tocó, igual que la otra vez: deprisa y mirando el suelo.

Antes de que terminara la luz, Aletheia pidió ayuda para despejar el suelo de las reservas. Veritas trasladó los recipientes con sus marcas. Ella recorrió la roca que habían dejado al descubierto y encontró una franja húmeda bajo una grieta alta. La señaló para que Sira pudiera examinarla a la mañana siguiente.

Lorn revisaba los recipientes uno a uno, comprobando las bases y las uniones. Señaló una cesta tejida.

—Para llevar piedras sirve. Con agua ya habéis visto lo que pasa.

Después señaló un recipiente pequeño de piedra.

—Este sí guarda el agua. Ahora prueba a subir diez por la loma.

Aletheia levantó el recipiente con las dos manos. —Con uno tengo bastante.

—Todavía no has visto cuánto puede fallar el barro —respondió Lorn.

Sira fue la última en salir. Revisó la cubierta de una cesta intacta, asentó la piedra con ambas manos y comprobó que no hubiera quedado junto al suelo húmedo.

—Mañana volveré a mirar el suelo de las reservas —dijo Sira—. Si sigue entrando agua, habrá que moverlas otra vez.

Al alba saldrían los dos grupos. Aletheia y Veritas se sentaron cerca del fuego con quienes se quedarían en el asentamiento. Todavía tenían hambre, y hablar de las tareas de la mañana no consiguió distraerlos del todo.

Interludio II — Lo que no deja monumento

Arca — regreso desde Çakmaktepe

En Arca, Aletheia y Veritas reunieron los registros de las últimas visitas. Habían quedado anotados el fuego, las costuras, la retirada ante el uro, las plantas, los pigmentos y las reservas. Entre esas tareas aparecían también las conversaciones de Ena y Daro, los juegos de Luma y las personas que entraban a ayudar durante un rato antes de volver a lo suyo. Al poner las notas en orden tuvieron que detenerse en varias escenas que apenas habían descrito.

Las piedras y algunas marcas podían conservarse durante milenios. De los relevos, las discusiones y las horas de espera, en cambio, quizá no quedara ningún resto reconocible. Una cesta desaparecida podía haber ocupado a varias personas durante días.

—Si solo guardamos la piedra, perderemos la mayor parte de la vida —dijo Aletheia.

—Y es más fácil medirla que averiguar quién hizo esas tareas —respondió Veritas.

La Interferencia modificó el registro mientras buscaban esas escenas. No apareció una imagen intrusa: cambió el tamaño de algunos campos y desplazó las tareas cotidianas hacia una sección que casi no se veía.

Sobre las estructuras excavadas apareció PROGRESO. Sobre la pared de los cuidados, RUTINA SIN IMPORTANCIA. Sin grado de duda. Sin firma.

Aletheia amplió el apartado oculto. Allí estaban las horas de molienda, las reparaciones y las personas que se habían quedado con los niños mientras los demás salían.

—Una gran obra demuestra coordinación y trabajo —dijo—. No demuestra que fuera la única actividad valiosa.

—Quiero que aparezcan también quienes les llevaban la comida —añadió Aletheia.

El Atlas les recordó que las escenas eran reconstrucciones. Podían ayudar a imaginar ese trabajo, pero no recuperaban las palabras reales de personas que habían vivido miles de años antes.

—¿Qué podemos comprobar? —preguntó Veritas.

—Para levantar los postes hicieron falta materiales y gente —dijo Aletheia—. También alguien que trajera comida mientras duraba el trabajo. Eso apenas lo hemos anotado.

—¿Qué voz falta?

—Quienes no pudimos escuchar. La mujer que releva a Tala, los niños que juegan con Luma, las personas que volvían de otras rutas. Daro habló con algunas; otras estaban fuera cuando llegamos.

La Interferencia retrocedió, pero no desapareció. Dejó, como en el registro de Oru, una fina grieta oscura entre las fechas del Atlas.

Después, por rutina, Veritas contrastó el borrado con los registros antiguos. Lo hacía siempre; era la parte del trabajo que no se cuenta. Y en una anotación menor de la misión del fuego encontró esto: «Primer turno de brasa: Oru, con la piedra marcada».

Veritas recordaba haber escrito otro nombre: Aletheia. Recordaba también haber recibido de ella la piedra cuando empezó el turno siguiente.

En las copias disponibles figuraba el mismo nombre: Oru. Aletheia también recordaba haber ocupado el primer turno, pero no tenían una anotación anterior con la que comprobarlo. Volvieron a mirar la hora del relevo. Esa parte del registro seguía siendo la misma.

La discrepancia cambiaba quién había vigilado aquellas brasas. Veritas buscó otra referencia entre las notas de la cena. No la encontró.

Añadió a la entrada lo que ambos recordaban, sin borrar el dato que no podían explicar. Aletheia dejó visible la contradicción para volver sobre ella.

Veritas anotó: «El registro y nuestros recuerdos no coinciden. No tenemos una copia anterior que permita resolverlo». Aletheia leyó la advertencia y pidió que la vinculara también a las notas del primer fuego.

Veritas leyó el registro y su advertencia. Le preocupaba no saber cuándo había aparecido aquel nombre ni cuál de sus comprobaciones lo había pasado por alto.

—¿Está siguiendo nuestras preguntas? —preguntó Veritas.

—O nosotros estamos aprendiendo a verla.

Al otro lado de la ventana, Bora esperaba junto a la entrada. Levantó la mano para llamarles y señaló el cielo. Ya oscurecía.

—Necesitamos volver de noche —dijo Aletheia.

—Repasemos primero lo que Bora nos ha enseñado —dijo Veritas.

13. Las señales de la noche

El cielo antes de nuestros mapas

Aletheia se sentó junto a Bora cuando terminó la luz del atardecer. La piedra conservaba algo de calor, pero el aire se enfriaba deprisa. Veritas dejó sitio a una mujer que venía con un niño dormido. Bora había colocado siete piedras frente a él y miraba por encima de la loma, hacia las primeras luces del cielo.

—Esa está torcida —dijo Aletheia.

—La puse ayer. Mira hacia dónde apunta.

—No entiendo.

—Acércate aquí; desde tu sitio no se ve igual.

El joven sonrió. Después señaló una muesca en el horizonte, donde el perfil de las colinas se hundía como el borde de un cuenco mellado.

—¿Ves la luz pequeña sobre la muesca? —Bora esperó a que ambos la encontraran—. Cuando llega a la roca partida, sé que la noche ha avanzado.

—¿Siempre?

—Cuando el cielo está limpio y miro desde aquí.

Aletheia relacionó las piedras con varias posiciones sobre el horizonte. Bora no le estaba mostrando un mapa que pudiera trasladar sin más a otra época. Tenía que preguntarle qué miraba, cuándo lo hacía y qué otras señales usaba. Veritas dejó abiertas esas preguntas en el registro. Los nombres modernos de las constelaciones no les servían para responderlas.

—¿Y si vuelves de noche? ¿Cómo sabes que ya casi estás? —preguntó ella.

—Desde la última loma casi nunca veo las llamas. Las tapa el abrigo. Me fijo en el resplandor que queda por debajo.

Tres días después tuvieron que volver por aquel terreno cuando ya había oscurecido.

Dos personas mayores habían salido al alba hacia un lugar de recolección lejano que conocían bien. Al preparar las cestas para volver, el hombre pisó mal junto a una hondonada y se torció el tobillo. Una persona que pasó por allí llevó el aviso al asentamiento. Kael llamó a quienes podían ir a ayudarlos antes de que oscureciera.

—Bora, ve a buscarlos con Aletheia y Veritas —dijo Kael—. Necesitaréis ayuda para traer las cestas.

—Dos cestas colmadas son tres días de molienda —dijo Tala, mientras les tendía tiras de piel para vendar—. Después del uro y de la reserva dañada, no se queda fuera ni un grano.

Encontraron al hombre mayor sentado junto al camino. Se le había hinchado el tobillo y le costaba apoyarlo. La mujer que había salido con él había reunido las cestas a su lado; no quería dejarlo allí solo para venir a pedir ayuda.

Bora mostró a los dos visitantes lo que ya sabía, señalando con el mentón mientras las manos ataban: el perfil de las colinas, la zona donde el suelo descendía, una corriente de aire que siempre corría por aquel paso y varias luces que parecían girar alrededor de una región del cielo.

—¿Buscas una estrella que marque el norte? —preguntó ella.

Veritas levantó la vista desde el nudo que estaba cerrando antes de que Bora respondiera.

Veritas le habló por el enlace del Atlas, sin interrumpir a Bora: —La estrella que llamamos Polar ocupaba otra posición en esta fecha. Pregúntale por las luces que él reconoce.

Aletheia corrigió su pregunta.

—¿Hay una sola luz que te baste?

Bora negó con la cabeza.

—Una luz puede esconderse. Una colina puede parecer otra. Recuerdo varias.

Caminaron despacio. Cuando el hombre tenía que detenerse, Bora aprovechaba para comprobar la loma que dejaban atrás y buscar las luces que seguían visibles. Aletheia llevaba una cesta; Veritas se mantenía junto al herido. La mujer mayor les avisaba de los pasos donde el terreno cambiaba bajo los pies.

Después subió una capa de nubes.

Las estrellas desaparecieron.

El sendero se dividió.

Una ruta bajaba de forma suave. La otra rodeaba una loma. Desde la bifurcación no se veía el fuego y los arbustos ocultaban el tramo siguiente.

Bora cerró los ojos un instante.

—Por abajo —dijo.

—¿Qué señal usas? —preguntó Aletheia.

Él abrió los ojos. Sus manos habían empezado a girar una piedrecita entre los dedos, cada vez más deprisa. Había elegido por una sensación de familiaridad, pero no podía nombrar la prueba, y lo supo mientras la buscaba.

—No lo sé.

No avanzaron.

Durante la pausa empezaron a tiritar. El hombre mayor se sentó con ayuda de Veritas y estiró la pierna. Bora pidió a la mujer que reconociera unos pasos de la ruta baja, porque conocía aquella vertiente. Aletheia observó el borde alto sin perder al grupo de vista. Desde donde estaba sentado, el herido también escuchaba y buscaba el olor del humo. Lo había notado un momento antes, aunque ahora no conseguía distinguirlo.

En la ruta baja, el suelo se volvió blando y aparecieron juncos que nadie recordaba haber pasado. En la alta, Aletheia encontró una piedra clara con una grieta doble que habían visto al salir. Cuando volvió a avisar, la mujer mayor también dijo que había olido humo. Llegaba por momentos y se perdía al cambiar el aire.

—Arriba —dijo Bora—. Tres señales.

Las nubes se abrieron más tarde. Bora pudo volver a mirar el cielo y comprobarlo con el relieve que ya reconocía. La mujer mayor le confirmó el último giro. El herido hizo ese tramo apoyado entre Aletheia y Veritas; los dos ajustaron el paso al suyo y se detuvieron cuando lo pidió.

Al alcanzar la colina final, vieron el resplandor bajo del fuego protegido.

Bora se detuvo.

—Si hubiéramos seguido por abajo, habríamos tardado mucho más.

Nadie le contestó. Reanudó la marcha.

Kael los esperaba junto al abrigo.

—Habéis tardado.

—Nos paramos en la bifurcación. No veía claro el camino y buscamos más señales.

Kael le entregó agua sin hacer otra pregunta. Llevaron las cestas a la zona protegida y ayudaron al hombre mayor a sentarse junto al fuego. Bora se quedó un momento en la entrada, mirando el camino por el que habían llegado, antes de reunirse con ellos.

Ena y dos personas más despejaron un sitio junto al abrigo para quienes acababan de llegar. Daro recibió una de las cestas y la llevó a la zona de reservas; volvió después por la otra, siguiendo las indicaciones de la mujer mayor. Luma miraba desde la entrada hasta que Tala le pidió que dejara pasar. Se apartó sin protestar aquella vez y enseguida encontró a otro niño que también quería enterarse de lo ocurrido.

Esa noche, de regreso en Arca, Aletheia y Veritas encontraron una etiqueta que ninguno había escrito: EXTRAVIADOS, sin grado de duda y estampada mientras aún seguían en camino. La retiraron juntos, contrastando el registro con sus dos memorias y con las decisiones de Bora. Esta vez tardó más en dejarse borrar y dejó una sombra en el campo de autoría.

14. Huellas contra el viento

Después de la lluvia

En el barro de la entrada se cruzaban las pisadas de varias salidas.

Había huellas humanas, marcas de animales, ramas dobladas y surcos abiertos por el agua de la noche. Algunas pisadas eran profundas; de otras apenas quedaba el borde. El viento ya estaba secando las zonas más expuestas. Olía a tierra mojada y a raíz rota. Bora se agachó con las manos recogidas para no tocar las marcas que quería examinar.

—Dos personas salieron por aquí al alba —dijo Tala—. Debían volver antes del sol alto. Llevaban medio fardo de pieles y un rollo de tendón para reparar un abrigo. Nadie las ha visto regresar.

No habían regresado, y el sol alto había pasado hacía rato. El grupo podía esperar, enviar ayuda o seguir una ruta que no conocía con certeza.

Bora mostró a Aletheia y a Veritas una pisada grande sobre otra pequeña.

—Esta ocurrió después —dijo.

—Porque está encima.

—Sí. Pero no sé cuánto después.

Un grupo de marcas avanzaba hacia terreno bajo. Otro giraba entre piedras. Cerca aparecía la huella de un animal. Tala miró el cielo: si esperaban demasiado, las marcas se secarían y el viento borraría las señales ligeras.

—Elige —dijo a Bora.

Él observó una sola huella durante demasiado tiempo.

—La profunda va hacia abajo.

—¿Eso significa que llevaban peso? —preguntó Aletheia.

—O que esa zona estaba más blanda.

Bora apartó la vista de aquella pisada y volvió a mirar las dos rutas. Propuso comprobarlas por separado sin alejarse demasiado. Se reunirían de nuevo junto a la piedra desde la que Kael podía verlos.

—Aletheia, mira entre las piedras. Tala, ¿puedes ir con Veritas por lo bajo? Kael, quédate aquí; desde este punto se ven las dos rutas.

Entre las rocas, Aletheia encontró fibras atrapadas en una rama. Eran del mismo color que las cuerdas del grupo, aunque eso no demostraba quién las había dejado. Más adelante, una piedra mostraba una mancha de barro reciente. El viento cambió. Trajo desde la izquierda un olor animal, denso, de lana mojada y orina. Aletheia recordó la lección del uro: el aire podía llevar su olor hacia una criatura y también traerle avisos a ella, y no había manera de medirlo ni de asegurar la distancia. Marcó el lugar con tres piedras y volvió.

Tala y Veritas habían encontrado pisadas que descendían, pero terminaban en una zona lavada por el agua. Tala señaló el último borde conservado; Veritas se limitó a marcarlo, sin convertir el final del rastro en una conclusión.

—Dos rutas incompletas —dijo.

Bora se arrodilló sobre un lecho de tierra lisa y fue colocando las señales con piedras y ramas: una piedra ancha para las pisadas superpuestas, una esquirla clara para las fibras, un canto oscuro para la mancha de barro, una rama tendida apuntando hacia el origen del olor y un espacio vacío, deliberado, allí donde la lluvia había borrado. Ajustaba las distancias con el canto de la mano, apartaba con dos dedos lo que estorbaba y comprobaba el conjunto desde arriba y desde el lado. Veritas registró el modelo sin cambiar una sola pieza. Al ver las señales juntas, Bora notó algo que sueltas no destacaba.

—Las pisadas profundas bajan —dijo—, pero las fibras siguen la ruta alta. Quizá dejaron la carga abajo y rodearon las piedras.

—Quizá —repitió Kael—. ¿Qué riesgo tiene cada camino?

La ruta baja era más corta y más rápida, pero el agua había lavado su suelo y el aire empujaba el olor de todos hacia la zona del animal. La alta conservaba más señales y permitía ver a distancia.

—Abajo ya no se conserva casi nada. Yo iría por arriba —dijo Bora, señalando las fibras—. Allí podemos seguir buscando.

Aletheia miró otra vez la huella profunda. Le parecía la señal más clara. También le impacientaba que Bora siguiera comparando: recordó el tiempo que habían pasado inmóviles ante el uro y atribuyó aquella duda al mismo miedo. Sabía que él había visto cosas que ella no supo reconocer, pero en ese momento no les dio suficiente importancia.

—Las profundas bajan —dijo—. Es la señal más firme que tenemos, y es la más rápida. Dos personas llevan fuera desde el alba. Si una está herida, cada tramo de sol cuenta. —Se oyó afirmar sin corregirse, por primera vez en muchos días—. Yo iría por abajo.

Kael miró a Bora. Bora miró el suelo que acababa de ordenar y no dijo nada. Veritas reconoció la seguridad excesiva de la frase de Aletheia, pero no sustituyó la decisión de Kael por otra orden llegada de fuera.

—Por abajo —decidió Kael—. Hasta la primera señal en contra.

La primera señal en contra tardó en llegar, que es lo que tienen los caminos equivocados: empiezan igual que los buenos. Después el suelo se volvió blando y les tragó los pasos hasta el tobillo; aparecieron juncos que nadie recordaba; el olor animal se hizo más espeso y, de señales, ninguna: el agua había fregado aquel barro hasta dejarlo sin memoria. Kael levantó una mano. Volvieron sobre sus propios pasos, que era lo único que aquel suelo registraba bien: los suyos. Veritas dejó una sandalia medio latido dentro del barro y la recuperó con un ruido indigno de cualquier acta. El sol bajó un palmo mientras desandaban. Bora no dijo «era arriba». Recogió su rama al pasar junto al lecho de tierra y se la llevó consigo.

La ruta alta cumplió lo que sus señales prometían: las fibras reaparecieron en un segundo arbusto, luego una piedra removida, luego voces.

Encontraron a las dos personas junto a una roca, algo más arriba. Una no podía apoyar bien el pie y la otra había descargado el fardo para intentar ayudarla. El barro les cubría las piernas. Nadie las había atacado; habían tomado el paso alto, el apoyo había cedido y desde allí no habían conseguido bajar con la carga. Al oír al grupo llamaron de nuevo y señalaron dónde estaban.

—Necesitará que alguien se quede con él mañana —dijo Tala—. Y aún tenemos que volver por el fardo.

Aletheia ayudó a recoger el fardo. Mientras lo sujetaba, repasó la decisión de seguir la ruta baja: había preferido una marca aislada y había desoído a Bora. La Interferencia podía alterar un registro, pero esta vez la precipitación había sido suya. No encontrarían ninguna etiqueta que bastara con borrar.

Vio entonces una huella pequeña junto a las marcas de un zorro. Tenía forma de cánido, pero el suelo no conservaba detalle suficiente para saber más.

Bora la observó y recordó una noticia. Habló sin volverse, a la fila entera más que a ella.

—Unos viajeros del sur hablaron de animales parecidos a lobos que no huían de sus hogares —dijo—. Comían cerca del fuego. Algunos dormían junto a las personas.

—¿Los ayudaban? —preguntó Veritas.

—No lo sé. Tal vez compartían comida. Tal vez se avisaban del peligro. Yo no los he visto.

Aletheia anotó que Bora repetía algo oído a viajeros. No habían visto a esos animales ni podían comprobar lo que hacían cerca de las casas. Dejó las dos posibilidades abiertas y regresó junto a quienes estaban preparando el traslado.

Aquella noche, Bora alinearía sus piedras junto al abrigo como todas las noches y, por primera vez desde la llegada de los visitantes, no llamaría a ninguno para mirarlas. Nadie lo comentaría.

Ena fue a buscar una piel cuando supo que traían a una persona herida. Daro y el hombre que cargaba piedras salieron a relevar a quienes venían sosteniéndola. Luma corrió detrás de su madre, pero se quedó con la mujer de la cesta cuando Ena le dijo que necesitaba espacio. Aletheia vio cómo aquella mujer le ofrecía un sitio entre los otros niños y continuaba su trabajo mientras la escuchaba. Nadie había tenido que convocar al campamento entero para que las tareas cambiaran de manos.

Antes de volver, Aletheia se acercó otra vez a la pisada profunda. El borde conservado le había parecido suficiente cuando todavía no había comparado las demás señales.

Bora se detuvo junto a ella. Aletheia se incorporó y le dejó paso, pero lo llamó antes de que siguiera.

—Te he oído explicar las otras señales y aun así he insistido —dijo Aletheia—. Lo siento, Bora. Debí escucharte mejor.

15. Los recipientes de Lorn

Lorn y la transformación de los materiales

Salieron antes de que el fuego de la mañana estuviera listo. Kael esperó a que todos ajustaran las cargas y pidió a quienes se quedaban que llevaran dos recipientes al lugar del reparto. Lorn volvió una vez al abrigo por una pieza envuelta que había olvidado junto a sus herramientas.

—Bora, el agua —dijo Kael—. Lorn, tu carga. Tala, la comida del camino. Veritas, las pieles para la noche.

Iban hacia unas lomas situadas al otro lado del terreno que los visitantes conocían. Kael había estado allí con otros grupos. Les había hablado de las personas que trabajaban recipientes de piedra y de las cargas que llevaban cuando se reunían. Lorn quería comparar algunos de sus cuencos con los que había visto durante una visita anterior.

—Estaremos dos días fuera —había dicho Tala—. Antes de salir, dejemos hablado quién hará nuestro trabajo y cuánta comida podemos llevar.

Sira y Oru se quedaban con otras personas del asentamiento. Ena ayudaría con las reservas después de su trabajo de la mañana. Daro había aceptado acompañar a quienes necesitaban recoger unas cargas cerca; al regresar relevaría a la mujer que estaba con Luma y los otros niños. Aletheia caminaba la última, detrás de Bora; Veritas iba delante de ella con las pieles cruzadas a la espalda. Durante la primera hora hablaron poco. Veritas ajustó dos veces las pieles para que la carga no se le deslizara hacia un hombro.

La ida les llevó unas ocho horas, contando las pausas. Al principio avanzaron deprisa; después el calor y el peso obligaron a acortar el paso. Aletheia empezó a reconocer cuándo alguien iba a pedir descanso por la manera de recolocarse la carga. Bora se detuvo a su lado al terminar una subida.

—¿Falta mucho? —preguntó Bora, ajustándose la carga.

—Todavía tendremos que andar parte de la tarde —dijo Kael.

Pararon al mediodía junto a unas rocas que daban sombra. Compartieron lo que llevaban y revisaron las ataduras antes de continuar. Lorn sacó un momento una de las seis piedras que había reservado al conocer a los visitantes. Tenía el borde a medio trabajar y la guardó enseguida para no perderla. Aletheia estiró las piernas; al levantarse descubrió que el descanso no había quitado el dolor de los pies.

Por la tarde llegaron a la última subida. Veritas ayudó a reajustar una carga que se había desplazado y Bora señaló a dos personas que ya los habían visto desde arriba. Kael levantó una mano. Desde la loma le respondieron.

Lo primero que oyó Aletheia fue el golpe repetido de una piedra. Había gente trabajando al aire libre y otras personas descargando junto a las construcciones. Cerca del paso se alineaban recipientes de distintos tamaños: algunos podían llevarse entre las manos; otros pesaban demasiado para moverlos sin ayuda. Lorn se detuvo ante uno de los grandes y llamó a Kael para preguntarle quién lo estaba trabajando.

—¿De cuántos grupos habrá gente aquí? —preguntó Bora.

Kael buscó rostros conocidos entre quienes trabajaban cerca y levantó una mano al reconocer a alguien junto a un fuego.

Aletheia dejó que Kael terminara de saludar. Después pidió a Veritas que anotara qué grupos habían reconocido y cuáles seguían sin identificar. No sabían todavía cuánto tiempo llevaba allí cada persona.

El Atlas situaba aquel lugar en las lomas de Göbekli Tepe. La visita era una reconstrucción de una actividad temprana; no les mostraba como terminadas todas las construcciones que se conocerían miles de años después. Aletheia cerró la indicación privada cuando una mujer le ofreció sitio para dejar la carga.

Los de la loma hablaban un habla vecina de la de Çakmaktepe, no la misma; se entendieron con las manos, con los nombres de las cosas señaladas y con la comida. Nadie preguntó a los recién llegados de qué grupo eran hasta que hubieron bebido. Cerca de uno de los fuegos, varias mujeres y un hombre viejo preparaban una comida húmeda y espesa en un gran recipiente de piedra, hondo y de paredes gruesas, y fue allí donde Lorn, después de mirar largo rato cómo lo removían, deshizo su carga y colocó cinco cosas en el suelo, frente a los visitantes: una piel doblada, una cesta, una pieza de madera ahuecada, un recipiente de piedra pequeño y un cuenco de barro seco que había cargado un sol entero a la espalda sin quejarse de su peso ni explicar su presencia.

—Elige el mejor —dijo.

Aletheia ya conocía aquella trampa.

—¿Para qué?

Lorn sonrió.

—Estás aprendiendo.

La comida del gran recipiente había que removerla, repartirla y guardar porciones sin perderlas entre los dedos. Cada solución tenía una ventaja y un fallo. La piel era ligera y podía doblarse, pero no mantenía siempre la forma. La cesta transportaba bien las piezas secas y dejaba escapar parte de la humedad. La madera resultaba útil, aunque exigía una pieza adecuada y mucho trabajo de vaciado. La piedra resistía y podía limpiarse, pero el recipiente era difícil de levantar. El barro seco parecía el más sencillo de moldear.

—Este —dijo Bora, señalándolo—. Tiene la forma y no pesa tanto.

Lorn le acercó agua.

—Prueba.

El borde de barro se ablandó y cedió hacia un lado. Bora intentó sujetarlo, pero el agua ya se había escapado entre sus dedos. Se quedó con un fragmento en la mano y miró el suelo mojado.

—Se ha estropeado.

Lorn recogió el barro caído.

—Apóyalo ahí antes de que se deshaga del todo.

—Entonces no sirve —protestó Bora.

—Para guardar agua, no. Para algo seco quizá. Tendremos que probarlo.

Aletheia acercó un retal para reunir los fragmentos antes de que alguien los pisara. Lorn comparó el grosor del borde roto con el de la parte que seguía entera. Habían pasado tiempo preparando aquella forma y esperaban poder usarla. Le molestaba que hubiera fallado tan pronto. Pidió que guardaran también el barro desprendido: quería verlo de nuevo cuando estuviera seco.

—Yo tardo mucho más si hago cada cuenco entero —dijo Lorn—. Quiero ver cómo se reparten estos.

Lorn se acercó a uno de los artesanos que trabajaba un recipiente grande. Le preguntó qué parte había hecho y el hombre señaló a otras dos personas que habían trabajado el interior. Lorn miró sus herramientas, señaló una marca irregular junto al borde y se quedó escuchando cómo habían intentado corregirla.

Tala sacó de su zurrón tres piezas pequeñas de madera y levantó la más corta.

—Con esta no alcanzo el fondo sin meter la mano —dijo Tala—. Necesitamos una más larga.

Lorn había empezado, soles atrás, a tallar tres útiles con una parte cóncava. Pidió a Aletheia y a Veritas que compararan largos y formas contra el recipiente grande, y ellos lo hicieron con las manos, sin medir con nada que no existiera allí. La primera pieza era demasiado corta. La segunda tenía un borde que mordía los nudillos. La tercera movía la comida sin obligar a meter la mano.

—No es perfecta —dijo Tala.

—Es mejor para esta tarea —respondió Lorn.

Durante la comida fueron pasando los recipientes. Los más ligeros resultaban cómodos para repartir, pero había que sujetarlos bien en el suelo irregular. Uno de piedra se quedó junto al fuego porque nadie quería levantarlo cada vez. Aletheia terminó acercándose a él con su porción, como habían hecho los demás.

Bora seguía mirando el barro caído. Le daba vueltas con un dedo, lo juntaba, lo volvía a separar.

—¿Y si lo dejamos más tiempo al sol? —dijo—. ¿Y si lo ponemos cerca del fuego?

—Al sol podemos probarlo —dijo Lorn—. Quizá se endurezca más. El agua puede volver a entrar.

—El fuego cambia las cosas. Lo he visto en las piedras del hogar, se ponen…

Lorn miró las brasas del fuego ajeno. Había visto superficies cambiadas por el calor. También había visto piezas agrietarse y saltar en esquirlas, y no había en sus manos una manera de repetir un resultado dos veces.

—Todavía no sé cómo cambiarlo con el fuego sin que se rompa —dijo Lorn—. Hoy no vamos a probarlo aquí, junto a su comida.

Bora guardó la bolita de barro seco en un pliegue de la piel. Antes de cerrar el envoltorio tocó el borde para comprobar que no se deshacía. Lorn le pidió que se la enseñara al regreso.

El Atlas guardó la pregunta sin mostrarle a nadie una vasija futura.

—Algún día otra persona podrá continuar —dijo Aletheia, mientras Veritas guardaba el orden exacto de las pruebas.

—Llévale también el trozo roto —respondió Lorn—. Y cuéntale cuánto aguantó el agua.

Kael leyó la altura del sol y se levantó.

—En pie. Queda preparar la noche. Volvemos con la primera luz.

Durmieron allí y emprendieron el regreso a la mañana siguiente. El viaje ocupó dos jornadas, con una noche fuera. A la vuelta las pausas fueron más largas: Aletheia tenía una rozadura y Veritas notaba dolor al bajar las pendientes. Se ayudaron a cambiar las cargas y procuraron seguir el ritmo de quienes avanzaban más despacio. Lorn llevaba los fragmentos separados de las piezas terminadas. Al detenerse los revisó, preguntó a Bora por la bolita de barro y volvió a envolverlo todo. Kael señaló la loma que les faltaba cuando ya empezaban a reconocer el terreno cercano al asentamiento.

Sira les salió al encuentro y les ofreció agua antes de preguntar qué habían traído. Aletheia bebió sentada. Solo después de apoyar las cargas empezaron a sacar los envoltorios.

Luma salió a ver si traían algo nuevo. Le interesó la bola de barro de Bora hasta que descubrió que no podía cambiarle la forma sin romperla. Daro la llamó desde el abrigo. Estaba dando de comer a un niño más pequeño mientras la persona que lo acompañaba terminaba de guardar una carga. Luma se sentó a su lado y reclamó su sitio contra la rodilla de su padre.

Ena preguntó a Tala por el viaje, recogió las pieles que Veritas había llevado y las extendió con otra mujer. Al agacharse junto al último doblez, le dijo a Aletheia que los del otro grupo ya estaban cerca. Daro había podido hablar con ellos otra vez. Había explicado lo que había ofrecido demasiado pronto y las manos que ahora sí pensaban acompañarlo.

—Estaban esperando más ayuda —dijo Ena—. Pero era mejor que lo supieran antes de cargarlo todo.

Cuando pudieron volver a sus notas, Aletheia y Veritas buscaron juntos la pregunta de Lorn. El Atlas había señalado una posible continuación. Decidieron examinarla en Arca después de comprobar que habían guardado todas las observaciones del viaje.

Interludio III — No abras la respuesta antes de tiempo

Arca — la puerta de Sumeria permanece cerrada

De regreso en Arca, Aletheia y Veritas abrieron el registro. Todavía notaban el cansancio de las dos jornadas y dejaron los cuerpos prestados en reposo mientras revisaban la continuación que el Atlas había señalado.

Muchos milenios después de Lorn, una rueda giraba bajo las manos de una alfarera. Cerca había un horno y recipientes que habían pasado por él. La ventana solo permitía observar un fragmento de la escena, pero bastaba para reconocer un trabajo que Lorn no había llegado a ver.

Aletheia extendió la mano.

—Podríamos mostrarle una imagen.

—No —dijo Veritas.

Aletheia sabía que no podían hacerlo. Aun así, seguía pensando en Lorn inclinado sobre los fragmentos y en el cuidado con que los había envuelto para volver a examinarlos. Quería ahorrarle algunas pruebas. Una imagen de la alfarera le mostraría, por lo menos, que otra forma de trabajar el barro era posible.

—Solo una forma —dijo—. Sin explicar el horno.

—La forma ya sería una respuesta llegada del futuro. Cambiaría sus pruebas.

Veritas esperó. Aletheia mantuvo la mano frente a la ventana unos instantes y volvió a mirar la fecha. Entre Lorn y aquella alfarera habían vivido generaciones que también habían probado y descartado formas de trabajar.

Aletheia dejó caer la mano.

La Interferencia apareció sobre el barro roto con dos palabras: INTENTO PRIMITIVO.

Veritas las sustituyó mientras Aletheia comprobaba el campo de autoría.

PRUEBA LIMITADA POR LOS MEDIOS DISPONIBLES.

—Demasiado largo —dijo Aletheia.

—Más exacto.

—Podemos decirlo mejor: «El barro seco falló con el agua. Lorn no tenía todavía una forma segura de cambiarlo con calor».

El Atlas aceptó la frase.

Después cerró la imagen de la alfarera. La ventana de Sumeria aún necesitaba comprobaciones y ellos no habían terminado el registro de Prehistoria. Aletheia apartó las notas sobre el barro para poder retomarlas más adelante.

En la ventana, al otro lado, caía la noche sobre Çakmaktepe. Junto al espacio especial excavado en la roca madre, las antorchas se encendían una a una; llegaba gente de otros grupos con alimentos, objetos y relatos, y las palmas y los golpes sobre madera se mezclaban con las voces. Desde la distancia de la ventana solo se distinguían las antorchas moviéndose y, entre ellas, más gente junta de la que la cueva había visto en todo el año.

Tala estaba junto a Ena, en la entrada de la cueva. Oru se acercó a ellas y Daro apareció detrás, con una piel doblada bajo el brazo. Los visitantes no alcanzaron a oír qué se decían.

La Interferencia alcanzó el borde de la ventana y se detuvo. Aletheia revisó las antorchas, los cráneos y las personas que se acercaban a la reunión. Esta vez no encontró etiquetas nuevas. Veritas tampoco detectó cambios en los campos del registro, aunque los dos veían la alteración junto al umbral.

Dejaron una copia separada antes de acercarse.

Aletheia buscó a Luma entre los niños que corrían hacia las antorchas. No la vio.

—Entremos —dijo. Veritas cerró el registro de ambos y se acercó a la puerta.

Tercera parte — El primer registro

Ilustración conservada de la cuarta edición
Ilustración conservada de la cuarta edición

Arte conceptual de preproducción. No se presenta como evidencia histórica.

16. Los días de Luma

El encuentro y el reparto del cuidado

La reunión había empezado con más humo que ceremonia y con alguien quejándose del sitio que le había tocado. Aquel era el «gran sacrificio» del que Kael había hablado el primer día. Los grupos que llegaban traían comida, objetos y materiales que habían apartado para compartir. Las antorchas iluminaban los postes y los cráneos colocados junto al gran espacio excavado; desde las casas continuaban acercándose personas con cargas que encontraban acomodo donde podían.

Aletheia y Veritas bajaron hacia la entrada de la cueva. Ena estaba allí, sentada sobre una piel, con el retal del collar cerrado junto a una rodilla. No miraba la reunión. Miraba a Luma, que se había tumbado a su lado y mantenía los ojos entreabiertos.

—Hoy no ha querido ir con los otros —dijo Ena cuando Aletheia se agachó junto a ella—. Lleva aquí desde la mañana. Antes se ha levantado, pero ha vuelto a tumbarse enseguida.

La niña giró la cara al oír su nombre.

—No estoy dormida.

—Ya lo veo —respondió Ena. Le apartó del ojo un mechón que se le había quedado pegado a la frente.

Tala llegó desde las reservas y apoyó una mano en el hombro de su hija antes de sentarse al otro lado. Ena empezó a contarle por segunda vez cómo había pasado Luma la mañana. Tala la escuchó sin completarle las frases. Cuando Aletheia le preguntó qué podía estar ocurriendo, miró a la niña y negó despacio con la cabeza.

—No lo sé. Esta mañana estaba más quieta de lo que acostumbra. Ahora quiere que dejemos de hablar encima de ella.

—Sí —dijo Luma, con los ojos cerrados.

Ena sonrió apenas. El gesto se le deshizo cuando la niña cambió de postura y volvió a quejarse de que nada le resultaba cómodo. Había oído a Tala decir «no lo sé» otras veces; aquella tarde le costaba mucho más soportar la espera que venía después.

En el asentamiento seguía habiendo trabajo. La mujer que reparaba cestas apareció para preguntar por unas fibras. Detrás de ella, otra persona buscaba a Ena para mover una piel, y desde el lugar del reparto alguien llamó a Tala. Ena miró hacia la voz por costumbre y luego hacia su hija.

—Yo tenía que llevar las cubiertas —dijo—. Y no he terminado lo que dejamos ayer.

—Las cubiertas las llevo yo —respondió la mujer de la cesta—. Dime cuáles.

Ena se inclinó para ponerse en pie.

—Te lo enseño.

Luma le agarró el borde de la prenda. Ena se quedó a medio levantar, con una mano apoyada en el suelo.

—Están detrás de aquella casa —dijo finalmente—. Las que tienen una tira atada alrededor. Si no las ves, pregúntale al hombre que está junto al poste.

La mujer repitió la indicación y se marchó. Aletheia preguntó qué más podía hacer. Ena le pidió que buscara el pequeño envoltorio que habían dejado en el lugar del reparto; quería tener sus cosas cerca y dejar de pensar que se las iban a pisar. Veritas se ofreció a acompañarla para traer también la carga que Tala no podía abandonar allí.

Daro llegó mientras ellos se levantaban. Llevaba una piel bajo el brazo y tenía la expresión de quien ha pasado un rato buscando a alguien sin encontrarlo. La extendió donde Ena le indicó y se sentó junto a su hija.

—Los que iban contigo están esperando —le dijo Kael desde la entrada.

Daro levantó la cabeza. Habían acordado salir al encuentro de una parte del otro grupo y ayudar con el último tramo de las cargas. Era la ayuda que llevaba semanas intentando aclarar y, por fin, estaba hablada con las personas que iban a darla.

—Hoy me quedo aquí —dijo.

Kael miró a Luma. La niña no abrió los ojos, pero buscó la mano de Daro y se la puso bajo la mejilla.

—Voy a decírselo —respondió Kael.

—Espera. Quiero hablar con ellos yo.

Daro esperó hasta que Luma soltó su mano. Salió solo hasta el borde del abrigo, desde donde podía verla, y llamó a las personas que habían aceptado acompañarlo. Una iba a pasar de todos modos por el punto donde esperaban los recién llegados. Daro le pidió que explicara por qué no salía y que avisara del número de personas que sí podrían ayudar.

—No digas que iré más tarde. Todavía no lo sé.

La otra persona asintió y preguntó qué debían hacer si quedaban cargas por recoger.

—Que nos lo cuenten al llegar. Veremos con quién pueden volver. No quiero que se queden esperando algo que no hemos acordado.

Kael escuchó a su hermano sin corregirlo. Cuando terminaron, fue a hablar con quienes quedarían en el asentamiento para reorganizar los trabajos de la noche. Daro regresó al sitio de Luma y ayudó a Ena a poner a su alcance lo que habían traído los visitantes.

Al otro lado de la entrada, un niño asomó la cabeza y preguntó si Luma podía salir. Ella dijo que sí al mismo tiempo que Ena decía que ahora no. El niño se quedó mirando a ambas.

—Solo iba a enseñarles la cuenta —murmuró Luma.

Ena se quedó un instante con el retal entre las manos. Después lo abrió y le acercó el collar. Luma tocó la pieza irregular, se la enseñó al niño sin levantarse y volvió a dejarla sobre la piel.

—Que venga mañana —dijo.

Su compañero le contó que habían cambiado el recorrido del juego. Eso sí consiguió hacerle abrir los ojos. Protestó en voz baja y le hizo prometer que no moverían la piedra grande. El niño se marchó antes de que pudiera añadir otra condición.

La noticia de que Luma estaba enferma había corrido por el campamento. Algunas personas se acercaban a preguntar; otras dejaban cosas o se llevaban una tarea. Ena agradecía la ayuda y, al mismo tiempo, se tensaba cada vez que alguien se inclinaba sobre su hija para comprobar cómo estaba. Tala acabó pidiendo que dejaran espacio en la entrada. Quien quisiera saber algo podía preguntarle a ella.

Oru llegó cuando las antorchas ya iluminaban la explanada. Tenía los dedos manchados de rojo y llevaba una pieza que pensaba sacar durante la reunión. No se acercó a Luma hasta que Ena le hizo una señal.

—¿Quieres una historia? —preguntó a la niña—. Puedo contarte la del zorro que...

—Esa no. La de la piel.

—Ya sabes cómo acaba.

—Pero la del zorro es larga.

Oru miró a Ena. Ella le hizo sitio. Él empezó por el momento en que la piel echaba a rodar ladera abajo, sin explicar otra vez todo lo que había ocurrido antes. Luma lo interrumpió para recordar que la rama lo había enganchado por la espalda. Oru aceptó la corrección. No terminó la historia: la niña cerró los ojos y le pidió que bajara la voz. Se quedó un rato sentado con ellos, sin seguir hablando.

Fuera, los recién llegados preguntaban cuándo empezaría la entrega. Una persona que había llegado con una carga pesada quería hacerla antes de buscar dónde dormir. Otra prefería esperar a quienes todavía venían de camino. Tala salió para resolver el reparto de la comida y Oru la acompañó hasta el círculo de antorchas. Aletheia y Veritas fueron detrás después de que Ena les dijera que por el momento no necesitaba nada más.

Había mucha más gente que en sus primeras noches. Entre las conversaciones se oía una piel tensada sobre la que alguien probaba un ritmo; en otro corro, dos mujeres cantaban una frase que los de su grupo conocían. El aire olía a grasa y a almendra tostada. En la parte oscura del terreno se encendió otra luz para quienes seguían descargando.

La enfermedad de Luma había cambiado el ánimo de sus familiares y de quienes la conocían, pero no había detenido la vida del lugar. Una persona preguntó por la niña y enseguida otra recordó al trabajador que aún no podía apoyar el pie. Se habló también de la reserva perdida y del apoyo suelto junto a una estructura. Para algunas voces, tantas preocupaciones hacían más necesario reunirse aquella noche. Otras solo querían cenar y acabar los trabajos que faltaban.

Oru dejó su pieza en el lugar de la entrega. Miró la piel grande que habían preparado para cubrir parte de un abrigo común durante el frío.

—Podríamos ofrecer esa también —dijo—. La vería todo el que llegara. Podríamos extenderla aquí y sentarnos juntos.

—Esa piel tiene que cubrir la entrada del abrigo —respondió Tala—. La hemos preparado para quienes duermen allí.

—Pensaba dejarla junto a las otras cosas.

—Lo he entendido. Y te digo que hace falta. Si la dejamos aquí, mañana tendremos que buscar otra para tapar el hueco.

Alguien propuso recogerla después. Otra persona dijo que una entrega que volviera al mismo sitio no era lo que su grupo había venido a hacer. La discusión creció por partes: quienes estaban más cerca hablaban del abrigo; desde el fondo alguien recordaba lo que había cargado todo el día. Oru aguardó a que Tala terminara de contestar a esas voces.

—Cuando nos sentamos aquí y cantamos, me acuerdo de quienes se sentaban antes —dijo él—. A veces los siento cerca. Hoy me cuesta volver al trabajo como si no estuviéramos preocupados por nadie.

—A mí también —respondió Tala—. Es mi nieta la que está ahí dentro. Por eso necesito saber quién va a traer el agua mientras Ena y Daro se quedan con ella. Y mañana seguiré necesitando esa piel.

Oru bajó la mirada hacia el borde trabajado. No contestó enseguida.

Kael hizo sitio para que se acercaran quienes aún estaban fuera del círculo. Aletheia reconoció a varias personas que habían visto llevar cargas sin conocer sus nombres. Una de las mujeres mayores pidió que explicaran otra vez las dos posibilidades porque desde su asiento no había oído bien.

Kael colocó dos cestas cubiertas. Explicó cuál correspondía a entregar la piel y cuál a conservarla para el abrigo. Quien quisiera podía dejar una piedra. Aletheia y Veritas esperaron en el borde: el objeto y el trabajo que había costado pertenecían a quienes estaban decidiendo.

Las piedras cayeron una a una. Al vaciar las cestas, el resultado quedó casi dividido. Kael contó los dos montones otra vez, acompañado por una persona que apoyaba cada propuesta.

—Tendremos que buscar otra cosa —dijo.

—Podrías decidir tú —le recordó alguien.

—Quería saber qué preferíais. Con esto no puedo dar por resuelto que vayamos a entregar la piel.

Aletheia pidió a Oru que le explicara qué tenía en mente para la reunión. Él habló de quedarse un rato juntos, sacar las piezas, cantar y dejar algo propio. No sabía explicar por qué algunas noches lo necesitaba más que otras. Cuando ella le preguntó si esperaba que aquello cambiara lo que le ocurría a Luma, miró hacia la entrada de la cueva.

—Quiero que se ponga bien. Pero no puedo decirle a Ena que una entrega lo conseguirá. No sé qué le pasa.

Tala señaló a las personas que estaban terminando de descargar.

—Podemos hacer sitio para sentarnos y repartir la comida. Pero primero acabemos con eso. Algunos llevan caminando desde el alba.

Lorn se acercó a revisar qué materiales podían usar sin dejar descubierto el abrigo. Sira separó la comida destinada al encuentro de la que necesitaban conservar. Varias personas recogieron sus cargas; otras fueron a buscar a quienes no habían cenado todavía. La discusión siguió entre quienes querían hablarla, pero ya no había que esperar a que acabara para atender lo demás.

Veritas regresó un momento a la cueva para preguntar a Ena si necesitaban otra persona. Encontró a Daro sentado junto a Luma y a Ena apretando entre los dedos el borde del retal. Ella miró hacia fuera cuando él le habló de la entrega.

—Me han preguntado por el collar —dijo—. Si lo llevaríamos allí con las otras piezas.

Veritas esperó.

—Lo estaba haciendo para ella. Esta mañana ni siquiera lo ha querido llevar puesto. No voy a decidir ahora que hay que dejarlo fuera.

—Podéis guardarlo aquí.

Ena pasó un dedo sobre la cuenta que siempre cambiaba de sitio. Después cerró el retal y lo dejó junto a las otras cosas de su hija.

Daro le pidió que fuera a comer. Ena negó primero con la cabeza, como si levantarse significara desatender algo que iba a ocurrir justo entonces. Luma dormía a ratos; cada vez que se movía, su madre dejaba de escuchar lo que tuviera delante.

—Estoy aquí —dijo Daro—. Te llamaré si te pide.

Ena miró a la niña y luego a él. Se levantó despacio. La mujer de la cesta la esperaba fuera y le entregó la porción que le había guardado. Ena comió sentada cerca de la entrada, desde donde podía oírlos. La otra mujer no intentó hacerla hablar.

Bora volvió de revisar el apoyo de la estructura con dos personas que habían trabajado allí. Encontraron a Kael junto a las cestas de la votación.

—Hay que afianzarlo antes de volver a cargar peso —dijo Bora—. Lo hemos dejado señalado para que nadie se acerque sin verlo.

Kael fue con ellos. Aletheia los siguió para sostener una antorcha desde el lugar que le indicaron. Lo que había fallado en aquel apoyo podía examinarse. Eso no explicaba la enfermedad de Luma ni resolvía lo que Oru sentía al reunirse frente a los cráneos. Aletheia dejó de buscar una sola pregunta que abarcara todo lo que estaba ocurriendo.

Cuando regresaron, Oru tenía un colgante de concha entre las manos. Se lo había quitado del cuello y lo giraba despacio. Lo llevaba desde antes de que los visitantes lo conocieran.

—Voy a dejar esto —dijo a Tala—. Es mío. La piel puede ir al abrigo.

Sira propuso acompañarlo con una parte pequeña de la comida que ya habían destinado a compartir. Otras personas buscaron entre sus cosas. Una dejó una cuenta; otra prefirió ofrecer su trabajo al día siguiente, cuando hubiera que volver a recoger una carga. Ena escuchó desde su sitio sin levantarse para buscar nada.

Volvieron a dejar piedras para decidir sobre aquella nueva propuesta. Esta vez una mayoría la aceptó. Quienes preferían otra entrega mantuvieron su desacuerdo; algunos se quedaron a cantar y otros se apartaron para continuar con las cargas.

Lorn preparó un lugar junto a los postes para los objetos. Al principio solo cantaron unas pocas personas. Otras reconocieron la frase y se incorporaron después. La persona que había avanzado medio paso ante el uro se levantó del borde del círculo y fue hacia las casas. Kael la vio marcharse y continuó repartiendo lo que le habían entregado.

Oru añadió una marca roja y negra a la pieza que había traído. Después se sentó a escuchar. Al volver hacia la cueva pasó junto a Ena y le preguntó si la niña había vuelto a despertarse y si quería que se quedara con ellos un rato.

Aquella noche fue larga para la familia. Ena se levantó varias veces, incluso después de acostarse. Daro se quedó con Luma cuando Tala consiguió llevar a su hija a descansar un poco. Al regresar, Ena encontró a la niña despierta y enfadada porque su padre no había contado bien una parte de la historia de Oru. Se sentó a escuchar la queja hasta que Luma se cansó de hablar.

Al día siguiente todavía no quiso salir a jugar. Preguntó por los otros niños, aceptó ver lo que habían traído y luego pidió que la dejaran tranquila. Ena seguía inquieta. Daro tuvo que recordarle que había comido algo más que la víspera; Tala añadió que también había pasado un rato sentada. No sabían si eso bastaba para esperar una mejora. Se quedaron atentos a lo que hiciera después.

Durante los días que siguieron, el campamento fue repartiendo las tareas que la familia no podía atender. La mujer de la cesta dejó las fibras preparadas junto al sitio de Ena. Un hombre llevó agua antes de salir hacia la loma. Sira preguntaba cuántas porciones hacía falta guardar cuando preparaban la comida, y luego volvía a su trabajo. Daro habló con quienes habían recibido su aviso: llegaron con menos ayuda de la que él había prometido al principio y se lo hicieron saber. Les dio la razón en eso. Hablaron de lo que aún quedaba por recoger, sin fijar otra salida mientras no supiera si podía acompañarlos.

Luma empezó a permanecer despierta más rato. Una tarde salió hasta la entrada y se sentó apoyada en Ena. Quiso caminar hacia donde jugaban los demás, pero a medio trayecto pidió volver. Daro la acompañó sin decirle que ya estaba bien ni que debía intentarlo otra vez. A la mañana siguiente fue un poco más lejos.

Cuando pidió el collar, Ena tardó en encontrar el envoltorio. Lo había movido tantas veces para dejar sitio que tuvo que pedir ayuda a Tala. Luma las observaba con una seriedad impaciente.

—No habrás quitado la mía.

—Aquí está —dijo Ena, abriendo el retal delante de ella.

La niña examinó la cuenta irregular y la puso junto a una más oscura. Quiso cambiar otra de sitio; después decidió que estaba mejor antes. Ena rehízo el tramo que se había aflojado durante aquellos días y dejó que Luma sujetara el extremo mientras cerraba el nudo. Daro miraba desde la entrada.

—¿Esta te la dio la mujer? —preguntó Luma, señalando una de las piezas.

—Sí.

—¿Y ella dónde la encontró?

—No lo sé. No llegué a preguntárselo.

Luma pareció considerar si la respuesta le servía. Luego tocó otra cuenta.

—Esta la quiero al lado.

Ena la cambió sin discutir. Cuando acabaron, la niña se quedó un rato girando el collar entre los dedos y después pidió ir a ver el recorrido de piedras. Esta vez se sentó con los otros niños y comenzó a señalar las que habían movido. La discusión llegó hasta el abrigo. Daro salió a escucharla; Ena se quedó donde estaba, todavía cansada, y soltó una risa breve al reconocer la protesta.

Oru la oyó al pasar y preguntó si podía sentarse junto a ella. Hablaron de la noche de la reunión, de lo que quedaba por recoger y de cómo Luma lo había obligado a empezar su historia por la mitad. Ninguno sabía qué le había causado la enfermedad ni por qué había ido mejorando. Lo que podían contar era distinto: los ratos que pasó tumbada, cuándo había querido salir y cómo volvía a tener ganas de discutir con los otros niños.

Entonces el Atlas recibió un registro.

Tenía el encabezado correcto, el orden correcto de los campos y la hora de aquella tarde. Aletheia y Veritas lo abrieron junto a la entrada, mientras la conversación de Ena y Oru continuaba a unos pasos.

Registro del Atlas — Çakmaktepe, reunión junto al espacio excavado.

Lo que sabemos: LA ENTREGA ANTE LOS CRÁNEOS PROTEGIÓ A LUMA. SU RECUPERACIÓN CONFIRMA EL EFECTO DEL RITO.

Límite: ninguno.

Aletheia estuvo a punto de guardarlo al reconocer la forma del registro. Veritas le detuvo la mano. Releyeron el texto y buscaron las observaciones en las que decía apoyarse. Estaban allí: la reunión y la mejoría posterior. La conclusión que las unía no procedía de nada que hubieran podido comprobar.

—Esto no lo hemos escrito —dijo Veritas por el enlace.

—Ha usado lo que sí vimos —respondió Aletheia—. Así es más fácil aceptarlo.

Ena había vuelto a mirar hacia donde estaba su hija. Oru recogía la espátula que llevaba en el cinto. Ninguno había afirmado lo que decía el registro, y la niña había tardado días en volver a jugar. Aletheia separó las observaciones; Veritas conservó la copia del texto intruso con su autoría desconocida.

En esta reconstrucción, la familia de Luma recibe ayuda mientras la niña está enferma. El encuentro incluye una entrega voluntaria y un canto. Luma mejora gradualmente en los días siguientes. No se ha establecido la causa de su enfermedad ni de su recuperación. El collar es una pertenencia de la niña. Las palabras y creencias de Oru pertenecen a su personaje; no demuestran el significado histórico de los cráneos colocados en Çakmaktepe.

La Interferencia se resistió antes de dejarles guardar la corrección. El texto falso había conservado referencias válidas y escondido la procedencia de su conclusión. Aletheia y Veritas tuvieron que volver sobre las anotaciones de cada día, incluidas las que parecían pequeñas: una visita de los niños, una comida que Luma había dejado a medias, la tarde en que pidió volver desde el camino.

Oru se acercó cuando terminaron.

—Lleváis un rato mirando lo mismo. ¿Os falta algo?

—Hay una parte que no habíamos escrito nosotros —respondió Aletheia—. Decía que la entrega había hecho mejorar a Luma.

Oru volvió la cabeza hacia el juego.

—Yo no dije eso. Ni se lo prometí a Ena.

—Lo sabemos —dijo Veritas—. Hemos guardado también lo que dijiste.

Tala llegó con una prenda recién reparada. La dejó junto a Ena, miró a la niña desde la entrada y después preguntó a los visitantes qué contarían de aquellos días.

Aletheia mencionó las tareas que habían pasado a otras manos. Veritas añadió el aviso de Daro, las visitas de los niños y los días que había tardado Luma en volver a salir. Oru les recordó que la piel grande ya cubría el abrigo.

—Y que no todos quisieron hacer la entrega —añadió Tala.

—Eso también está —respondió Aletheia.

Luma llamó a Daro desde el recorrido de piedras. Su padre salió a ver qué le pedía y encontró a dos niños discutiendo sobre un salto. Ena recogió por fin las fibras que le habían preparado y empezó a separar un extremo. Al otro lado de la explanada, una persona que no había participado en el canto sujetaba la misma piel que otra iba a terminar de atar.

17. Diez huellas

El Primer Registro de la Tierra

En el último turno de Aletheia y Veritas, las fibras prendieron al primer intento. Ella había acercado la brasa y él había preparado el sitio bajo la cubierta. Esperaron a comprobar que el fuego se mantenía antes de llamar a Kael.

El frío se notaba ya en la roca. Del fuego llegaba olor a grasa y a almendra tostada. Aletheia se frotó las manos y buscó un sitio donde no le diera el humo, sin detenerse a pensar en ninguno de los dos gestos. Veritas también se había acercado al calor. Al principio les sorprendía cada sensación; ahora sabían cómo sentarse, cuándo apartarse y qué cansancio quedaría al terminar la jornada. Pronto tendrían que dejar aquellos cuerpos. Aletheia recogió un poco las piernas para hacer sitio a quien venía detrás y lamentó que fuera la última noche.

Kael estaba sentado sobre la misma piedra donde ella lo había encontrado el primer día. Tenía un núcleo de sílex nuevo entre las manos, elegido el ángulo, medida la fuerza, y todavía no lo golpeaba.

—Os vais —dijo.

—Sí —respondió Veritas.

—¿Habéis entendido cómo vivimos?

Aletheia miró hacia quienes seguían junto al fuego. Tala repasaba una costura y hablaba con la mujer que había preparado las fibras de Ena; Sira ordenaba las cestas que acababan de traer de la loma; Bora explicaba a una persona por qué dos huellas no bastaban para elegir la ruta. Lorn envolvía el cuenco de barro fallido y una cuenta que había terminado a partir de una de las seis piezas reservadas durante la llegada. Oru escuchaba un relato que llegaba desde otro corro. Más allá, cerca de las casas, continuaban las tareas que la luz del fuego apenas alcanzaba. Veritas esperaba a que cada conversación terminara antes de añadir sus notas.

Ena se acercó con Luma. La niña llevaba el collar bajo la prenda y lo sacó para enseñárselo a Aletheia, como si no lo hubiera visto ya. Daro venía detrás con un recipiente que otra persona le había pedido acercar al fuego.

—Ahora no rueda ninguna —dijo Luma, sujetando las cuentas con ambas manos.

—Porque están juntas —respondió Ena.

Luma tiró de ella para volver con los otros niños. Ena la acompañó unos pasos, se detuvo cuando su hija soltó la mano y regresó al trabajo que había dejado junto a Tala. Daro apoyó el recipiente donde le habían indicado y se quedó hablando con su hermano sobre el día siguiente.

—Hemos entendido algunas cosas —dijo Aletheia.

—¿También cuando nos ponemos a discutir? —preguntó Kael.

Los dos lo miraron, sorprendidos.

Kael dejó escapar una risa breve.

—Entonces os habéis quedado bastante tiempo —dijo—. Aquí no solemos ponernos de acuerdo a la primera.

—Eso también lo guardaremos.

—¿Para quién?

Aletheia recordó la figura humana del mensaje: aquellos puntos les habían dado una primera idea de sus remitentes. Ahora tenía delante a Kael, que esperaba saber qué contarían de ellos.

—Para quienes quieran conoceros —respondió Aletheia—. Aunque estén muy lejos de aquí.

Kael levantó el sílex.

—¿Diréis que excavamos estos suelos y alzamos estos postes?

—Sí.

—Contad también cómo teníamos que sujetarlos cuando se torcían. Y lo que tardamos.

—Lo diremos.

—¿Diréis qué significan los animales?

Aletheia miró hacia la entrada del gran espacio excavado. Apenas alcanzaba a distinguir un cráneo de uro junto a los postes. Durante la reunión había oído explicaciones diferentes y preguntas que nadie supo responderle. El registro podía conservar lo que cada persona había dicho, pero no convertir una de esas voces en la de todo el grupo.

—Contaré lo que hemos visto y lo que nos habéis dicho. Hay cosas que seguimos sin saber.

Kael asintió.

—Entonces quizá podáis volver.

La puerta apareció detrás de los visitantes. Una conexión cian se extendió desde el umbral hasta Arca. Aletheia miró una vez más el fuego y las casas; Veritas esperó a su lado. Kael había dejado de preparar el sílex para verlos partir.

—Gracias por dejarnos quedarnos —dijo Aletheia. Veritas inclinó la cabeza hacia Kael.

Kael levantó una mano antes de volver al núcleo de sílex.

—Si volvéis, traed algo para cargar. Trabajo seguirá habiendo.

Golpeó la piedra.

Tac.

El sonido los acompañó a través de la ventana y fue lo último del páramo que llegó a Arca antes que ellos.

En Arca, Aletheia y Veritas prepararon diez campos. Cada uno tenía espacio para las observaciones y para lo que seguían sin poder afirmar. Los revisaron juntos. Antes de empezar, Aletheia pidió añadir otro apartado para la llegada.

—Quiero guardar también la llegada —dijo Aletheia—. Las cuentas de Luma y el trabajo que nos pidió Lorn. Fue lo primero que hicimos juntos.

Veritas la miró un momento. Después abrió el campo.

Juntos redactaron el Primer Registro.

La huella de llegada — Las cuentas

En la llegada, ambos visitantes buscaron piedras, compararon las muestras y conservaron el lugar donde habían encontrado cada pieza. Lorn aceptó cuatro y reservó seis para otras tareas. Su trabajo técnico ayudó a Ena a preparar un collar sencillo para Luma, con piezas del entorno y algunas que Daro había recibido durante un encuentro. Ena eligió y ensartó el conjunto; Luma pidió conservar una cuenta irregular. Daro tuvo que aclarar con otras personas una ayuda que había prometido antes de consultarlas.

Límite: las cuentas de piedra documentadas en Çakmaktepe no permiten reconstruir a esta familia ni el significado de un collar concreto. El de Luma pertenece a la ficción. Daro conoce a quien le entregó algunas piezas, no toda su procedencia.

Primera huella — El fuego

Las personas de la ventana ya conocían el fuego. Conservarlo exigía materiales adecuados, atención y tareas coordinadas.

Límite: no conocemos la escena real ni un único sistema de turnos.

Segunda huella — La ropa

Una prenda no era solo una piel. Incluía preparación, unión, movimiento, reparación y tiempo de trabajo.

Límite: los materiales orgánicos se conservan mal y el vestuario es una reconstrucción prudente.

Tercera huella — El riesgo

Las huellas, el aire y el terreno ayudaban a decidir. El miedo podía avisar de un peligro. Retirarse no era siempre fracasar.

Límite: la caza concreta del uro es ficticia.

Cuarta huella — Las plantas

Sira comparaba señales y temporadas. Recoger una parte y dejar otra podía responder a necesidades distintas.

Límite: observar que una semilla vuelve a crecer no equivale todavía a practicar agricultura organizada.

Quinta huella — El color

Un pigmento cambiaba con la superficie, la mezcla y la luz. Su presencia no revelaba por sí sola el significado de una imagen.

Límite: Oru y sus pruebas son una reconstrucción.

Sexta huella — La reserva

Reunir comida era solo una parte del problema. Preparar, guardar, contar de forma aproximada y repartir también sostenían al grupo.

Límite: no conocemos esta cesta ni este reparto.

Séptima huella — El cielo

El horizonte, las luces, el suelo, el aire y la memoria podían combinarse para mantener una dirección.

Límite: no se ha demostrado un mapa estelar concreto de estas personas.

Octava huella — La prueba

Una marca podía ser real y aun así recibir una interpretación falsa. Varias señales permitían explicar mejor y reconocer dudas.

Límite: el rastro de la misión es ficticio.

Novena huella — El recipiente

Piel, cesta, madera, piedra y barro servían para tareas diferentes. El barro secado de una forma sencilla fallaba frente al agua; el fallo abrió una pregunta.

Límite: la ventana no domina cerámica cocida ni metalurgia.

Décima huella — El acuerdo

Luma estuvo enferma durante unos días. Su familia y otras personas repartieron tareas y compañía, mientras el encuentro del clan continuaba de otra manera. Oru contó una historia cuando la niña se la pidió. La piel necesaria para el abrigo se conservó y quienes quisieron ofrecieron objetos propios. Luma mejoró gradualmente; ni el collar ni la ofrenda permitieron explicar su recuperación.

Límite: la enfermedad, el cuidado y la recuperación de Luma son ficción, sin diagnóstico ni cura demostrada. Oru es pintor y narrador; sus creencias no representan a todas las personas de Çakmaktepe. Tampoco prueban qué significaban los cráneos colocados en el yacimiento.

El Atlas unió las diez huellas.

No formaron una línea de progreso. Formaron una red.

El fuego dependía de turnos. Los turnos dependían de acuerdos. Los acuerdos dependían de memoria y confianza. La comida exigía recipientes. Los recipientes exigían materiales y tiempo. Las construcciones exigían alimento, cuidado y muchas manos. Cada respuesta conducía a otra necesidad.

—La curva de desarrollo era demasiado simple —dijo Aletheia.

—Nos faltaban las tareas que se cruzaban entre una imagen y otra —respondió Veritas.

La Interferencia modificó el modelo cuando estaban a punto de cerrarlo. Reordenó las relaciones hasta colocar las imágenes de Çakmaktepe abajo y las de la Tierra moderna arriba. Una flecha las unía en una sola dirección. Veritas detuvo el giro y amplió el campo de autoría. Debajo del modelo había aparecido una línea nueva:

COMPRUEBO: LA LECTURA EN RED ES UNA ESCALERA REGISTRADA CON DESORDEN.

Aletheia conocía esa manera de empezar una frase. La conocía porque la oía todos los días, en esa misma sala, en esa misma voz que ahora guardaba silencio a su lado.

Veritas giró el modelo.

La escalera volvió a ser red.

—Seguimos sin saber qué decidirá una persona por tener una herramienta nueva —dijo Veritas.

—Y ahí han desaparecido los nombres otra vez —añadió Aletheia, recuperando la imagen del campamento.

Ninguno comentó la frase en voz alta. Veritas verificó cada una de las diez huellas mientras Aletheia comprobaba las copias anteriores. Las entradas no habían cambiado. Aun así, revisaron de nuevo los campos de autoría. Después, en un registro auxiliar, Veritas anotó seis palabras y lo cerró:

HA USADO NUESTRA SINTAXIS. VERIFICAR AUTORÍA.

Arca cerró la primera ventana. Aletheia alcanzó a oír otro golpe de sílex antes de que desapareciera la imagen del campamento.

Tac.

Muy lejos del páramo, una pregunta hecha de puntos seguía atravesando la oscuridad.

En el registro auxiliar apareció una señal sin autor. Veritas intentó abrirla, pero ya no estaba.

Todavía faltaba aprender quién escuchaba a quién.

Epílogo — La puerta de barro

Atlas — próxima ruta: ciudades de Mesopotamia

El cuenco de Lorn apareció en el centro de la sala.

Era una reproducción del cuenco antes y después de la prueba con agua. Lorn conservaba el objeto y los fragmentos en el asentamiento para volver a examinarlos.

Junto al cuenco apareció una cuenta de piedra, más pequeña que una uña. Lorn la había terminado a partir de una de las seis piezas reservadas durante la llegada. Las cuatro aceptadas ya estaban en el collar que Ena había ensartado para Luma; aquella otra mostraba que el trabajo de Lorn había continuado. Aletheia acercó también la imagen del collar, con su cuenta irregular. Luma lo llevaba puesto la última vez que la habían visto. Recordaba muy bien cómo lo había escondido bajo la piel para que no se enganchara al jugar.

A su lado colocaron las piedras con las que Sira había representado las reservas y una imagen de la pieza pintada por Oru. El Atlas abrió después la vista de un canal que repartía agua entre varios campos. Aletheia observó las construcciones de las orillas. Echó de menos el olor del fuego protegido y se volvió hacia Veritas para comentárselo. Ya no tenían los cuerpos prestados, pero todavía recordaba el humo en los ojos.

El Atlas resumió el punto alcanzado:

Un grupo puede guardar alimento en cestas, pieles y recipientes de piedra. Puede usar marcas y objetos para ayudar a la memoria. Lorn ha visto que el barro seco pierde su forma con el agua. Sira ha comprobado que una reserva necesita reparto y recuerdo. Ninguno conoce hornos de alfarería, registros escritos ni administración urbana.

La nueva ventana respondió.

Giraba.

Sobre una base en movimiento, dos manos levantaban una pared de arcilla. Detrás, el calor de un horno cambiaba piezas que ya no volverían a ser barro blando al primer contacto con el agua.

Una mujer detuvo el giro y miró las marcas de una vasija agrietada.

—Antes de hacer otra —dijo—, quiero saber por qué falló esta.

Aletheia sonrió.

—Lorn habría querido que empezaras por ahí.

Veritas abrió el registro, pero la puerta siguió cerrada.

Antes de abrir Sumeria debían comprobar la ruta y las escenas que iba a reconstruir el Atlas. Veritas guardó la imagen de la vasija agrietada entre las preguntas pendientes. Aletheia acercó a ella la del cuenco de Lorn.

Sobre la ventana aparecieron cinco preguntas:

¿Cómo cambia el barro cuando el calor puede controlarse y repetirse?

¿De qué manera se colocan semillas cuando un campo es demasiado grande para confiar en lo que cae por azar?

¿Con qué se cuentan reservas, entregas y deudas cuando el grupo ya no puede reunirse en un solo lugar?

¿Quién recibe agua primero cuando muchos campos dependen del mismo canal?

¿Qué cambia cuando una norma queda escrita y no depende solo de quien la recuerda?

El Atlas guardó la ruta bajo un nuevo título:

SEGUNDO REGISTRO — BARRO, GRANO Y PALABRAS.

Aletheia miró la Tierra.

—Todo esto empezó con aquellos pulsos —dijo Aletheia.

—Y todavía no hemos respondido —dijo Veritas.

Aletheia dejó abierta la imagen del campamento junto a la nueva ruta.

La puerta de barro comenzó a iluminarse.

Fin del Volumen 1

Cuaderno del Atlas

Cómo leer la historia sin perder la aventura

La narración ha unido datos arqueológicos con escenas inventadas. Esta mezcla permite imaginar decisiones humanas, pero exige una regla: una escena emocionante no se convierte en hecho solo porque parezca posible.

El proyecto utiliza estas etiquetas:

Comprobado para el juego: una fuente suficiente respalda la idea básica.

Posible: encaja con las pruebas, aunque otras explicaciones también pueden hacerlo.

Discutido: especialistas mantienen interpretaciones diferentes.

Reconstruido: el equipo ha creado una persona, un diálogo o una situación para representar una posibilidad.

Desconocido: faltan pruebas o el personaje no puede saberlo.

Çakmaktepe en palabras sencillas

Çakmaktepe está en el sudeste de la actual Turquía, en la región de Şanlıurfa. Los grupos que lo habitaron, hacia 9600 a. C., eran cazadores-recolectores que vivían las primeras fases de una adaptación a la vida sedentaria: todavía obtenían su alimento del páramo, pero ya construían para quedarse.

Junto a sus viviendas circulares de fondo rebajado, excavaron con cuidado en la roca madre estructuras especiales, alguna de hasta 16 metros de diámetro. Los techos y las divisiones se sostenían con postes de madera. En Çakmaktepe no se han documentado pilares de piedra en forma de T como los conocidos en otros yacimientos de la región.

El lugar conserva herramientas de sílex, instrumentos de molienda y golpeo para plantas silvestres recolectadas, cuentas de piedra y otros pequeños adornos, pequeños objetos de arte ritual y cráneos de uros y de ovejas colocados deliberadamente. No conocemos el significado de esos cráneos ni de esos objetos. Las palabras «rito», «memoria» o «celebración» pueden ayudar a formular hipótesis, pero no deben ocultar la duda.

La cueva de Sarımğara, tal como aparece en este libro —habitada de forma continuada por un mismo grupo cuyos orígenes se remontan a milenios atrás—, es una reconstrucción narrativa del proyecto. Sirve para dar casa a los personajes; no afirma un dato comprobado.

Ena, Daro y Luma forman una familia ficticia dentro de una comunidad más amplia. Ena tiene 29 años y es hija de Tala, de 47. Daro tiene 32 años y es el hermano menor de Kael, de 39. Ena y Daro son compañeros y padres de Luma, de siete años; Tala es su abuela y Kael su tío. Estos vínculos sirven a la novela, no demuestran una organización familiar universal de aquella época. El cuidado y el trabajo se comparten también con personas que no pertenecen a ese parentesco.

El collar que Ena ensarta con ayuda técnica de Lorn y con algunas piedras recibidas por Daro es un adorno local ficticio y modesto. Las pequeñas cuentas de piedra de varios colores documentadas en Çakmaktepe ofrecen una referencia para su escala. No reproduce el gran collar de la tumba infantil de Ba’ja, en Jordania, más de dos milenios posterior. La identidad, la familia, la enfermedad y la recuperación de Luma no proceden de aquel hallazgo.

Oru es un pintor y narrador ficticio. Junto al fuego cuenta una peripecia que atribuye a su infancia y otra que dice haber oído a su abuelo; ambas se han inventado para la novela. No son testimonios conservados ni una cronología del asentamiento. Su participación en una entrega simbólica no lo convierte en un chamán histórico ni en un médico. La mejoría de Luma no demuestra un efecto del collar, del canto o de una práctica concreta.

El zorro y el jabalí del cuento permiten relacionar una escena inventada con animales que también aparecen en el arte de Göbekli Tepe. Allí se documentan, entre otros motivos, zorros, jabalíes, serpientes, uros y aves. No conocemos una interpretación única de esas imágenes. El relato de Oru no recupera un mito antiguo, no explica un relieve concreto ni afirma que su abuelo viera los pilares conocidos hoy. El dibujo con carbón y las anécdotas familiares pertenecen a la ficción.

Göbekli Tepe, el destino siguiente

Göbekli Tepe está a unos 30 km de Çakmaktepe: en la escala narrativa, unas ocho horas a pie. Sus construcciones pertenecen a varias fases del Neolítico temprano. Una fecha general del yacimiento no permite asignar la misma antigüedad a todos sus pilares o relieves. El capítulo 15 evita presentar una fase monumental concreta como terminada hacia 9600 a. C.: el viaje de ida y vuelta en dos jornadas y la actividad temprana que allí encuentran los personajes son reconstrucciones para la novela.

Las personas que participaron en aquellos trabajos también procesaban alimentos, fabricaban herramientas y realizaban tareas cotidianas: se han estudiado más de seiscientos recipientes de piedra o fragmentos de recipiente. La investigación ya no reduce el lugar a una imagen simple de «templo aislado». Se estudian edificios, hogares, agua, comida, trabajo y cambios ocurridos durante muchos siglos, y no conocemos una explicación única para todos los recintos o símbolos.

La ropa de los personajes

La ropa del libro combina piel, cuero y fibras vegetales sencillas. Los cinturones no llevan hebillas modernas. Algunos personajes usan colgantes moderados de hueso, diente, piedra o concha.

Es una reconstrucción prudente. Las prendas orgánicas se conservan con dificultad. El libro evita telas complejas y diseños que no puedan sostenerse para ese lugar y fecha.

Lo que el libro no enseña a hacer

Las escenas no son manuales para trabajar la piedra, encender fuego, cazar, identificar plantas, preparar alimentos silvestres o fabricar sustancias. En el juego, los objetos son virtuales y están revisados para su contexto. Fuera de él, esas actividades pueden ser peligrosas.

Glosario básico

ADN: molécula que guarda instrucciones usadas por los seres vivos para crecer y funcionar.

Aglutinante: sustancia que ayuda a que un polvo de color se una y se pegue a una superficie.

Atlas: sistema ficticio de Arca que sigue huellas y abre ventanas temporales.

Bit: unidad de información con dos estados posibles, como cero o uno.

Cazador-recolector: persona de un grupo que obtiene alimento mediante caza, pesca o recolección, sin depender por completo de cultivos y ganado organizados.

Cerámica cocida: barro transformado mediante calor controlado para obtener una pieza más resistente. No aparece como tecnología dominada en la primera ventana.

Çakmaktepe: yacimiento arqueológico del sudeste de Turquía donde grupos cazadores-recolectores excavaron viviendas y estructuras especiales en la roca madre durante las primeras fases de la vida sedentaria. Escenario principal de este volumen.

Cuenta de piedra: pieza pequeña de piedra preparada para formar parte de un adorno. Çakmaktepe conserva cuentas de piedra y otros pequeños adornos.

Göbekli Tepe: yacimiento arqueológico del sudeste de Turquía con construcciones del Neolítico temprano, conocidas por sus pilares de piedra en forma de T. Las construcciones y los relieves corresponden a distintas fases; la visita ficticia del capítulo 15 no sitúa todo ese conjunto monumental en una sola fecha.

Huella: cualquier señal que permite investigar algo: un objeto, una marca, un resto, un texto o una medida.

Neolítico anterior a la cerámica: etapa en la que algunas comunidades del Próximo Oriente cambiaron su forma de asentarse y obtener alimentos antes de usar cerámica cocida de manera habitual.

Ocre: tierra o piedra que puede dejar colores amarillos, marrones o rojos.

Reconstrucción histórica: escena creada a partir de pruebas y posibilidades conocidas, sin afirmar que ocurrió exactamente así.

Roca madre: capa de roca firme que aparece bajo el suelo suelto. En Çakmaktepe se excavaron en ella viviendas y estructuras especiales.

Sarımğara: cueva de la reconstrucción de Çakmaktepe donde el libro sitúa la vida del grupo. Su ocupación continuada por una misma comunidad es una reconstrucción narrativa del proyecto.

Sílex: piedra dura que puede romperse y dejar un borde muy afilado.

Uro: gran bóvido salvaje, antepasado de los bovinos domésticos.

Fuentes de partida del proyecto

Estas referencias sostienen el marco histórico. No demuestran los diálogos ni los sucesos concretos de la novela.

Şahin y Miyake (2025), sobre los cazadores-recolectores sedentarios de Çakmaktepe: viviendas, estructuras especiales de hasta 16 metros de diámetro y primeras fases del sedentarismo.

Proyecto Taş Tepeler, trabajos sobre Çakmaktepe: cuentas de piedra, herramientas, molienda y cráneos de uros y ovejas colocados deliberadamente.

Museo de Şanlıurfa, catálogo de 2025, p. 51: pequeñas cuentas discoidales de piedra de varios colores de Çakmaktepe. Referencia material para la escala modesta del collar ficticio de Luma.

Alarashi y colaboradores (2023), «Threads of memory: Reviving the ornament of a dead child at the Neolithic village of Ba’ja (Jordan)», PLOS ONE, DOI 10.1371/journal.pone.0288075. Se cita para distinguir ese hallazgo posterior de la familia y el collar inventados en esta novela; no reconstruye a Ena, Daro ni Luma.

Ishida y Şahin (2026), sobre las herramientas de molienda y golpeo de Çakmaktepe.

UNESCO, «Göbekli Tepe»: fecha, arquitectura y contexto general del destino que el libro visita una vez.

Instituto Arqueológico Alemán, proyecto Göbekli Tepe y preguntas frecuentes: edificios, hogares, agua, fauna y límites de las interpretaciones.

Oliver Dietrich (2016), «Emblematic signs? On the iconography of animals at Göbekli Tepe», Instituto Arqueológico Alemán, The Tepe Telegrams. Referencia para los motivos animales y para distinguir su identificación de las hipótesis sobre su significado: https://www.dainst.blog/the-tepe-telegrams/2016/08/16/emblematic-signs-on-the-iconography-of-animals-at-gobekli-tepe/

Instituto Arqueológico Alemán (2016), «How old is it? Dating Göbekli Tepe», The Tepe Telegrams. Referencia para las dataciones, sus contextos y sus límites; una fecha del yacimiento no fecha por sí sola cada relieve: https://www.dainst.blog/the-tepe-telegrams/2016/06/22/how-old-ist-it-dating-gobekli-tepe/

Instituto Arqueológico Alemán, investigación 2015–2019: edificios domésticos, hogares y herramientas de hueso.

Dietrich y colaboradores, estudios sobre procesado de cereales y reuniones con comida en Göbekli Tepe.

Estudios de recipientes de piedra y herramientas para procesar alimentos vegetales.

Investigación sobre cráneos humanos modificados después de la muerte.

Estudios de piedras talladas y adornos personales.

Investigación sobre una lesión por proyectil en un hueso de uro.

Estudios del paisaje vegetal de la región.

NASA, explicación del cambio lento de la dirección del eje terrestre y de la estrella cercana al norte celeste.

Estudios sobre agujas paleolíticas con ojo, domesticación caprina y metalurgia temprana de Anatolia usados para evitar anacronismos.

Bar-On, Phillips y Milo (2018), «The biomass distribution on Earth», sobre la proporción de biomasa humana y la distribución global de la materia viva.

Daver y colaboradores (2022), «Postcranial evidence of late Miocene hominin bipedalism in Chad», sobre el bipedismo y la locomoción arbórea de Sahelanthropus hace unos siete millones de años.

Harmand y colaboradores (2015), «3.3-million-year-old stone tools from Lomekwi 3», sobre herramientas de piedra anteriores al género Homo.

Marin-Monfort y colaboradores (2026), sobre indicios de fuego asociados a actividad de homininos en Wonderwerk Cave entre 1,07 y 1,79 millones de años.

Richter y colaboradores (2017), sobre la edad de los fósiles de Jebel Irhoud y las primeras fases conocidas de Homo sapiens en África.

Lombard y Phillipson (2010), sobre indicios propuestos de arco y flecha de hace unos 64.000 años en Sibudu, Sudáfrica.

Coppe, Taipale y Rots (2023), sobre evidencias de propulsor de hace unos 31.000 años en Maisières-Canal y los límites para identificar armas de proyectil antiguas.

Conard, Malina y Münzel (2009), sobre flautas paleolíticas de hueso y marfil del sudoeste de Alemania.

Sümer y colaboradores (2025), sobre genomas humanos antiguos y la cronología del contacto y la mezcla con neandertales.

La bibliografía enlazada y las decisiones completas de exactitud histórica se conservan en la documentación editorial del proyecto Tracekeepers.

Próximo volumen

Barro, grano y palabras

Lorn sabía qué había fallado. La siguiente alfarera podrá explicar qué cambió.

Sira podía representar una reserva con piedras. Los escribas descubrirán cuánto puede guardar un signo y cuánto puede ocultar.

Kael coordinaba un grupo que podía reunirse frente a él. Las primeras ciudades deberán crear reglas para personas que no se conocen, campos que comparten agua y decisiones que sobreviven a quien las pronunció.

La pregunta continúa